viernes, 8 de septiembre de 2017

XVIII Jornadas ABE - Seminario «Biblia y Pastoral»

En el marco de las XXVIII Jornadas de la Asociación Bíblica Española (ABE), celebradas en Málaga del 28 al 31 de agosto de 2017, el seminario Biblia y Pastoral, uno de los seminarios permanentes de la Asociación, presentó dos comunicaciones, desde la perspectiva de la animación bíblica de toda la pastoral:
– Año internacional de la Biblia y otras actividades conmemorativas, organizadas por la FEBIC, por Jan Stefanów (Secretario general de la FEBIC):
Featured Image -- 493En el año 2019 la Federación Bíblica Católica (FEBIC) celebrará el 50 aniversario de su fundación y el año siguiente conmemoraremos el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo. Estos dos acontecimientos sirven de marco de varias iniciativas de carácter conmemorativo, bíblico-pastoral, formativo y estructural, emprendidas por la FEBIC: 
- Organizar un Año de la Biblia (1º diciembre 2019 - 30 septiembre 2020) 
- Un Congreso Bíblico-Pastoral de la FEBIC (Roma, 23-26 de abril de 2019)
- Crear la Asociación Bíblico-Pastoral «Verbum Domini» abierta a todos los biblista del mundo.
Todo un elenco de iniciativas que permitirá aproximar la Palabra de Dios a todos, desde una perspectiva internacional.
– Semana de la Biblia en Catalunya, por Javier Velasco-Arias (coordinador del Seminario y responsable del Secretariado de Animación Bíblica de la Pastoral del obispado de San Feliu de Llobregat, Barcelona).
Cartel oficial.jpgEl año pasado, por primera vez, organizamos a nivel de todas las diócesis de Catalunya, la «Semana de la Biblia», que concluyó el primer domingo de Adviento, con el «Día de la Palabra».
Una iniciativa de la Asociació Bíblica de Catalunya, avalada por todos los obispos de la Tarraconense, y que tuvo un importante eco eclesial y mediático. Se consiguió la implicación de las diez diócesis catalanas y de un gran número de estamentos eclesiales, de diversas confesiones cristianas, del mundo de la cultura y del arte, de mass media, etc. Y con actividades muy diversas y diseminadas por toda Cataluña alrededor de la Palabra de Dios.
Actualmente ya estamos en la organización y preparación de la segunda «Semana de la Biblia», que este año será del 27 de noviembre al 3 de diciembre de 2017.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Billete de ida y vuelta

El regreso de las vacaciones nos acostumbra a traer recuerdos satisfactorios, pero demasiadas veces acompañados de rostros que denotan cierta derrota. Es fácil oír en las conversaciones entre amigos o compañeros de trabajo frases de resignación e, incluso, de amargura. 

Así iban, conversando entre dosis de desesperanza, los caminantes de Emaús (Lucas 24). Era un camino de vuelta. Volvían a casa. El viaje de ida que tanto prometía, ir a celebrar la Pascua con Jesús, había tenido un desenlace que todavía les provocaba incertidumbre. Y por esa fisura se les estaban colando dudas, miedos, tristezas… ¿Qué haremos ahora sin Jesús? 

En nuestros caminos de vuelta también viajamos acompañados de incertidumbres, algunas muy propias y otras compartidas. Si al inicio del verano contemplábamos el horizonte hacia el que ir llenos de ilusión y esperanza, hoy también vislumbramos un horizonte de vuelta, pero este más complicado. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué hicieron los caminantes de Emaús? 

Las dudas y los miedos empezaron a disiparse por medio del conocimiento de la Ley y los profetas. Es decir, Jesús aplicó el ungüento de la Palabra de Dios, con una autoridad capaz de interpretar, descifrar y contestar cualquier duda. Jesús hablaba con autoridad, con la máxima autoridad, la del Hijo de Dios que es Dios mismo. 

Así, cuando nos asaltan en nuestros «viajes de vuelta» las incertidumbres, ¿qué hacer? Acudir a la Palabra de Dios, a la autoridad de Jesús y a su Iglesia, a discernir a partir de la sencilla pregunta: ¿qué es lo que haría (o diría) Jesús? Si en nuestro diálogo de vuelta nos encontramos hablando de temas familiares, morales o sociales, y se nos presentan dilemas bien difíciles, habrá que preguntarse de manera sincera y bien dispuesta qué es lo que haría Jesús. 

Nos sorprenderemos, o mejor aún, Jesús nos va a sorprender, porque desde una dinámica de comunión, tras la escucha de su Palabra y participando de la fracción del pan, todo cobrará sentido. Los discípulos de Emaús le reconocieron y comprendieron. 

Este pasaje de los relatos de la resurrección nos muestra que ni el viaje de vuelta era tan malo ni con ese se acaban los viajes. Los de Emaús vuelven corriendo a encontrarse con los apóstoles, en otra ida que seguro tendrá otra vuelta. Casi podríamos decir que en el viaje de la vida y de la fe ya no está muy claro si se está de ida o se está de vuelta. El éxodo hacia la tierra prometida… ¿era ida o vuelta? Quizá no sea tan importante como lo que realmente cuenta en nuestro viaje: caminar guiados por el Señor y su Espíritu hacia nuestra tierra prometida, la Casa del Padre.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1979 [2017])

miércoles, 30 de agosto de 2017

Con la fe en la mochila

Junto con las maletas hoy viajamos con mochilas urbanas que nos permiten llevar todo lo necesario para no tener que volver al hotel hasta la noche. Son mochilas bien surtidas de bolsillos y compartimentos para llevar la crema antisolar, las gafas de sol, el kit navaja multiuso, el medicamento, la mini libreta y el bolígrafo… Sí, están pensadas para poder llevar de todo y no dejarse nada que pueda resultar necesario. 

Y, sin embargo, hay mochilas que por más que abramos bolsillos y revolvamos en su interior, no llevan consigo algo tan importante como es la fe. Puede que fácilmente le demos a la fe el tratamiento de «complemento», que tanto da si la llevamos o no. Ello nos va a permitir ir por la vida de turistas, pero nos inhibe como creyentes. 

En los Hechos de los Apóstoles, capítulo 8, se nos narra cómo un servidor de la reina Candace aprovecha su viaje para ir leyendo la Escritura. La fe acompaña su viaje. Lo ve Felipe y movido por el Espíritu se anima a acompañarlo por un itinerario que lo llevará de la Palabra al bautismo. Se dio el encuentro de fe porque ambos dejaron espacio en su mochila para esa fe. Me permito comentar tres breves situaciones vacacionales donde llevar consigo la fe no es para nada algo irrelevante. Primera: cuando entro en una catedral o iglesia de las tantas que hay en el mundo, no entro como turista. Muy por encima de mi condición de visitante turista, que es ocasional y circunstancial, está el que soy creyente. Mi fe cristiana alcanza toda mi persona con todos sus aspectos. Mi visita es, pues, una visita de fe y oración. Tanto es así que recuerdo a mis hijas, de niñas, preguntar: «¿En esta también vamos a rezar?», a lo que yo respondía: «¿Crees que debemos entrar, salir e irnos sin saludar a Jesús?» 

