miércoles, 26 de julio de 2017

Planificar con Dios las vacaciones

El tiempo de ocio y, especialmente, las vacaciones requieren un plan. En cuanto nos ponemos a planificar fechas, lugares, actividades... ya empezamos, de alguna manera, a gozar de este tiempo de familia, amigos, ocio y descanso. Los hay que dedican un buen tiempo a confeccionar su programa de vacaciones. Hay tanto por hacer... hay tanto que se nos ha quedado por hacer, por falta de tiempo y de fuerzas, durante el curso.

Esos planes incluyen buenos propósitos: este verano aprovecharé para la lectura, para mejorar un idioma, para viajar y conocer otras culturas. Un plan con buenos propósitos va a tener que discernir entre lo que va a escoger e, inevitablemente, lo que tendrá que descartar. Al final, como no da tiempo para todo, lo importante no es tanto lo que voy a hacer sino cómo lo voy a vivir. Hay unas palabras de san Pablo que pueden expresar en clave cristiana muy bien este «vivir» por encima del «hacer». Dice así: «Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31).

Así pues, hagamos los planes vacacionales, de ocio, de descanso, de viaje, sabiendo que me serán verdaderamente lícitos, que serán realmente los planes de un cristiano, si son compatibles con la gloria de Dios, si no ofenden a Dios. Pero, ¿a Dios por qué le va a ofender mi ocio, mi viaje? A Dios le va a ofender aquello que hagas y pueda ofender a tu hermano: el derroche, el despilfarro, la indiferencia hacia el débil, la falta de respeto, la frivolidad... Puede ser bueno, pues, antes de discernir sobre nuestros planes vacacionales tener en cuenta aquellas palabras de Jesús: «Pero, ¿con quién compararé esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados, en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: “Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos cantado lamentaciones, y no habéis hecho duelo”» (Mt 11,16-17).

Mientras a muchos de ellos, nuestros hermanos, les es imposible satisfacer el mínimo necesario para vivir dignamente, muchos de nosotros, sus hermanos, nos comportamos como perennes insatisfechos. Nada logra saciar nuestras ansias y, por ello, cada vez requerimos experiencias más sofisticadas y costosas. En cambio, corremos el riesgo de no incluir en nuestro programa estival los planes de Dios.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1973 [2017])

miércoles, 19 de julio de 2017

Qué gran invento es el descanso

Conforme se acerca el periodo vacacional aparecen los resoplidos propios del calor sufrido, pero también del cansancio acumulado. Estamos ante muchas personas que cinco o seis días a la semana madrugan. Muchos de ellos suman, a las duras horas de su trabajo, las tareas del hogar, el cuidado de los hijos pequeños o de los padres mayores, o de ambos. Los hay que han dedicado muchas fuerzas y esperanzas a encontrar un trabajo que se resiste y que necesitan de forma urgente e imprescindible.

Ese cansancio acumulado tiene una respuesta por parte de Dios. Ya sabemos que Dios siempre tiene para nosotros una actitud y respuesta comprensiva, compasiva y misericordiosa. Pero, además, estamos ante una respuesta pionera. La encontramos en el primer libro de la Biblia, en el Génesis, en su primer relato de la creación, cuando dice «y al séptimo día descansó» (2,2)

Dios «descansa» sin necesidad alguna de descansar y con ese «descanso» nos otorga a nosotros, sus hijos, la legitimidad del descanso a su imagen y semejanza. Podemos decir, pues, sin lugar a dudas y sin tener miedo a exagerar lo más mínimo que Dios inventó el descanso. Incluso, podemos ahondar aún más formulando la siguiente propuesta: de la misma forma que la creación de los seis días anteriores es buena, y así lo afirma el mismo relato en la repetición diaria de «y vio Dios que era bueno», también en la misma línea podemos sostener que Dios no solo creó, inventó, el descanso, sino que además lo creó, bueno. El descanso es bueno.

Pero, cuidado, que la Biblia, el Génesis, no nos dice que en ese séptimo día Dios no hiciera nada. El relato no acaba sin hacernos saber que «y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó». Sirva esto para decir que los relatos bíblicos hay que leerlos enteros para no perder su verdadero significado.

El descanso no consiste en no hacer nada. Ni siquiera el descanso en clave cristiana consiste tan solo en hacer otra cosa. «No hacer...», «hacer...». La cuestión tiene que ver con «vivir», en cómo vivimos el tiempo de descanso, sea un domingo o sean unas vacaciones. Tan solo un detalle más: da gracias a Dios de tu descanso y recuerda que otros, con su trabajo, lo hacen posible. Agradece con tu respeto su trabajo.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1972 [2017])

jueves, 13 de julio de 2017

Contemplar el horizonte

Ha llegado el verano por nuestras latitudes y seguramente la imagen veraniega por excelencia es la playa y el mar. Aunque a menudo las playas están tan abarrotadas que se podría decir que solo se consigue respirar mirando al mar, mirando a ese horizonte que es imagen de libertad.

