viernes, 16 de marzo de 2018

La Historia de la Salvación. A través de los personajes bíblicos

El «Museu Bíblic Tarraconense» y el Arzobispado de Tarragona acaban de publicar:

La Història de la Salvació. A través dels personatges bíblics

En esta obra hemos participado un grupo de miembros de la «Associació Bíblica de Catalunya», en la mayoría biblistas y algún animador bíblico.

El contenido del libro busca aproximar algunos de los personajes bíblicos más significativos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, al gran público. Por consiguiente, tiene una intención tanto didáctica como pastoral.

El Museo Bíblico de Tarragona ha estrenado una colección de figuras bíblicas en barro, realizadas por el artista Carlos Delgado Muñoz; ambientadas en unos fondos paisajísticos, pintados en acuarela por el artista Jordi Lluis Rovira Canyelles.

El coleccionable, hecho después libro, es una serie de comentarios breves sobre cada uno de estos personajes.

Como comenta el director del Museo, Andreu Muñoz Melgar: «Tenemos la esperanza que este material pueda ser útil a creyentes y no creyentes en un intento de aproximar, un poco más, la riqueza espiritual y cultural de las Sagradas Escrituras a toda la sociedad»

Esperemos que llegue al mayor número de personas posibles.

Javier Velasco-Arias

lunes, 12 de marzo de 2018

Apuntes sobre la Sabiduría de Dios


Primeras impresiones sobre el libro de Job (I)

Empieza el libro presentando a Job como un «hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal» (1,1). Es casi imposible decir algo más y mejor de un hombre. Este hombre es lo que podemos llamar, si nos alejamos del sarcasmo del mundo, un hombre bueno.
Y parece aun más relevante y meritorio cuando también se nos informa que «era el más rico entre todos los Orientales» (1,3). Pero queda bien claro que su bondad y generosidad es mayor que su riqueza material, cuando leemos que no solo reza por y para él, sino que reza también por y para sus hijos, con un razonamiento generoso y misericordioso: «Tal vez mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en su corazón» (1,5)-

Un diálogo entre Dios y el Maligno, el Adversario, va a torcer esa maravillosa felicidad hasta límites inimaginables. El Señor dice: «¿Te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal» (1,8). A lo que el Maligno responde: «Pero extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!» (1,11). Esta es una acusación que muchos cristianos pueden haber recibido muchas veces: la fe en situaciones cómodas de Primer Mundo es fácil de vivir. Eso que tiene una cierta parte de razón, se desmonta con tantos creyentes, cercanos a Job, del Tercer Mundo, que es donde más está creciendo el cristianismo. Y es que a veces ocurre que nos miramos demasiado el ombligo y creemos que el prototipo de fe de occidente es el que debe servir como modelo a todo el orbe. Y que el Papa escribe solo para nosotros los occidentales.

Después de perder todos los bienes que poseía, también pierde a sus hijos: «de pronto sopló un fuerte viento del lado del desierto, que sacudió los cuatro ángulos de la casa. Esta se desplomó sobre los jóvenes, y ellos murieron. Yo solo pude escapar para traerte la noticia». (1,19).

Tengo una sensación que si no la digo reviento. Necesito para ello tomar un ejemplo de nuestros días. Existe una serie llamada «Cuéntame» protagonizada por la Familia Alcántara. Esa familia es modelo, prototipo, de la familia media española de los años 50-60-70... Claro, si no queremos tener que estrenar protagonistas nuevos cada semana (con sus consiguientes actores diferentes) pues se va a dar un efecto inevitable: todo le tiene que pasar a esa familia. Todo hasta rayar el ridículo. Porque pase que una hija se enamore de un hippy, o de un maduro separado, o de su párroco... pero todo en la misma chica, lo dicho, roza el ridículo. Pues bien, eso es lo que le ocurre a Job, que todo le ocurre a él. Él, como único protagonista de su libro, recibe todas las situaciones con las que el autor desea ejemplarizar.