Segunda: antes de viajar a otras ciudades, a otros países, al programar la ruta, las visitas, el ocio, me informo del horario de misas. Así, el domingo no deja de ser el día del Señor. Hay mucho tiempo para monumentos, museos, parques temáticos, playas… pero también hay un tiempo para Dios, un tiempo importante. La posible escena de «¡Vaya!, hoy ya no hay más misas, he llegado tarde» puede evitarse con cinco minutos de navegar por la red antes de viajar. Tercera: no tiene mucho sentido haber participado por la mañana de la Eucaristía y por la tarde ir a visitar el «Barrio Rojo» de alguna ciudad, donde se expone en escaparates a las esclavas sexuales del siglo XXI. Nuestra fe tiene consecuencias morales e implicaciones sociales. Mi fe no me permite ser cómplice silencioso.


Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1978 [2017])

miércoles, 23 de agosto de 2017

Cuando los planes se tuercen

La vida no es un guión al que uno pueda ajustarse sin que surjan imprevistos. Y las vacaciones no están ajenas a ciertos baches: huelgas de diferentes colectivos, retrasos en los vuelos, un ataque de lumbago el mismo día en que se ha de viajar… todo ello parece que solo les pasa a los demás hasta que nos pasa a nosotros. 

Pero aún hay más, o puede haberlo. La catedral que visitamos está tapada por andamios y lonas debido a las reformas, aquel claustro de nuestros sueños tiene un horario diferente y lo encontramos cerrado… nada nuevo, de ello ya nos habla en el Antiguo Testamento en el libro de Eclesiastés (o Qohélet): «Vi además que bajo el sol no siempre es de los ligeros el correr ni de los esforzados la pelea; como también hay sabios sin pan, como también discretos sin hacienda, como también hay doctos que no gustan, pues a todos les llega algún mal momento» (9,11). 

A todos nos llega algún mal momento. A veces por causas externas, como las ya mencionadas, y otras por nuestros errores, limitaciones y culpas. Sí, también por nuestras culpas. Algunos malos momentos los puedo crear yo mismo a causa de mi orgullo, de mi falta de tolerancia y generosidad. ¿O no empiezan así algunas discusiones con nuestros seres queridos? 

Pero a lo que vamos, ¿qué hacer cuando las cosas se tuercen? Quizá podríamos empezar por darnos a nosotros mismos esos tan buenos consejos que les damos a los demás. Seguro que más de una vez hemos regalado a nuestros familiares y amigos palabras llenas de ánimo, de esperanza. Pero muy pocas veces esas mismas palabras nos las aplicamos a nosotros mismos. ¿Acaso tan solo las decíamos para quedar bien o para salir del paso? 

Como cristianos estamos llamados a vivir la Espiritualidad de la Aceptación, que no es en ningún modo un conformarse o resignarse, que tantas veces desembocan en la amargura. Al contrario, es ser conscientes de que todo no depende de nosotros, que como a todos nos llegará algún mal momento, y que lo que va a distinguir que lo malo no sea peor, que lo malo se nos pueda mostrar, incluso, como oportunidad de crecer en la fe, es nuestra actitud de esperanza. 

¿El desastre es que llueva el día de la boda (que a alguien le ha de llover) o el desastre es que lo consideremos un desastre y, así, lo convirtamos en desastre? Dice el mismo capítulo del Eclesiastés, cuatro versículos atrás: «Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino.» La alegría hace mejor el pan, la boda, las vacaciones… la vida.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1977 [2017])

miércoles, 16 de agosto de 2017

Parada y fonda

Parada… Todo viaje, sea del tipo que sea y, por tanto, también el vacacional, requiere paradas. Algo así le sucedió a Jesús cuando paró en una fuente a reposar y beber agua y se encontró, o mejor se hizo el encontradizo, con la mujer samaritana (Jn 4). El reposo se convierte en oportunidad para el encuentro y el diálogo, en la posibilidad de descubrir al otro y sus necesidades. 

Es posible que este verano, en algún encuentro reposado, se nos presente la posibilidad de dar testimonio de nuestra fe, razón de nuestra esperanza. En momentos de calma es mucho más fácil mantener un diálogo sincero. Es importante que, desde esa sinceridad, sea presentada la Verdad. Pero también es de igual importancia que la verdad no sea lanzada como pedrada contra nadie. La fe siempre es invitación. Así lo hace Jesús con la samaritana: le presenta la Verdad y le propone abrazarla con sus consecuencias. 

Eso mismo es lo que hace la Amoris laetitia del papa Francisco. Genera encuentro, dialoga con los que pasan por momentos de dificultad o de sombras. Hoy también, como entonces ocurrió en el relato de la samaritana, algunos discípulos se sorprenden o escandalizan de ese diálogo. Hemos de descubrir, todos, que el diálogo también es con nosotros. A todos Jesús nos propone una fuente de agua viva, que lejos de ser agua que se queda estancada, es agua que brota y se transforma en río de agua viva que conduce a la vida eterna… 

   y fonda. Algunos de esos momentos  de reposo son más amplios, intensos y celebrativos. Está bien la parada para beber un vaso de agua fresca y está también muy bien sentarse a la mesa y compartir paella, tinto de verano y conversación con familia y amigos. De por sí, aunque con diferente menú, esta era una de las formas de trato fraternal más frecuentes en Jesús. 

A Jesús le llegan a llamar «comilón y borracho» (Lc 7). Lo hacen los mismos que «Juan el Bautista que no comía pan ni bebía vino, decían: demonio tiene.» Jesús no tiene problema ni se esconde, ya no de comer y beber, sino de incluso hacerlo como amigo de publicanos y pecadores. Es más, en un golpe de humor, el evangelista san Lucas, en este mismo capítulo 7, justo a continuación, relata que un fariseo rogó a Jesús que comiera con él. 

