viernes, 11 de mayo de 2018

Una historia ejemplar

A modo de novela
La «novela» ejemplar (si preferimos: novela histórica o historia novelada) de José o de «José y sus hermanos», ocupará una gran parte del libro del Génesis: del capítulo 37 al 50 (el final del libro), con dos paréntesis en los capítulos 38 y 49, en las que el narrador introduce dos historias menores, aunque sumamente curiosas (que no comentaremos en esta ocasión).

Un hijo predilecto
José es el hijo menor de Jacob (aún no ha nacido Benjamín) y el preferido de su padre, en una familia de once hermanos, de cuatro madres diferentes. La predilección paterna por José será motivo de envidias e intrigas entre los hermanos; además de él tener muy asumido su situación privilegiada que no duda en ostentar ante sus consanguíneos. Os invito a leer el texto íntegro, que nunca puede sustituir ningún comentario.

Envidia de los hermanos
Los hermanos deciden vengarse de José y alguno incluso no le importaría llegar hasta el asesinato fraticida. Al final, deciden vender a José como esclavo a unos mercaderes madianitas que lo llevarán a Egipto, donde se desarrollará la mayor parte de la historia que nos ocupa. Y los hermanos hacen creer a su padre que ha fallecido, devorado por una fiera.

Nueva vida
Los madianitas lo venden como esclavo a Putifar, un funcionario real egipcio (Génesis 37,36; 39,1). Las cosas le van bien, hasta que es acusado falsamente por la esposa de Putifar de haberla acosado sexualmente, cuando en realidad es en represalia por sentirse rechazada y despechada. José acaba en la cárcel.

En prisión conocerá a otros dos funcionarios reales, a los que José interpreta sus sueños, que, cómo él predice, significará el ajusticiamiento de uno y la libertad del otro (40,1-23). El compañero de prisión liberado, con el tiempo, sugerirá al monarca de Egipto, al Faraón, que José es la persona que podrá liberarle de la angustia de unos extraños sueños que nadie de su reino sabe interpretar.

Rectitud de José
José aparece en la narración cómo un hombre íntegro, sabio y fiel a Dios. La auténtica sabiduría es un don de Dios y no responde a artes mágicas o conocimientos ocultos: éste es el mensaje que se desprende del relato. El protagonista de la historia se mantiene honesto, insobornable, fiel a su fe, a pesar del exilio y de las circunstancias adversas.

El anuncio de José al Faraón de unos años de escasez, de hambre, después de un período de abundancia, cambiará la suerte de nuestro personaje. El monarca lo nombra visir y responsable de administrar las cosechas de Egipto, para que cuando llegue la carestía no halle al país desprevenido, sino que haya reservas más que suficientes (Génesis 41).

Reencuentro fraterno
La situación de carestía generalizada hará que los hermanos de José viajen a Egipto, para abastecerse de alimentos que en su tierra no encuentran. Los diferentes encuentros entre los hermanos, que no reconocen a José, son de una gran belleza narrativa (Génesis 42-45). El perdón sin resentimiento de José a sus hermanos, el amor fraternal, el reconocer la mano de Dios en las situaciones límite… nos muestran a un hombre bueno, misericordioso, sabio, fiel  (45,4-15).

Jacob-Israel bajará a Egipto y se instalará en Gosén, junto a toda su familia (46,26-34). La «historia» preparará la narración del segundo libro de la Biblia Hebrea, del Éxodo, en la que los descendientes de Israel se convertirán en el Pueblo de Dios, después de su liberación de la opresión egipcia. Pero eso es otra historia, para una próxima ocasión. Nuestro relato acabará con la muerte de José (Génesis 50), después de una estancia idílica de él y toda su familia en el país de Egipto.