Y si, además, contemplamos ese horizonte al atardecer, entonces no solo nos evitamos la multitud de vecinos de toalla y sombrilla sino que a la sensación de libertad le vamos a poder sumar también la de serenidad. Pocas cosas hay tan serenas como estar sentado al atardecer en la arena de la playa contemplando el horizonte de libertad y serenidad.

Pues bien, precisamente es esta imagen la que te propongo para este verano con respecto a la Biblia. Si estás en una playa abarrotada, si te sientes agobiado, si el tiempo de presunto descanso te va a dejar aun más agotado y acabarás volviendo el lunes, o al final de las vacaciones, derrotado al trabajo, a las ocupaciones diarias… lo que tú necesitas son esa libertad y serenidad para afrontar tu vida y tu felicidad.

Toma pues tu Biblia y contempla el horizonte que te presenta. Cuanto más contemplas el horizonte sentado desde la arena fresca del atardecer más te ocurre un fenómeno curioso e interesante: por un lado, parece que el horizonte se te acerca y, por otro, parece que eres tú el que se acerca a ese horizonte.

Así, en la Biblia, ese horizonte, en el que Dios se hace presente, se acerca a ti, cada vez que lees su Palabra y, también, te acercas tú a Él cada vez que meditas lo que ha escrito para ti. La Biblia es, pues, ese punto de encuentro al que has sido llamado por Dios, es el punto donde se encontraron y se encuentran el Padre que ama y el hijo que vuelve a la busca de ese amor.

Nos lo decía así, en un día de verano, el Papa Benedicto XVI: «Esta parece ser una hermosa ocupación para las vacaciones: tomar un libro de la Biblia, para encontrar así un poco de distensión y, al mismo tiempo, entrar en el gran espacio de la Palabra de Dios y profundizar nuestro contacto con el Eterno, precisamente como finalidad del tiempo libre que el Señor nos da» (3 de agosto de 2011)

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1971 [2017])

jueves, 6 de julio de 2017

¿Dónde está tu hermano?

Los orígenes
En el capítulo 4 del libro del Génesis leemos la historia de dos hermanos, Caín y Abel. 

Dos hermanos enfrentados. Las diferencias entre los dos son importantes, a pesar de que son presentados como mellizos: el primero es agricultor y el segundo pastor.

La relación de ambos con Dios no es simétrica, mientras la de uno es angustiosa, la del otro es pacífica; el carácter también los distingue, Caín resentido, Abel confiado…

Contexto
El intento de encontrar en la narración elementos históricos es una tarea ilusoria. 

Los trabajos agrícola o pastoril en el Paleolítico, y mucho menos anteriormente, son simplemente inexistentes, se han de esperar siglos para que aparezcan. 

El narrador bíblico está trasladando a los orígenes, al principio de la existencia humana, la situación contemporánea que la comunidad creyente a la que pertenece está viviendo: las relaciones entre dos grupos humanos, uno al que su pueblo pertenece, de origen nómada o seminómada, en la que el cuidado de los rebaños ha sido su forma habitual de vida; y, otro, el de los pobladores de la tierra donde actualmente habitan, de vida sedentaria y agrícola.

Enfrentamientos
Las dificultades, las contiendas, las guerras, la violencia… tienen su origen, ya estaban presentes en los orígenes de la Humanidad y continúan presentes en todas las etapas de la Historia. 

Esa es una de las enseñanzas que el autor bíblico quiere subrayar, y esa sí que es una verdad incuestionable. 

El hecho de situar esta narración inmediatamente después de la del primer pecado (Génesis 3), busca enfatizar que la ruptura con el plan original de Dios (primer pecado) lleva irremediablemente a un conflicto en las relaciones humanas, a la violencia de un ser humano contra otro.

Origen común
Aún más, el narrador nos quiere recordar el origen común de todos los humanos, hijos todos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. Caín y Abel son hermanos, diferentes, pero hermanos: hijos de Dios e hijos, también, de una pareja original (en Adán y Eva, todos somos hermanos, resalta el texto). Las diferencias étnicas, culturales, religiosas o de cualquier otro tipo no menoscaban esta fraternidad universal.

Pero las relaciones humanas, desde el pecado de los orígenes, son relaciones difíciles, en muchas ocasiones enfrentadas, violentas. 

El asesinato de Abel por su hermano Caín es paradigma de la violencia que con tanta frecuencia ejerce el ser humano contra otro ser humano.

Pregunta incisiva
La pregunta que dirige Dios a Caín, después de haber dado muerte a su hermano, sigue siendo actual, se sigue repitiendo a lo largo de la existencia humana de todos los tiempos y de todas las culturas: «¿Dónde está tu hermano?» (Génesis 4,9).