Pero la respuesta de Job, he aquí el target de presentación de este libro, es que sigue siendo fiel a Dios. Si tuviésemos delante el trabajo de hacer un tráiler sobre una película de la vida de Job… tras unas cuantas escenas dramáticas aparecería la respuesta desnuda (se lo han quitado todo) de fidelidad. Todavía anda en carteleras la película «La montaña entre nosotros», donde los protagonistas sufren un accidente de avión en mitad de las montañas nevadas. Tras la escena del accidente, con imágenes nerviosas, ruidosas, llega la escena del silencio, la imagen de la montaña silenciosa y solitaria, el protagonista se encuentra «desnudo de todo» ante la majestuosidad de la montaña. Siento que lo mismo le ocurre a Job, que en ese espacio de dolor, de soledad, de desnudez de bienes… ahí sigue encontrándose con Dios. Y muy importante, no es un dios-magia que le quita el dolor. No, el dolor persiste. Pero sí que es un Dios que llena su vida de convicción. Tanto como para seguir diciendo: «¡Bendito sea el nombre del Señor!» (1,21).

Quique Fernández

viernes, 9 de marzo de 2018

Dos hermanos enfrentados


En esta ocasión os propongo leer y meditar la historia de los dos hijos del patriarca Isaac y la matriarca Rebeca: Esaú y Jacob. Una narración que comienza en Génesis 25,19 y se extenderá por algunos capítulos de este primer libro bíblico. Incluso será la clave de lectura del conflicto endémico entre dos pueblos (hermanos), Edom e Israel, que encontraremos en diferentes narraciones bíblicas. Es un texto donde se mezclan valores y contravalores, la vida real, donde Dios continúa interviniendo.

La oración del indigente
Como percibimos, con cierta frecuencia, en los textos bíblicos, la esterilidad femenina que es vista como algo negativo en la antigüedad (el no tener hijos es lo peor que lo podía pasar a una mujer), es ocasión para una acción extraordinaria de Dios. Y de la misma manera que Sara, esposa de Abrahán, concibió gracias a la acción de Dios, también Rebeca: «Isaac rezó a Dios por su mujer, que era estéril. El Señor le escuchó y Rebeca, su mujer, concibió» (Génesis 25,21). La acción de Dios se hace presente escuchando la suplica del necesitado. El débil, el indigente, el pequeño siempre son objeto de la predilección divina.

El fruto del vientre de Rebeca serán dos hermanos gemelos: Esaú y Jacob. Dos hermanos que personifican a dos grandes pueblos: Edom e Israel. Dos naciones que estarán en conflicto continuo a lo largo de la historia.

El mayor es presentado como cazador y rudo, mientras que Jacob es descrito como un hombre tranquilo, pacífico, integro (diversas traducciones posibles de la expresión hebrea tam) y pastor nómada.

El hambre de Esaú
La escena sitúa a los dos hermanos ya adultos, dando un gran salto cronológico. Jacob está cocinando un guiso rojo (25,30), unas lentejas, aclarará el narrador después (25,34). El juego de palabras entre rojo y Edom (de la misma raíz en hebreo) justifica el nombre por el que será conocido el pueblo descendiente de Esaú. Esaú accede a «cambiar» o «vender» sus derechos de hijo mayor, de primogénito, por el guiso que está preparando su hermano. Sus ganas de comer, su ansiedad le ciegan la responsabilidad adquirida como heredero. Ocasión que aprovecha astutamente su hermano menor Jacob.

El engaño de Jacob
Esta circunstancia junto con el engaño posterior de Jacob a su padre, ya ciego, con la complicidad de su madre Rebeca, para recibir la bendición de primogénito (cf. Génesis 27), harán que se desate un grave antagonismo entre los dos hermanos, un odio a muerte.