Para la oración
  • Las cuestiones posibles para meditar, para llevar a la oración, personal o comunitaria, son muchas. La «historia» de José está repleta de enseñanzas éticas y de valores y actitudes a practicar, a vivir.
  • La predilección de los padres por un hijo determinado es «caldo de cultivo» de envidias, rivalidades, incluso, odios entre hermanos. Los padres, madres, abuelos, educadores… hemos de revisar si caemos, o podemos caer, en favoritismos a la hora de relacionarnos con ellos. Los niños, los adolescentes, los jóvenes no son tontos: perciben estas situaciones como agravio, como desamor, como desprecio. Y las consecuencias pueden ser graves.
  • José es un hombre íntegro. No accede a las insinuaciones sexuales de la mujer de Putifar y acabará, a causa de ello, en la cárcel. ¿Yo soy capaz de resistir los «cantos de sirena» a los que con frecuencia me somete una cultura altamente sexualizada, donde la pornografía explícita es el «pan de cada día», en la que la genitalidad sustituye con frecuencia a la auténtica sexualidad? Y no es cuestión de volver a tiempos, felizmente superados, en los que el sexto y el noveno mandamientos eran los únicos «mandamientos» contra los que se pecaba. Ni a ser mojigatos en los temas referentes a la sexualidad o al erotismo. Pero la auténtica sexualidad humana, el sano erotismo, o están integrados en el amor, en la entrega mutua o difícilmente les podemos poner el adjetivo de «humano».
  • ¿El perdón, el amor fraternal… superan las barreras del odio, de la venganza, del «ojo por ojo y diente por diente»? A la pregunta que le hicieron a Jesús sobre el número de veces que he de estar dispuesto a perdonar, respondió: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18,22).
  • La auténtica sabiduría es un don de Dios. ¿Soy consciente de ello? o ¿prefiero jactarme, delante de los demás, de mis valores y logros?
Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 680 [2018] 9-11)

miércoles, 28 de marzo de 2018

El libro de las Lamentaciones: sorpresas y más (II)

Tercera sorpresa:
De «esto se ha escrito hace tantísimo tiempo», a descubrir que todavía hoy está vigente y me sirve a mí.

Reconozco que me adentro en un tema muy poco «exegético» y descaradamente de espiritualidad bíblica. La cuestión es que releyendo el libro y, sobre todo, haciendo caso a los apuntes, llevando el texto a la oración, he descubierto que los lamentos hablan de Jerusalén pero no solo de Jerusalén.

Entonces... me explico: Hablar de Jerusalén es hablar de un pueblo formado por personas, es hablar de un tiempo, de un lugar y de unos nombres concretos, pero también es hablar de una realidad interior que trasciende en el tiempo y, por tanto, que puede incluso alcanzarnos a nosotros tanto como pueblo de una tierra concreta pero también como Pueblo de Dios, como Iglesia.

Los lamentos por la ciudad perdida me han recordado nuestros lamentos porque «la Iglesia ya no es lo que fue»; lamentos nostálgicos de un poder más temporal que espiritual; lamentos que echan la culpa a los «babilonios» de hoy, o incluso a Dios, pero que tarde o temprano deben enfrentarse a la realidad: el que profiere el lamento acaba por descubrir que forma parte de la causa de su desgracia porque ha sido infiel al plan de felicidad de Dios.

Una convicción:
Cuanto tienen de sapienciales los históricos y de históricos los sapienciales.

Cuando abordamos el estudio de los libros bíblicos, para facilitar su conocimiento y comprensión acudimos a compartimentar según las características de los libros y, así, dividirlos en históricos, sapienciales y proféticos.

Conforme vamos ahondando en ese estudio descubrimos que en cada libro se puede llegar a contener más de un género literario y que, por tanto, hay grandes espacios de intersección entre los diferentes libros.

Leyendo, pues, el Libro de las Lamentaciones he descubierto que me iluminan el período de la historia conocido como Exilio y que, por tanto, un texto sapiencial me ilumina la historia.

Y, pensándolo bien, ocurre lo mismo cuando se leen los libros históricos: transmiten sabiduría.

Un recuerdo:
El recuerdo de mi padre y los lamentos del cante jondo.

Mi padre, fallecido hace cinco años, era un apasionado del flamenco. No del flamenco-pop o flamenco-fusión, sino que era un purista del flamenco, del cante jondo (a excepción del flamenco-rock de Triana o Alameda, que sorprendentemente le encantaba).

A lo que voy, los lamentos del libro bíblico me han recordado los quejios del flamenco. Recuerdo como mi padre me explicaba que esos quejios, que yo no acababa de entender, eran quejidos, lamentos, salidos de las entrañas (creo que podemos decir del alma) por los cantaores que, además, en su mayoría eran cantautores: Fosforito, José Menese, Manuel Gerena, El Cabrero... cantaores, además, que estuvieron muy comprometidos con las peticiones de libertad, justicia y democracia durante el franquismo.