Jesús sabe bien lo que puede dar de sí el fraternal diálogo de sobremesa. A las personas hay que dedicarles tiempo y afecto. Sin eso, la doctrina puede parecer fría, distante… que es justo lo contrario de cómo se muestra Jesús, cercano y amigo.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1976 [2017])

sábado, 12 de agosto de 2017

XXVIII Jornadas ABE - Seminario «Biblia y Pastoral»

El seminario de la Asociación Bíblica Española 
«Biblia y Pastoral» 
presentará en las XXVIII Jornadas de la Asociación, en Málaga, dos comunicaciones:

Año internacional de la Biblia y otras actividades conmemorativas, organizadas por la FEBIC, por Jan Stefanów

En el año 2019 la Federación Bíblica Católica (FEBIC) celebrará el 50 aniversario de su fundación y el año siguiente conmemoraremos el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo. Estos dos acontecimientos sirven de marco de varias iniciativas de carácter conmemorativo, bíblico-pastoral, formativo y estructural, emprendidas por la FEBIC, que serán presentadas en esta comunicación de su Secretario General, Jan Stafanów.

Semana de la Biblia en Cataluña, por Javier Velasco-Arias

El año pasado, por primera vez, organizamos a nivel de todas las diócesis de Cataluña, la «Semana de la Biblia», que concluyó el primer domingo de Adviento, con el «Día de la Palabra».
Una iniciativa de la Asociació Bíblica de Catalunya, avalada por todos los obispos de la Tarraconense, y que tuvo un importante eco eclesial y mediático. Se consiguió la implicación de las diez diócesis catalanas y de un gran número de estamentos eclesiales, de diversas confesiones cristianas, del mundo de la cultura y del arte, de mass media, etc. Y con actividades muy diversas y diseminadas por toda Cataluña alrededor de la Palabra de Dios.
Actualmente ya estamos en la organización y preparación de la segunda «Semana de la Biblia», que este año será del 27 de noviembre al 3 de diciembre.
Será presentada por Javier Velasco-Arias, coordinador del Seminario y responsable del Secretariado de Animación Bíblica de la Pastoral del obispado de San Feliu de Llobregat (Barcelona).


* Para toda la información de las Jornadas de la ABE

miércoles, 9 de agosto de 2017

Caminar bien acompañados

Cuántas veces habremos oído decir o, incluso, nos habrán dicho a nosotros que es mejor «estar solo que mal acompañado». No seré yo quien le quite su valor a esta frase que reconozco contiene una buena dosis de sabiduría. Pero… prefiero fijar mi mirada en la vertiente positiva y, por tanto, reformular la frase, creo que con la misma base de sabiduría, para así poder decir que mucho mejor que estar solo es el ir bien acompañado. 

De ahí, por tanto, la importancia del «compañero de camino». Nos lo muestra en el Antiguo Testamento el Libro de Tobit (o Tobías). Tobit envía a su hijo Tobías a un viaje con una misión concreta y, en apariencia, relacionada tan solo con la economía familiar. Sin embargo, cuando el Espíritu tiene espacio en nuestras vidas y dejamos que nos sorprenda… el viaje tendrá como culmen el matrimonio con Sara, a la que se le han muerto ya siete maridos en el lecho de bodas. Pues bien, Tobías va a hacer el viaje acompañado de un compañero que en realidad es el arcángel Rafael, enviado de Dios, que le ayudará a que los planes salgan bien, aunque sean planes imprevistos porque estamos ante la aventura de vivir. 

Hacer camino acompañado de un enviado de Dios nos puede reportar unas ventajas nada desdeñables: su presencia nos hace presente a Dios, nos aconseja con la sabiduría de Dios, nos aleja del desánimo y el desencanto, de la insatisfacción y la frivolidad… Mi viaje de ocio, de vacaciones, no está inevitablemente destinado, por un guión prefijado, a ser tan solo lo que muestra la apariencia en forma de guión. Dios nos ayuda, por medio de sus enviados, que pueden ser ángeles pero que, habitualmente, son familiares y amigos que nos quieren, acompañan y guían bien. 

En clave cristiana, el gran compañero de camino, el que no puede faltar es Jesús de Nazaret, el Buen Pastor que nos guía por cañadas seguras y nos conduce hasta verdes praderas en las que reposar (Salmo 23). Eso lo saben bien los caminantes de Emaús, que caminaban perdidos y temerosos y, como a Tobías el arcángel Rafael, se les apareció un tercer caminante que resultó ser Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Así, acompañado de Jesús cuando, por ejemplo, entro en una catedral no soy solo un turista, soy un discípulo seguidor de Jesucristo. En cambio, desde esa misma identidad creyente, declino participar de ofertas turísticas lujosas o frívolas. A ello también me ayuda, junto a Jesús, caminando atenta a nuestras necesidades, su Madre, Santa María del Camino.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1975 [2017])

miércoles, 2 de agosto de 2017

¿Qué poner en la maleta?

Reconozco, ya de entrada, que me produce bastante pereza o desgana hacer la maleta. Tener que escoger lo que pondré en ella y, por tanto, descartar lo que no llevaré, tratando de acertar sobre variables tan escurridizas como qué tiempo va a hacer o cuánto tiempo podré dedicar a actividades complementarias, como por ejemplo leer. Tanto es así que la hago siempre en el último momento.

Aun así, me va a resultar difícil evitar los dilemas sobre qué cantidad de mangas cortas o de bermudas llevar, o cuántos libros. Porque lo que está en riesgo es llevar ropa que no nos pondremos o libros que no leeremos y, en cambio, dejarse lo que sí acabará resultando necesario. A fin de cuentas, hacer la maleta es una tarea que requiere de ciertos criterios de utilidad provechosa.

Jesús nos da una importante pista a la hora de viajar y decidir qué llevar en nuestra maleta: «No llevéis oro ni plata» (Mt 10,9). Mi maleta, pues, no debe ir demasiado cargada, y por extensión tampoco mi viaje debe, ser sobrecargado. Cuando Jesús habla de «oro y plata» se refiere, sin duda, al exceso de lujo. Ni mi viaje ni mi equipaje, si quiero que correspondan verdadera mente a un cristiano, deben ser lujosos. Y cuando se habla de lujo también cabe entender el excesivo confort. Es decir que el «oro y plata» también se pueden traducir por hoteles, restaurantes o cruceros de lujo.

Dicho de otro modo, mi equipaje no puede ser excluyente, a causa del lujo, de las necesidades de mis hermanos, especialmente los más débiles. En mi maleta ha de caber mi hermano. No se trata de meterlo literalmente a él. Pero, además, en mi maleta debe quedar espacio para todo lo que voy a vivir, experimentar y aprender de los demás. Una maleta sin espacio libre no admite nada de nadie. Es intolerante, fundamentalista. Ya lo tiene todo, ya lo sabe todo, no necesita nada porque es autosuficiente, se siente completa. Esa soberbia nunca será de Dios, Él siempre está en la sencillez.