Jacob suplanta a Esaú con el fin de hacerse con los derechos del hermano mayor, de la primogenitura que astutamente ha conseguido de su hermano. Y no se para ante la mentira, el disimulo, el fraude para conseguir lo que quiere. Curiosamente, a pesar de estas circunstancias, el plan de Dios se cumple. «Dios escribe recto con renglones torcidos» (frase atribuida a Teresa de Jesús, aunque de origen incierto).

Una herida por cicatrizar
Pero el engaño traerá funestas consecuencias, que no podemos obviar. La reconciliación será costosa, difícil e incompleta (Génesis 33,1-17). La historia posterior corroborará que la herida abierta entre estos dos hermanos, estos dos pueblos, nunca llegó a cicatrizar del todo.

Para la oración
·                     Los temas para llevar a la plegaria son varios; cada persona ha de elegir la temática o las cuestiones que más inciden en su existencia personal y comunitaria: la fuerza de la oración, el plan de Dios, la predilección por los pequeños, los conflictos fraternales, el papel de los padres en la educación, el engaño y el fraude…

·                    La oración, en muchas ocasiones, consigue lo aparentemente imposible. Hemos de poner nuestra confianza en la acción de Dios y no desfallecer. Isaac y Rebeca son ejemplos de una oración esperanzada, como rezamos en el libro de los Salmos: «Mi corazón, Señor, no es altanero, ni mis ojos altivos. No voy tras lo grandioso, ni tras lo prodigioso, que me excede, mas allano y aquieto mis deseos como el niño en el regazo de su madre: como el niño en el regazo, así están conmigo mis deseos. Tu esperanza, Israel, en el Señor, desde ahora, para siempre. (Salmo 131).

·                    Pero todo no es laudable en la actitud de los diversos personajes. Esaú es un inconsciente y un irresponsable cuando es capaz de «cambiar» su primogenitura por un plato de lentejas. Lo inmediato prevalece sobre lo realmente importante. Y ¿en mi vida? ¿Sé realmente priorizar en cada ocasión? ¿Tengo siempre presente lo que es realmente importante o me dejo habitualmente llevar por lo inmediato, lo tangible, las «exigencias» del aquí y ahora?

·                    O Jacob y su madre Rebeca que utilizan la mentira, el fraude, la deslealtad para conseguir sus fines, aunque estos sean buenos. ¿El fin justifica los medios? ¿No somos conscientes que todo no vale para obtener resultados? La persona religiosa y la persona honrada saben que el «todo vale» no es una opción ética, aunque el motivo sea bueno.

·                    Una vida incoherente y egoísta lleva siempre al conflicto. El enfrentamiento con el otro es consecuencia de dichas actitudes. Y el narrador bíblico nos recuerdo que el otro siempre es tu hermano al que debes amar, hijos ambos del mismo Padre. Edom e Israel serán dos pueblos siempre enfrentados, pero en el plan original de Dios son hermanos. ¿También yo considero al otro mi hermano o mi hermana?, sea quien sea.

·                    Dios es el Señor de la Historia. Esto nos da esperanza y confianza. Ya que a pesar de nuestras innumerables «meteduras de pata» el plan de Dios prevalecerá. Pero no se lo pongamos cada vez más difícil.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 679 [2018] 9-11)


viernes, 2 de marzo de 2018

La Sabiduría de Dios


Primeras impresiones sobre el libro de Proverbios

De entrada, ya en el primer versículo, se me informa que el autor de este libro, de estos proverbios es «Salomón, hijo de David, rey de Israel» (1, 1). Me es conocido desde jovencito por aspectos anecdóticos: su sabiduría por la famosa escena de proponer cortar a un niño en dos; su pasión desmesurada por la Reina de Saba, plasmada en el cine…

Pues bien, la experiencia lectora unida al estudio bíblico acumulado, me despierta dudas razonables de que todo el libro, todos los proverbios, sean de Salomón.