En los últimos años de vida de mi padre me pasaba horas con él escuchando flamenco (cada semana le regalaba un cd nuevo) y él me iba explicando y yo iba entendiendo. Incluso le regalé ir juntos a un concierto de Miguel Poveda. Y ya fallecido, heredé sus cds más queridos para así escucharlos, seguir intentando entender y recordar sus explicaciones de por qué de los lamentos y como debemos luchar para combatir la injusticia: el lamento puede ser el primer paso y la solidaridad con él debe ser el segundo.


Quique Fernández

viernes, 23 de marzo de 2018

El libro de las Lamentaciones: sorpresas y más (I)

Primera sorpresa:
De «cómo quién no tiene culpa de nada» a ser realmente la causa.

Leyendo el «Libro de las Lamentaciones», al inicio del capítulo 4,1-4 me doy cuenta que esa «música» me está sonando, vuelvo hacia atrás y compruebo que el inicio del primer capítulo de este mismo libro (1,1-4) presenta unas ciertas similitudes, lo cual aunque me haya llamado la atención, no me extraña porque ya me he dado cuenta que, a imagen de los sollozos, del sufrir el dolor, el libro es reiterativo.

Pero, en cambio, leyendo y releyendo sí me doy cuenta que me produce sorpresa el que estos dos textos «casi» paralelos contengan unas reseñables diferencias que acaban marcando, aunque algo escondida, una enorme diferencia. Me explico:

En 1,1-4 se nos relata un pueblo caído en desgracia que...

«Se ha quedado como una viuda... Pasa la noche llorando... No hay nadie que la consuele... todos sus amigos la han traicionado, se han convertido en enemigos... en la más dura esclavitud... nadie acude a las fiestas...¡y qué amargura hay en ella!»

No parece, para nada, culpable de su situación, más bien parece que todo lo que le sucede le ha caído del cielo, que Jerusalén es completamente ajena a lo que le acontece.

En cambio, en 4, 1-4, aunque también se nos relata la desgracia en forma de lamento, están inseridas unas expresiones que nos hacen, si nos fijamos, concluir que la «desgracia» no le es ajena, sino que ella misma, Jerusalén, algo ha tenido que ver...

«se ha empañado el oro más puro! Las piedras sagradas están tiradas en todas las esquinas. Hasta los chacales presentan las ubres para amamantar a sus cachorros; pero la hija de mi pueblo se ha vuelto cruel...».

La ciudad de Jerusalén, sus habitantes, tiran por las esquinas las piedras sagradas, se asemejan a chacales, se ha vuelto cruel... insisto en que en estas expresiones se encierra el hecho de la que Jerusalén ha sido infiel a su Dios. Han entrado en una dinámica de alejamiento que acaba llevando a la infelicidad.

Al final, creo que podemos convenir que en el capítulo 1 se nos está adelantando las consecuencias del pecado que señala el capítulo 4. Es, increíble, uno de los primeros feedback de la historia.

Segunda sorpresa:
De «no ver nada claro ni salida alguna» a encontrar al Dios esperanza y misericordia.

Uno va leyendo y leyendo, y ya va por la mitad del capítulo 3 y... que oscuro anda esto, no lo veo nada claro ni encuentro salida alguna. Tan solo tropiezo con angustia y, por ello, con mucha desesperanza. Pero... ¿no éramos los elegidos? ¿Nos habrá abandonado Dios? ¿Preferirá a los babilonios? ¿O acaso serán los dioses babilonios más poderosos que nuestro Dios?

Es inevitable hacerse preguntas, que intentan responder a la incertidumbre, aun más pronunciada por el aparente silencio de Dios, que acaba desembocando en mayor incertidumbre, en desánimo, en desesperanza...

Pero llegamos a 3,19 y, sorpresa, hay agua en el oasis, el horizonte muestra otro paisaje:

«Pero me pongo a pensar en algo y esto me llena de esperanza:
La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión;
ellas se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!» (3,21-23).

Esperanza, misericordia, compasión, fidelidad, bondad, perdón, salvación... ¡y tanto que cambia el panorama! Ya no estamos ante un callejón sin salida sino ante un túnel en el que se ve la luz de la salida, la luz de la misericordia de Dios que nos regala esperanza. 

Quique Fernández 

domingo, 18 de marzo de 2018

Primeras impresiones sobre el libro de Job (II)


Todavía, antes de que acabe el segundo capítulo y, con él, el prólogo del libro, nos encontramos con una vuelta de rosca más. Cuando parece que nada puede ir a peor… el Maligno va y lo propone: «Extiende tu mano contra él y tócalo en sus huesos y en su carne: ¡seguro que te maldecirá en la cara!» (2, 5).