Nos dice el libro de Proverbios: «La Sabiduría está con los humildes» (11,2). Así, además del espacio para el hermano y para lo que él me puede aportar, dejaré sitio en la maleta para Dios. Su Palabra, su Sabiduría, la Biblia, en formato libro, aunque solo sean los Evangelios, o en formato electrónico, en tablet o móvil, hará que el equipaje y el viaje sean más agradables a Dios.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1974 [2017])

miércoles, 26 de julio de 2017

Planificar con Dios las vacaciones

El tiempo de ocio y, especialmente, las vacaciones requieren un plan. En cuanto nos ponemos a planificar fechas, lugares, actividades... ya empezamos, de alguna manera, a gozar de este tiempo de familia, amigos, ocio y descanso. Los hay que dedican un buen tiempo a confeccionar su programa de vacaciones. Hay tanto por hacer... hay tanto que se nos ha quedado por hacer, por falta de tiempo y de fuerzas, durante el curso.

Esos planes incluyen buenos propósitos: este verano aprovecharé para la lectura, para mejorar un idioma, para viajar y conocer otras culturas. Un plan con buenos propósitos va a tener que discernir entre lo que va a escoger e, inevitablemente, lo que tendrá que descartar. Al final, como no da tiempo para todo, lo importante no es tanto lo que voy a hacer sino cómo lo voy a vivir. Hay unas palabras de san Pablo que pueden expresar en clave cristiana muy bien este «vivir» por encima del «hacer». Dice así: «Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31).

Así pues, hagamos los planes vacacionales, de ocio, de descanso, de viaje, sabiendo que me serán verdaderamente lícitos, que serán realmente los planes de un cristiano, si son compatibles con la gloria de Dios, si no ofenden a Dios. Pero, ¿a Dios por qué le va a ofender mi ocio, mi viaje? A Dios le va a ofender aquello que hagas y pueda ofender a tu hermano: el derroche, el despilfarro, la indiferencia hacia el débil, la falta de respeto, la frivolidad... Puede ser bueno, pues, antes de discernir sobre nuestros planes vacacionales tener en cuenta aquellas palabras de Jesús: «Pero, ¿con quién compararé esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados, en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: “Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos cantado lamentaciones, y no habéis hecho duelo”» (Mt 11,16-17).

Mientras a muchos de ellos, nuestros hermanos, les es imposible satisfacer el mínimo necesario para vivir dignamente, muchos de nosotros, sus hermanos, nos comportamos como perennes insatisfechos. Nada logra saciar nuestras ansias y, por ello, cada vez requerimos experiencias más sofisticadas y costosas. En cambio, corremos el riesgo de no incluir en nuestro programa estival los planes de Dios.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1973 [2017])

miércoles, 19 de julio de 2017

Qué gran invento es el descanso

Conforme se acerca el periodo vacacional aparecen los resoplidos propios del calor sufrido, pero también del cansancio acumulado. Estamos ante muchas personas que cinco o seis días a la semana madrugan. Muchos de ellos suman, a las duras horas de su trabajo, las tareas del hogar, el cuidado de los hijos pequeños o de los padres mayores, o de ambos. Los hay que han dedicado muchas fuerzas y esperanzas a encontrar un trabajo que se resiste y que necesitan de forma urgente e imprescindible.

Ese cansancio acumulado tiene una respuesta por parte de Dios. Ya sabemos que Dios siempre tiene para nosotros una actitud y respuesta comprensiva, compasiva y misericordiosa. Pero, además, estamos ante una respuesta pionera. La encontramos en el primer libro de la Biblia, en el Génesis, en su primer relato de la creación, cuando dice «y al séptimo día descansó» (2,2)

Dios «descansa» sin necesidad alguna de descansar y con ese «descanso» nos otorga a nosotros, sus hijos, la legitimidad del descanso a su imagen y semejanza. Podemos decir, pues, sin lugar a dudas y sin tener miedo a exagerar lo más mínimo que Dios inventó el descanso. Incluso, podemos ahondar aún más formulando la siguiente propuesta: de la misma forma que la creación de los seis días anteriores es buena, y así lo afirma el mismo relato en la repetición diaria de «y vio Dios que era bueno», también en la misma línea podemos sostener que Dios no solo creó, inventó, el descanso, sino que además lo creó, bueno. El descanso es bueno.

Pero, cuidado, que la Biblia, el Génesis, no nos dice que en ese séptimo día Dios no hiciera nada. El relato no acaba sin hacernos saber que «y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó». Sirva esto para decir que los relatos bíblicos hay que leerlos enteros para no perder su verdadero significado.

El descanso no consiste en no hacer nada. Ni siquiera el descanso en clave cristiana consiste tan solo en hacer otra cosa. «No hacer...», «hacer...». La cuestión tiene que ver con «vivir», en cómo vivimos el tiempo de descanso, sea un domingo o sean unas vacaciones. Tan solo un detalle más: da gracias a Dios de tu descanso y recuerda que otros, con su trabajo, lo hacen posible. Agradece con tu respeto su trabajo.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1972 [2017])

jueves, 13 de julio de 2017

Contemplar el horizonte

Ha llegado el verano por nuestras latitudes y seguramente la imagen veraniega por excelencia es la playa y el mar. Aunque a menudo las playas están tan abarrotadas que se podría decir que solo se consigue respirar mirando al mar, mirando a ese horizonte que es imagen de libertad.

Y si, además, contemplamos ese horizonte al atardecer, entonces no solo nos evitamos la multitud de vecinos de toalla y sombrilla sino que a la sensación de libertad le vamos a poder sumar también la de serenidad. Pocas cosas hay tan serenas como estar sentado al atardecer en la arena de la playa contemplando el horizonte de libertad y serenidad.

Pues bien, precisamente es esta imagen la que te propongo para este verano con respecto a la Biblia. Si estás en una playa abarrotada, si te sientes agobiado, si el tiempo de presunto descanso te va a dejar aun más agotado y acabarás volviendo el lunes, o al final de las vacaciones, derrotado al trabajo, a las ocupaciones diarias… lo que tú necesitas son esa libertad y serenidad para afrontar tu vida y tu felicidad.

Toma pues tu Biblia y contempla el horizonte que te presenta. Cuanto más contemplas el horizonte sentado desde la arena fresca del atardecer más te ocurre un fenómeno curioso e interesante: por un lado, parece que el horizonte se te acerca y, por otro, parece que eres tú el que se acerca a ese horizonte.

Así, en la Biblia, ese horizonte, en el que Dios se hace presente, se acerca a ti, cada vez que lees su Palabra y, también, te acercas tú a Él cada vez que meditas lo que ha escrito para ti. La Biblia es, pues, ese punto de encuentro al que has sido llamado por Dios, es el punto donde se encontraron y se encuentran el Padre que ama y el hijo que vuelve a la busca de ese amor.