La respuesta del fratricida también es actual: «No sé, ¿soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?» (Génesis 4,9). No se siente responsable de su hermano, no le importa. No es capaz de admitir la responsabilidad de su pecado, de su crimen. Nunca le han importado las preocupaciones, las dificultades, la vida de su hermano Abel.

Justicia y misericordia
Pero el Dios de la Biblia es un Dios justo, sale en defensa del más débil, del pequeño, del que padece la injusticia de los otros. No es un dios ajeno a la existencia humana y sus dificultades y miserias. Y recuerda a Caín el mal inmenso que ha hecho. 

Y el mal no queda impune. Aunque, incluso en estas circunstancias, junto a la justicia divina siempre se hace presente su misericordia. Y no abandonará a Caín, a pesar de la gravedad de su crimen: «Y el Señor marcó a Caín, para que no lo matara quien lo encontrara.» (Génesis 4,15). 

Como afirma el salmista: «La palabra del Señor es recta, se mantiene fiel en todo lo que hace. Ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra» (Salmo 33,4-5).

Para la oración
  • Hemos de revisar, en la intimidad de la oración, la inseparable relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo, conscientes de que el olvido de uno de ellos nos lleva irremediablemente a la omisión del otro. Nos lo recuerdan los evangelios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.  Éste es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: Amarás al prójimo como a ti mismo. Estos dos preceptos sustentan la ley entera y los profetas» (Mateo 22,37-40). Dios es nuestro Padre, y el otro es mi hermano. 
  • Y, por tanto, la interpelación de Dios a Caín, también está dirigida personalmente a cada uno de nosotros. Dios se dirige a ti, preguntándote: «¿Dónde está tu hermano?».  
  • En cuantas ocasiones mi respuesta más o menos explícita se parece a la de Caín: «No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?». ¿Soy yo el que me tengo que preocupar de lo que le pasa a aquel o aquella?; ya tengo yo suficientes problemas. A mi me importa lo mío y lo que le pueda pasar a los míos; que cada cual resuelva sus asuntos.    
  • Nos hemos vuelto, con mucha frecuencia, insensibles al sufrimiento humano. Los medios de comunicación ayudan a esta actitud de indiferencia, también a los que nos llamamos cristianos. Vemos situaciones desgarradoras de injusticias, de guerras, de violencia en televisión mientras comemos o cenamos y ni nos inmutamos. «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?».
Pero la pregunta del Dios de la Biblia nos sigue interpelando: «¿Dónde está tu hermano?».

Javier Velasco-Arias 
(Publicado en: Lluvia de rosas 675 [2017] 9-11)

jueves, 25 de mayo de 2017

Sagrado y misericordioso corazón de Jesús

Hace no demasiados años todos teníamos en la pared de la cabecera de la cama una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Algunas de esas imágenes estaban más logradas que otras y las había, cabe reconocerlo, algunas “muy mejorables”.

Abro un paréntesis para decir que cuando decimos que una imagen de Jesús o de María es fea se ha de entender, lógicamente, que nos referimos no a lo que representa sino a como lo representa, es decir, al arte o falta de él que ha tenido el artista o el bienintencionado pero muy poco artista. Aclarado queda.

Pues bien, lo más importante de esas imágenes era que nos representaba a Jesucristo, Hijo de Dios, con corazón de hombre.
Cuando en la Biblia se habla del corazón nos referimos no solo a la válvula que nos permite vivir porque bombea la sangre, ni tampoco solo al corazón que se enamora y ama a otra persona, sino también del lugar simbólico donde se toman las grandes decisiones y, también, el lugar de acogida al débil y necesitado, al pequeño o al diferente. Así pues, cuando de alguien decimos que “no tiene corazón” no nos referimos a que no posea la válvula, o cuando hablamos del Corazón de Jesús no lo hacemos refiriéndonos a lo que le bombea la sangre.

Esa realidad del Corazón de Jesús, tradicionalmente se ha designado precedida de la expresión “Sagrado”. No quisiera yo menoscabar para nada que Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios verdadero, es Santo y Sagrado todo Él y, por tanto, también su corazón. Pero, me atrevo a completar esa denominación con el adjetivo “misericordioso” porque, sin duda, tras el Año de la Misericordia y, en especial, después de toda la predicación que de ello nos ha ofrecido el Papa Francisco, creo que así se completa de manera necesaria la comprensión de qué es el Sagrado y Misericordioso Corazón de Jesús.

Un Corazón que ama, perdona y se compadece. Recordemos como siente y actúa ese Corazón ante la multitud de personas que le han seguido para escucharles. Jesús había aprendido de su Madre el “no tienen vino”, es decir, el fijarse en qué es necesario y, sobre todo, en quién está necesitado. Así, ahora, Jesús se fija en que “no tienen pan” y desde su mirada compasiva, como hizo al convertir el agua en vino, ahora convierte lo poco en mucho. Porque el Sagrado y Misericordioso Corazón de Jesús es un lugar de acogida generosa.

Quique Fernández