Ahora yo no solo ha de luchar contra el peligro de que su naturaleza caída se rebele contra Dios, sino que también lo tendrá que hacer contra los malos consejos de su mujer: «¿Todavía vas a mantenerte firme en tu integridad? Maldice a Dios y muere de una vez» (2, 9). Y lo hace con una razonada fidelidad: «Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?» (2, 10).

Todo este cuadro de paisaje desolador, de desierto inhabitable, tiene su oasis de gracia: la actitud de fidelidad de Job. Ello me hace pensar en un tema que me parece muy importante teológica, espiritual y pastoralmente: la espiritualidad de la aceptación. Mientras las cosas les van mal a los demás, les animamos con consejos que, después, si nos va mal a nosotros, no nos los aplicamos. De alguna manera, podríamos decir que pedimos a los demás que acepten lo que nosotros no estamos dispuestos a aceptar.

Aparecen en escena los amigos de Job, que de inicio le acompañan en silencio y escuchan su lamento de dolor profundo: «¡No tengo calma, ni tranquilidad, ni sosiego, sólo una constante agitación!» (3, 26). La cuestión es que en ese grito de dolor del justo maltratado «injustamente» yo oigo las palabras de Jesús en Getsemaní: «Si es posible que pase de mí este cáliz…» (Lc 22, 42). Y con Jesús y con Job oigo el lamento de tanto sufrimiento en el mundo: niñas prostituidas, niños soldados, indios del Amazonas a los que les roban su tierra, personas de raza negra a los que se les trata como animales, pobres que malviven recogiendo basura en los vertederos donde, además, viven, duermen y respiran. La lista es tan larga…

De entre los amigos, el primero que toma la palabra es Elifaz de Temán, para hacer una pregunta incisiva: «¿Acaso tu piedad no te infunde confianza y tu vida íntegra no te da esperanza?» (4, 6). Perdón de antemano por la expresión que me sale del alma, por mucho que sea muy poco académica: ¡Uaaaaauuuuu! ¡Vaya preguntita! El amigo dispara a dar. Imposible evitar el impacto. Es, definitivamente, una llamada a una fidelidad coherente. Porque, como nos dice Jesús, «si la sal se desvirtúa», ¿quién será la sal del mundo?
Y a continuación sigue con un discurso que empieza con estas preciosas palabras que contienen una brillante idea: «Yo, por mi parte, buscaría a Dios, a él le expondría mi causa» (5, 8).

 Conforme voy leyendo el discurso tengo la sensación que la letra y música me suenan. Expresiones como: «Él realiza obras grandes e inescrutables, maravillas que no se pueden enumerar» (5, 9); «Pone a los humildes en las alturas y los afligidos alcanzan la salvación» (5, 11); «Hace fracasar los proyectos de los astutos para que no prospere el trabajo de sus manos» (5, 12);  «Sorprende a los sabios en su propia astucia y el plan de los malvados se deshace rápidamente» (5, 13). Me parece estar escuchando una versión muy cercana al Magnificat.

Quique Fernández

viernes, 16 de marzo de 2018

La Historia de la Salvación. A través de los personajes bíblicos

El «Museu Bíblic Tarraconense» y el Arzobispado de Tarragona acaban de publicar:

La Història de la Salvació. A través dels personatges bíblics

En esta obra hemos participado un grupo de miembros de la «Associació Bíblica de Catalunya», en la mayoría biblistas y algún animador bíblico.

El contenido del libro busca aproximar algunos de los personajes bíblicos más significativos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, al gran público. Por consiguiente, tiene una intención tanto didáctica como pastoral.

El Museo Bíblico de Tarragona ha estrenado una colección de figuras bíblicas en barro, realizadas por el artista Carlos Delgado Muñoz; ambientadas en unos fondos paisajísticos, pintados en acuarela por el artista Jordi Lluis Rovira Canyelles.

El coleccionable, hecho después libro, es una serie de comentarios breves sobre cada uno de estos personajes.

Como comenta el director del Museo, Andreu Muñoz Melgar: «Tenemos la esperanza que este material pueda ser útil a creyentes y no creyentes en un intento de aproximar, un poco más, la riqueza espiritual y cultural de las Sagradas Escrituras a toda la sociedad»

Esperemos que llegue al mayor número de personas posibles.

Javier Velasco-Arias