Nos lo decía así, en un día de verano, el Papa Benedicto XVI: «Esta parece ser una hermosa ocupación para las vacaciones: tomar un libro de la Biblia, para encontrar así un poco de distensión y, al mismo tiempo, entrar en el gran espacio de la Palabra de Dios y profundizar nuestro contacto con el Eterno, precisamente como finalidad del tiempo libre que el Señor nos da» (3 de agosto de 2011)

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1971 [2017])

jueves, 6 de julio de 2017

¿Dónde está tu hermano?

Los orígenes
En el capítulo 4 del libro del Génesis leemos la historia de dos hermanos, Caín y Abel. 

Dos hermanos enfrentados. Las diferencias entre los dos son importantes, a pesar de que son presentados como mellizos: el primero es agricultor y el segundo pastor.

La relación de ambos con Dios no es simétrica, mientras la de uno es angustiosa, la del otro es pacífica; el carácter también los distingue, Caín resentido, Abel confiado…

Contexto
El intento de encontrar en la narración elementos históricos es una tarea ilusoria. 

Los trabajos agrícola o pastoril en el Paleolítico, y mucho menos anteriormente, son simplemente inexistentes, se han de esperar siglos para que aparezcan. 

El narrador bíblico está trasladando a los orígenes, al principio de la existencia humana, la situación contemporánea que la comunidad creyente a la que pertenece está viviendo: las relaciones entre dos grupos humanos, uno al que su pueblo pertenece, de origen nómada o seminómada, en la que el cuidado de los rebaños ha sido su forma habitual de vida; y, otro, el de los pobladores de la tierra donde actualmente habitan, de vida sedentaria y agrícola.

Enfrentamientos
Las dificultades, las contiendas, las guerras, la violencia… tienen su origen, ya estaban presentes en los orígenes de la Humanidad y continúan presentes en todas las etapas de la Historia. 

Esa es una de las enseñanzas que el autor bíblico quiere subrayar, y esa sí que es una verdad incuestionable. 

El hecho de situar esta narración inmediatamente después de la del primer pecado (Génesis 3), busca enfatizar que la ruptura con el plan original de Dios (primer pecado) lleva irremediablemente a un conflicto en las relaciones humanas, a la violencia de un ser humano contra otro.

Origen común
Aún más, el narrador nos quiere recordar el origen común de todos los humanos, hijos todos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. Caín y Abel son hermanos, diferentes, pero hermanos: hijos de Dios e hijos, también, de una pareja original (en Adán y Eva, todos somos hermanos, resalta el texto). Las diferencias étnicas, culturales, religiosas o de cualquier otro tipo no menoscaban esta fraternidad universal.

Pero las relaciones humanas, desde el pecado de los orígenes, son relaciones difíciles, en muchas ocasiones enfrentadas, violentas. 

El asesinato de Abel por su hermano Caín es paradigma de la violencia que con tanta frecuencia ejerce el ser humano contra otro ser humano.

Pregunta incisiva
La pregunta que dirige Dios a Caín, después de haber dado muerte a su hermano, sigue siendo actual, se sigue repitiendo a lo largo de la existencia humana de todos los tiempos y de todas las culturas: «¿Dónde está tu hermano?» (Génesis 4,9).

La respuesta del fratricida también es actual: «No sé, ¿soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?» (Génesis 4,9). No se siente responsable de su hermano, no le importa. No es capaz de admitir la responsabilidad de su pecado, de su crimen. Nunca le han importado las preocupaciones, las dificultades, la vida de su hermano Abel.

Justicia y misericordia
Pero el Dios de la Biblia es un Dios justo, sale en defensa del más débil, del pequeño, del que padece la injusticia de los otros. No es un dios ajeno a la existencia humana y sus dificultades y miserias. Y recuerda a Caín el mal inmenso que ha hecho. 

Y el mal no queda impune. Aunque, incluso en estas circunstancias, junto a la justicia divina siempre se hace presente su misericordia. Y no abandonará a Caín, a pesar de la gravedad de su crimen: «Y el Señor marcó a Caín, para que no lo matara quien lo encontrara.» (Génesis 4,15). 

Como afirma el salmista: «La palabra del Señor es recta, se mantiene fiel en todo lo que hace. Ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra» (Salmo 33,4-5).

Para la oración
  • Hemos de revisar, en la intimidad de la oración, la inseparable relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo, conscientes de que el olvido de uno de ellos nos lleva irremediablemente a la omisión del otro. Nos lo recuerdan los evangelios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.  Éste es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: Amarás al prójimo como a ti mismo. Estos dos preceptos sustentan la ley entera y los profetas» (Mateo 22,37-40). Dios es nuestro Padre, y el otro es mi hermano. 
  • Y, por tanto, la interpelación de Dios a Caín, también está dirigida personalmente a cada uno de nosotros. Dios se dirige a ti, preguntándote: «¿Dónde está tu hermano?».  
  • En cuantas ocasiones mi respuesta más o menos explícita se parece a la de Caín: «No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?». ¿Soy yo el que me tengo que preocupar de lo que le pasa a aquel o aquella?; ya tengo yo suficientes problemas. A mi me importa lo mío y lo que le pueda pasar a los míos; que cada cual resuelva sus asuntos.    
  • Nos hemos vuelto, con mucha frecuencia, insensibles al sufrimiento humano. Los medios de comunicación ayudan a esta actitud de indiferencia, también a los que nos llamamos cristianos. Vemos situaciones desgarradoras de injusticias, de guerras, de violencia en televisión mientras comemos o cenamos y ni nos inmutamos. «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?».
Pero la pregunta del Dios de la Biblia nos sigue interpelando: «¿Dónde está tu hermano?».

Javier Velasco-Arias 
(Publicado en: Lluvia de rosas 675 [2017] 9-11)

jueves, 25 de mayo de 2017

Sagrado y misericordioso corazón de Jesús

Hace no demasiados años todos teníamos en la pared de la cabecera de la cama una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Algunas de esas imágenes estaban más logradas que otras y las había, cabe reconocerlo, algunas “muy mejorables”.

Abro un paréntesis para decir que cuando decimos que una imagen de Jesús o de María es fea se ha de entender, lógicamente, que nos referimos no a lo que representa sino a como lo representa, es decir, al arte o falta de él que ha tenido el artista o el bienintencionado pero muy poco artista. Aclarado queda.

Pues bien, lo más importante de esas imágenes era que nos representaba a Jesucristo, Hijo de Dios, con corazón de hombre.
Cuando en la Biblia se habla del corazón nos referimos no solo a la válvula que nos permite vivir porque bombea la sangre, ni tampoco solo al corazón que se enamora y ama a otra persona, sino también del lugar simbólico donde se toman las grandes decisiones y, también, el lugar de acogida al débil y necesitado, al pequeño o al diferente. Así pues, cuando de alguien decimos que “no tiene corazón” no nos referimos a que no posea la válvula, o cuando hablamos del Corazón de Jesús no lo hacemos refiriéndonos a lo que le bombea la sangre.