Tras la autoría viene la finalidad de la obra: «para conocer la sabiduría y la instrucción, para entender las palabras profundas» (1, 2). Me resulta esclarecedora la conexión entre «sabiduría» y «palabras profundas», y no me da tiempo a preguntarme sobre qué tipo de palabras profundas habla porque inmediatamente se citan la justicia, la equidad y la rectitud. Y me digo: ¡Casi nada! ¡Esto va en serio!

Y al leer lo que sigue, «para dar perspicacia a los incautos», me llega la sensación de estar ante un texto que, si no me lo dicen, pienso que es muy actual. Pero aun sabiendo que se trata de un libro del Antiguo Testamento, vislumbro que es de los que hace realidad la expresión de «actualidad de la Biblia», es decir, que el texto sagrado tiene palabras de vida y sabiduría para el hombre de hoy.

Y esta sensación, y consiguiente constatación, se agudizan aun más al leer «los necios desprecian la sabiduría». Parece que hable de aquí y de hoy.
Pero tras esa primera finalidad formulada en positivo aparece otra finalidad de la obra formulada en «negativo»: «Hijo mío, si los pecadores intentan seducirte, tú no aceptes» (1,10). 

En seguida llega una frase que bien podría ser considerado un lema a seguir: «La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz» (1,20) Se me ha despertado con esa frase mi perfil reivindicativo de la justicia y la bondad, ese perfil que a veces tengo demasiado escondido y que se me despierta, tristemente, solo cuando se me hace inevitable ver la injusticia, la maldad. 

Sin embargo, me choca el tono negativo con el que sigue (1, 22-32), porque en la imagen que yo me puedo hacer de la Sabiduría, esa bronca agorera de calamidades no le pega para nada. Uno espera que la Sabiduría tenga argumentos tan consistentes y positivos que no le haga falta amenazar con los desastres y la mano dura. Quizá este pensamiento pueda ser cuestión atribuible a mis prejuicios.

En fin, esta primera impresión, que coincide con el primer capítulo del Libro, me parece un elenco de sensaciones que van desde la claridad hasta la perplejidad. ¡La cosa promete!

Quique Fernández

lunes, 8 de enero de 2018

La fuerza de la plegaria

La historia de Abrahán y Sara da para muchos comentarios e incluso libros. En esta ocasión os invito a leer y meditar, personal o comunitariamente, el texto de Génesis 18,16-33 y el contexto que lo acompaña. Es de una belleza narrativa inusitada. Nos habla de la fuerza de la plegaria, de la eficacia de la oración; realidad no siempre suficientemente presente en nuestras vidas, al menos con la convicción que debiera, con la certeza e, incluso, osadía del patriarca.

En torno al texto
El contexto próximo, de la narración que consideramos, es la visita de tres personajes a Abrahán y Sara. Protagonistas que son presentados como el Señor, como el Dios de Israel (Génesis 18,1-2). Más tarde el narrador aclarará que son el Señor y dos ángeles (19,1). Algunos Padres de la Iglesia, y posteriormente el arte, han visto en esta representación una insinuación de la Trinidad divina. Pero esta perspectiva teológica no es propia del Antiguo Testamento, aunque no es rechazable como lectura tipológica posterior. Es una «lectura» que ha plasmado en el arte, sobre todo, de las iglesias orientales cristianas, de forma magistral.

La hospitalidad
La escena del encuentro junto a la encina de Mambré es seductora, de una belleza plástica inmensa. Abrahán y Sara acogen a estos tres peregrinos en su casa. En un primer momento no son conscientes de que están hospedando en su hogar al Dios de la Biblia. La hospitalidad forma parte de la cultura del mundo de la Biblia. Y acoger al extraño se convierte, en muchas ocasiones, en acoger al Señor: «era forastero y me hospedasteis» (Mateo 25,35).

Inconscientemente, al menos a los que estamos mínimamente familiarizados con la Palabra de Dios, nos viene a la memoria la escena de la pareja de discípulos camino de Jerusalén a Emaús y el encuentro que tienen con Jesús resucitado (cf. Lucas 24,13-33). Ellos también, sin saberlo, acogen en su casa a Jesús, al Hijo de Dios: «Ellos insistieron con empeño, diciéndole (a Jesús): “quédate con nosotros, que es tarde y el día ya ha comenzado a declinar”. Y él entró para quedarse con ellos» (24,29). La acogida, la hospitalidad, la preocupación exquisita por el otro forma parte de la religiosidad bíblica.

Hospitalidad y oración
Solamente la persona que posee estas actitudes puede entrar en la forma de oración que hace nuestro padre Abrahán: el amor a Dios y al prójimo van siempre a la par. La plegaria auténtica forma parte de este equilibrio.

El castigo de Sodoma y Gomorra por su pecado grave de corrupción no tiene vuelta atrás, como se lo hace saber el Señor a Abrahán (Génesis 8,20). Es entonces cuando el patriarca, movido por un corazón misericordioso, intercede por estos dos pueblos. Y lo hace «regateando» con Dios, al mejor estilo oriental, utilizando la fuerza de la intercesión de los justos frente a una sociedad corrupta: «¿No perdonarás al lugar por los cincuenta justos que hay allí?...; ¿y si son cuarenta y cinco?...; supongamos que hay cuarenta…;  ¿y si hay treinta?...; mira he resuelto insistir todavía ante mi Señor, quizá se hallen allí veinte…; pero todavía añadió: no se enoje ahora mi Señor. Ésta es la última vez, quizá se hallen allí diez. Contestó (el Señor): “Por consideración a los diez no la destruiría”» (cf. Génesis 18,24-32).

Sólo en un corazón generoso cabe esta forma de oración. Abrahán confía plenamente en Dios: sabe que su amor misericordioso prevalece, sin invalidarla, sobre la justicia. Conoce al Señor. Por eso se dirige a Él con tanta libertad. La plegaria se convierte en diálogo, en diálogo amoroso y confiado. No pide nada para él ni para los suyos, pero tiene una preocupación y amor exquisitos por las personas concretas, por el mundo.

Para la oración
  • La narración bíblica nos sugiere una forma de oración poco convencional. Abrahán dialoga con Dios con plena confianza, con naturalidad, con el convencimiento de que el Señor siempre escucha… Su plegaria no está «encorsetada». 
  • Entiende el patriarca que las cosas pueden cambiar, que no estamos condenados a un destino fatal. La Historia humana y los acontecimientos diarios están en las manos de Dios. Esa convicción le lleva a suplicar con insistencia, con libertad, con esperanza y, sobre todo, con amor. Y con la convicción que Dios se puede valer de unos cuantos justos para salvar el mundo.
  • Pongamos en paralelo nuestra oración junto a la plegaria de nuestro padre en la fe Abrahán. ¿Trasluce la misma confianza? ¿Espero una respuesta de Dios con el mismo convencimiento?
  • ¿Soy capaz de utilizar un «regateo» similar en mi oración? Es decir, ¿hago mi plegaria insistente, machacona (no quiere decir pesada y repetitiva)… desde la convicción que Dios Padre-Madre siempre me escucha? Y más cuando nos ponemos «pesados». Dios nos ama con un amor infinito, entrañable, misericordioso. Y no puede negarnos nada que sea para nuestro bien o el de los otros, por los que rogamos.
  • ¿Mi oración nace de un corazón generoso? ¿Siempre tengo presentes las necesidades ajenas tanto o más que las mías propias?
  • ¿La imagen que tengo del Dios de la Biblia es la de Alguien justiciero o misericordioso? Consciente que la justicia no está reñida con el amor entrañable, sino que el segundo es la plenitud de la primera.
  • En mi vida concreta, cotidiana ¿qué es lo que priorizo en mis actos, en mi oración? Sólo quien practica la misericordia está en la órbita del Dios de Jesús.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 678 [2018} 8-10)