Esa realidad del Corazón de Jesús, tradicionalmente se ha designado precedida de la expresión “Sagrado”. No quisiera yo menoscabar para nada que Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios verdadero, es Santo y Sagrado todo Él y, por tanto, también su corazón. Pero, me atrevo a completar esa denominación con el adjetivo “misericordioso” porque, sin duda, tras el Año de la Misericordia y, en especial, después de toda la predicación que de ello nos ha ofrecido el Papa Francisco, creo que así se completa de manera necesaria la comprensión de qué es el Sagrado y Misericordioso Corazón de Jesús.

Un Corazón que ama, perdona y se compadece. Recordemos como siente y actúa ese Corazón ante la multitud de personas que le han seguido para escucharles. Jesús había aprendido de su Madre el “no tienen vino”, es decir, el fijarse en qué es necesario y, sobre todo, en quién está necesitado. Así, ahora, Jesús se fija en que “no tienen pan” y desde su mirada compasiva, como hizo al convertir el agua en vino, ahora convierte lo poco en mucho. Porque el Sagrado y Misericordioso Corazón de Jesús es un lugar de acogida generosa.

Quique Fernández

martes, 9 de mayo de 2017

El primer pecado

Plan original de Dios

El relato del primer pecado de la Humanidad, también llamado «pecado original», que leemos en el capítulo 3 del libro del Génesis, no deja de sorprendernos. Aunque hemos de repasar un fragmento del capítulo anterior para comprender la narración:

El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara.
El Señor Dios mandó al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol de conocer el bien y el mal no comas; porque el día en que comas de él, tendrás que morir». (Gn 2,15-17)

Dios pone al ser humano ante el dilema ético: ser fiel al plan original de Dios con el que será feliz y tendrá vida, u oponerse a Dios, convirtiéndose él en el único criterio moral (conocedor del bien y del mal, independiente de Dios).

Una advertencia

No hagamos, ni con este texto ni con ningún otro de la Biblia, una lectura fundamentalista, literalista. El querer encontrar en la narración bíblica una descripción exacta de lo que pasó es una ilusión pueril. El narrador bíblico quiere «contar» (mucho más que explicar) cómo el ser humano, desde los orígenes, se apartó del plan original de Dios y los males actuales que está padeciendo la comunidad creyente, y la Humanidad en general, son consecuencia de ello.

Lealtad o soberbia

Desde esta perspectiva, el mandato de Dios consiste sólo en comprobar si el ser humano es capaz de ser leal a la alianza de amistad que le ofrece. La narración del capítulo siguiente mostrará el egoísmo y la soberbia humana, frente a la gratuidad y el don de Dios.

La serpiente, el más astuto de todos los animales del campo que  el Señor-Dios había hecho, dijo a la mujer: «¿Conque os ha dicho Dios: “No comáis de ningún árbol del paraíso”?».
Respondió la mujer a la serpiente: «Del fruto de los árboles del jardín podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del jardín dijo Dios: “No comáis de él, so pena de muerte”».
Dijo la serpiente a la mujer: «No, no moriréis. Al contrario, Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal».
Vio la mujer que el árbol tenía frutos sabrosos y que era seductor a la vista y codiciable para conseguir sabiduría; tomó de sus frutos y comió, y dio también a su marido, que estaba con ella. Y también él comió. (Gn 3,1-6).

Los seis primeros versículos describen el diálogo entre la serpiente y la mujer, y la acción dañina posterior tanto de la mujer como del hombre. La tentación es presentada a través de una creatura, la serpiente. La instigación al mal, la seducción no proviene de Dios sino de algo externo a Él; aunque será la persona quien, en última instancia, decidirá. Vuelvo a insistir: no nos quedemos en el ropaje literario; nos perderíamos el mensaje profundo que el narrador bíblico nos quiere transmitir.

Un engaño: prescindir de Dios

En el diálogo Dios es presentado como el mentiroso, el enemigo, el obstáculo a la plena realización humana, una traba a la libertad personal. Qué actual es el mensaje que se desprende del texto. Apartarse de la voluntad divina es una liberación: es el argumento de la «serpiente».

La tentación, el primer pecado de la Humanidad, el pecado actual, también el tuyo y el mío, tienen su origen en la trampa de querer prescindir de Dios, desde la negación formal del ateo o el agnóstico a la negación práctica de tantos creyentes, en el quehacer diario. Dios es visto como una amenaza a mi libertad, a mis decisiones. Y el «fruto prohibido» es apetecible a la vista. Es de sabios, de personas inteligentes el probarlo todo; pensamos. «Y (la mujer) comió […] y también él (el hombre) comió». La igualdad entre mujer y hombre frente al pecado, su libertad es paralela. Son ambos los que se apartan del plan original de Dios.

Consecuencias

Aunque a la hora de asumir responsabilidades, todos «echamos balones fuera»: la culpa es siempre del otro, de la sociedad, de la circunstancia… Cualquier cosa antes que reconocer que soy yo el responsable de lo que he hecho.

El hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me alargó el fruto y comí.
El Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué has hecho? Ella respondió: La serpiente me engañó y comí. (Gn 3,12-13).

El mal, el pecado, el prescindir del plan amoroso de Dios tiene consecuencias existenciales. No es tanto un «castigo divino» como las secuelas de elegir una dirección equivocada. La fatiga, el dolor, el dominio de un ser humano sobre otro, del hombre sobre la mujer (Gn 3,16-19) son consecuencias del pecado, del mal que el ser humano ha dejado entrar en su existencia, de abandonar el plan de Dios. Pero, al principio, en el plan original de Dios no era así y, por tanto, no es algo querido por Dios: no forma parte de su designio para la Humanidad.

Pero Dios no abandona al ser humano a su suerte, a pesar del rechazo del que ha sido objeto.  Las narraciones posteriores nos mostrarán a un Dios misericordioso, capaz de perdonar siempre, ofreciéndole siempre su amor gratuito. Como canta el salmista: «El Señor es compasivo y clemente, paciente y misericordioso» (Sl 103,8).

Para la oración

Llevemos a la plegaria este texto del primer libro de la Biblia. Reconozcamos cuántas veces nos hemos apartado del plan de Dios en nuestras vidas y las consecuencias que han significado para nuestra existencia.


Reconozcamos cómo el pecado nos aleja de Dios, del otro; pero, también, de la auténtica felicidad. El deseo del Dios de la Biblia es que seamos felices.

Javier Velasco-Arias 
(Publicado en: Lluvia de rosas 674 [2017] 9-11)

miércoles, 3 de mayo de 2017

El diálogo generoso como solución

Abraham y Lot, tío y sobrino respectivamente, tienen un problema: los pastores de sus respectivos rebaños se están peleando. Tal como han ido prosperando y, por tanto, aumentando el número de ejemplares, se les han ido quedando pequeños los pastos.

Leemos en el libro del Génesis: “Y la tierra no podía sostenerlos para que habitaran juntos, porque sus posesiones eran tantas que ya no podían habitar juntos” (13,6).

A Abraham le toca presentar alguna propuesta de solución. Él podría hacer valer su ascendente sobre Lot, porque es mayor que él y porque es su tío. Pero su propuesta va a resultar solución porque no busca ganar al otro.

Seguimos leyendo: Te ruego que no haya contienda entre nosotros, ni entre mis pastores y tus pastores, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Te ruego que te separes de mí: si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; y si a la derecha, yo iré a la izquierda”. (13,8-9).

Abraham inicia la propuesta con humildad: “Te ruego”; continúa con deseos de paz: “no haya contienda”; y la remata con el reconocimiento de la fraternidad: “porque somos hermanos”.

Es realmente impresionante constatar como esa humildad conduce a Abraham a proponer la manera más sencilla, que a la vez deviene la más eficaz. El método es bien fácil, nada complicado. No requiere ni de estudios ni de medios técnicos especiales. Simplemente el acuerdo dialogado desde la generosidad con el otro y el deseo de paz. Todo se reduce a recordar que el otro tiene mis mismos derechos porque es mi hermano, es hijo de mi mismo Padre Dios.

He aquí la clave de la solución, poner a Dios por medio para que nos regale el don de la generosidad que no busca que haya vencedores ni vencidos, con un acuerdo del conflicto que acaba beneficiando a todos.

Fijémonos en que Abraham, autor de la propuesta, se lo pone tan fácil a Lot que podemos decir que le sirve un muy buen acuerdo en bandeja: “si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; y si a la derecha, yo iré a la izquierda”.

Quique Fernández

jueves, 20 de abril de 2017

¿Cómo es la autoridad de Dios?

Ya desde la catequesis de la Creación, en los primeros capítulos del Libro del Génesis, encontramos señales certeras e inequívocas de cómo Dios se manifiesta respecto de su autoridad.
Es más que evidente que si Dios quisiera, omnipotente como es, hubiera podido hacer uso de su infinito e ilimitado poder, de tal manera que podríamos asegurar, sin lugar a dudas, que le hubiese resultado imposible al ser humano desobedecerle. Pero la Biblia nos enseña que esa no es la manera de actuar de Dios...
Dios, pudiendo hacer uso del poder absoluto, es decir, dicho en palabras bien humanas, pudiéndose mostrar como un caudillo o jerarca absolutista... no lo hace. Pero, ¿por qué? ¿porqué no lo hace?

a) Dios no usa un poder absolutista porque ello sería lo mismo que negar al ser humano el gran regalo de la libertad. Dios nos ha creado libres. Nuestra alma está impregnada de libertad.
Bien es verdad que esa libertad ha de escoger el bien para ser verdaderamente libre, pero es imprescindible que ese bien se escoja, no que se imponga. Si se nos impone el bien y no lo podemos escoger, entonces dejamos de ser libres e, incluso, un bien que se impone puede parecer que también deja de ser el bien. Por eso Dios permite que Adán y Eva, pudiendo escoger el bien, acaben eligiendo el mal, la desobediencia, la rebeldía contra su Creador.

b) Dios tampoco usa su poder de forma absolutista porque no está tratando con esclavos, ni tan siquiera con súbditos. Dios nos trata como hijos, pues lo somos. Y a los hijos se les trata no con normas de obligado cumplimiento sin más, sino con amor, mucho amor.
Pero el amor sin libertad no es amor. Si se obliga a alguien a “amar”, esa acción deja de ser amor, por mucha apariencia que de ello tenga. El amor requiere de manera imprescindible de libertad.

c) Por todo ello, la manera de actuar de Dios no es haciendo uso de un poder absolutista sino con una decidida autoridad, que presenta sin engaños ni ambigüedades el plan de felicidad para el hombre. Se lo presenta, se lo propone, pero no se lo impone.
Dios Padre y Creador nos habla con autoridad, con una autoridad generosa, con una autoridad paciente, con una autoridad que perdona. Y es que el verdadero poder, aquel que se ejerce desde la autoridad es siempre generoso porque su poder, su ejercicio legislativo, incluso desde un sentido punitivo, siempre busca nuestro bien, está pensado para rescatarnos y no para hundirnos. La autoridad de Dios no ve fantasmas que menoscaban su poder y, por tanto, no necesita ser “duro” para afianzar su autoridad.

Así pues, Dios no es “autoritario” ni tampoco responde con simplezas como “esto es así porque yo lo mando”. Dios hace el uso más inteligente del poder: aquel que muestra que goza de por sí de una autoridad moral que no necesita vencer a nadie porque pretende convencer a todos.
Para ello nos ilumina con su Espíritu y nos envía a sus profetas. Primero fueron Isaías, Jeremías, Ezequiel... después Juan el Bautista, su mismo Hijo Jesucristo y apóstoles como Pedro y Pablo. Y así hasta nuestros días: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II... Monseñor Romero, Madre Teresa de Calcuta... y hoy el Papa Francisco.
Quique Fernández

viernes, 24 de febrero de 2017

Concepto bíblico de lo sagrado

·         ·     Lo sagrado en la Biblia

La fenomenología religiosa busca definir lo «sagrado» en su relación con el hecho religioso, ya que este elemento es el común en toda la historia de las religiones.

Lo sagrado designa, para nosotros, el ámbito en el que se inscriben todos los elementos que componen el hecho religioso, el campo significativo al que pertenecen todos ellos; lo sagrado significa el orden peculiar de realidad en el que se inscriben aquellos elementos: Dios, hombre, actos, objetos, que constituyen las múltiples manifestaciones del hecho religioso (J. Martín Velasco, Introducción a la fenomenología de la religión, Madrid: Cristiandad 1982, pp. 86-87).

Las expresiones santo o sagrado traducen normalmente el término hebreoקָדֹֽשׁ   (qadosh) y el griego ἅγιος

Colgarás la cortina de cuatro columnas de madera de acacia revestidas de oro y provistas de escarpias y de cuatro basas de plata.  La colgarás debajo de los corchetes, y detrás de ella colocarás el arca de la alianza. La cortina separará el Santo del Santísimo. (Ex 26,32).

La raíz de esta palabra hebrea indica «separar», «poner aparte». Aunque no es tan sencillo el saber exactamente a qué se refiere cada vez que encontramos esta expresión en la Biblia. El contexto en el que aparece nos dará pistas de cómo hemos de traducirlo y entenderlo.

Lo que sí está claro es que el «Santo» por antonomasia es Dios. Lo sagrado siempre está relacionado con él.

Yo soy el Señor, vuestro Dios, santificaos y sed santos, porque yo soy santo. (Lv 11,44).

Y clamaban alternándose: ¡Santo, santo, santo, el Señor Todopoderoso, la tierra está llena de su gloria! (Is 6,3).

Lo impuro es lo contrario a lo santo o lo sagrado. Son dos realidades incompatibles. Todo aquel que ha incurrido en impureza debe ser purificado para participar en el culto, para entrar en contacto con lo sagrado, para relacionarse con Dios.

3 Y clamaban alternándose: ¡Santo, santo, santo, el Señor Todopoderoso, la tierra está llena de su gloria!
 4 Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
 5 Yo dije: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor Todopoderoso.
 6 Y voló hacia mí uno de los serafines con un ascua en la mano, que había retirado del altar con unas tenazas;
 7 la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.
 8 Entonces escuché la voz del Señor, que decía: ¿A quién mandaré?, ¿quién irá de nuestra parte? Contesté: Aquí estoy, mándame.
 9 Él replicó: Anda y di a ese pueblo: Oíd con vuestros oídos, pero sin entender; mirad con vuestros ojos, pero sin comprender.
 10 Embota el corazón de ese pueblo, endurece su oído, ciega sus ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda, que no se convierta y sane.
(Is 6,3-10).

Las cosas, los textos, los tiempos, los espacios, el culto o ritos son sagrados por su relación con la divinidad. Indica que Dios es siempre más, que entrar en su realidad es participar de una realidad diferente.

a) Lo santo o numinoso es majestad, del latín maius, algo que es siempre más grande. En ese sentido, lo santo es lo supremo, aquello que aparece como exceso de ser, como superabundancia o plenitud que desborda todas las posibles concreciones históricas y objetivas. En ese sentido, lo santo es siempre «más», de manera que ante el despliegue de la Majestad surge el pavor, la sensación de pequeñez suprema: el hombre no puede esconderse o resguardarse, nada puede hacer, sino sólo descubrirse criatura, nada, quitarse las sandalias, taparse el rostro, pues no se puede ver a Dios (cf. Ex 3,5; 33,20-23).
b) Lo Santo es energía, es decir, poder originario, que se expresa en forma de fuego o de viento, de inmenso terremoto. Dios viene, todo tiembla, como en el Sinaí (cf. Ex 19,16-22).
(Xabier Pikaza – Abdelmumin Aya, «Santidad», en Diccionario de las tres religiones: Judaísmo, Cristianismo, Islam, Estella: Verbo Divino 2009, p. 1035).


·         Lugares sagrados anteriores al Templo de Jerusalén: santuarios y tabernáculo

Los montes, especialmente, se convertirán en espacios sagrados por excelencia. La montaña es signo de la presencia de Dios: Horeb, Sinaí, Nebo, Carmelo, etc. son lugares desde donde Dios se manifiesta.

Nos puede servir de ejemplo, la montaña del Sinaí, donde Moisés recibe las Tablas de la Alianza y encontramos una de las teofanías más importantes del Antiguo Testamento:

El monte Sinaí, donde Yahvé se hace presente ante su pueblo Israel: «al tercer día el Señor descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí» (Ex 19,11); donde manifiesta a Moisés cual es su voluntad para su pueblo: «Y cuando terminó de hablar con Moisés sobre el monte Sinaí, le dio las dos tablas del testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios» (Ex 31,18). Una voluntad que busca el bien, la prosperidad, la felicidad de su pueblo. Dios hace una Alianza con Israel, un pacto de fidelidad. La montaña del Sinaí será siempre signo de la presencia de Dios, de su santidad, de su trascendencia, de la Alianza siempre fiel con su pueblo.
(Javier Velasco-Arias, «La montaña, signo de la presencia de Dios». Catalunya Cristiana 1194 [2002] 3).

Aunque la presencia de Dios se hace presente, en un primer momento, en cualquier lugar, ya que Dios no está condicionado por ningún espacio sagrado en la Tierra Lugares que después se convertirán en santuarios.

Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? (Is 66,1).

Aunque la persona religiosa necesita un espacio físico, donde entrar en contacto con la divinidad:

 10 Jacob salió de Berseba y se dirigió a Jarán.
 11 Acertó a llegar a un lugar; y como se había puesto el sol, se quedó allí a pasar la noche. Tomó una piedra del lugar, se la puso como almohada y se acostó en aquel lugar.
 12 Tuvo un sueño: una rampa, plantada en tierra, tocaba con el extremo el cielo. Mensajeros de Dios subían y bajaban por ella.
 13 El Señor estaba en pie sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, Dios de Abrahán tu padre y Dios de Isaac. La tierra en que yaces te la daré a ti y a tu descendencia.
 14 Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás a occidente y oriente, al norte y al sur. Por ti y por tu descendencia todos los pueblos del mundo serán benditos.
 15 Yo estoy contigo, te acompañaré adonde vayas, te haré volver a este país y no te abandonaré hasta cumplirte cuanto te he prometido.
 16 Despertó Jacob del sueño y dijo: Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía.
 17 Y añadió aterrorizado: ¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que Casa de Dios y Puerta del Cielo.
 18 Jacob se levantó de mañana, tomó la piedra que le había servido de almohada, la colocó a modo de estela y derramó aceite en la punta.
 19 Y llamó al lugar Casa de Dios la ciudad se llamaba antes Luz
 (Gn 28,10-19).

Este lugar dará posteriormente lugar a uno de los santuarios más importantes del Reino del Norte: Bet-El o Casa de Dios.

Será la época del desierto, después de la experiencia del Éxodo cuando el espacio sagrado de la manifestación de Dios lo encontraremos en la Tienda del Encuentro o Tabernáculo: una especie de Jaima transportable, donde se guardaba el Arca de la Alianza con las Tablas del Decálogo y desde donde el Señor hablaba con el pueblo, a través de Moisés, primeramente, y después de sus sucesores.

El Tabernáculo del desierto era un santuario portátil y desarmable, adaptado a los desplazamientos del período nómada de Israel. (Adolfo D. Roitman, Del Tabernáculo al Templo. Sobre el espacio sagrado en el judaísmo antiguo, Estella: Verbo Divino 2016, p. 42).

En él se manifestaba la gloria (כָּבוֹד) de Dios: su presencia gloriosa se hacia presente en medio de su pueblo.

Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro, y la Gloria del Señor llenó el santuario. Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro, porque la nube se había apostado sobre ella y la Gloria del Señor llenaba el santuario. (Ex 40,34-35).

Javier Velasco-Arias