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viernes, 31 de agosto de 2018

¿Un Dios parcial?

Vivir en la opresión
El inicio de la narración de la situación del pueblo de Israel en Egipto, descrito en el libro del Éxodo, es dramático. Los israelitas padecen una situación grave de injusticia, de opresión, de servidumbre y claman al Dios de la Biblia.

«Durante este largo período murió el rey de Egipto; los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios.
Oyó Dios sus gemidos, y acordose Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció»
(Éxodo 2,23-25).

Dios no abandona a su pueblo
Los israelitas, desde la opresión de la servidumbre, lloran y gritan a Dios. Su oración no es precisamente rutinaria, nace del dolor y del sufrimiento por la injusticia. Su única esperanza es en Dios. ¿El Señor los escuchará? ¡El Dios bíblico nunca se hace el sordo! No abandona a su pueblo, no se olvida de los que padecen injustamente.

Dios no es un mero observador de la historia –como en muchas ocasiones es presentado o imaginado–; Él escucha su clamor, recuerda su alianza, mira la humillación que están padeciendo, conoce a su pueblo.

Dios oye, se compadece, es fiel
En la antropología bíblica, escuchar, recordar y mirar son verbos, acciones que implican a toda la persona, que indican la totalidad. Dios se involucra en la historia humana, toma partido por los más débiles: los escucha, los mira compadeciéndose, es fiel a sus promesas.

Dios conoce a su pueblo
Dios también «conoce» a su pueblo. El verbo «conocer» en hebreo tiene un sentido de intensidad, de relación personal, de intimidad. El Dios de Israel no conoce superficialmente o de oídas, conoce en profundidad, hace suyo el sufrimiento del oprimido. Ama intensamente a sus hijos necesitados, se compadece de ellos.

Un Dios «parcial»
El Señor de la historia aparece como un Dios «parcial», Alguien que se pone del lado del más débil, del oprimido, del pequeño… Aquellos que no tienen quien les defienda, que nadie apuesta por su causa, tienen de su parte al Señor.

Dios ama por igual a todos sus hijos e hijos, pero le preocupan, le ocupan de una manera especial los más débiles, los más frágiles, aquellos que no cuentan a los ojos humanos…, pero son sus hijos predilectos. Es un Padre-madre que cuida amorosamente a sus pequeños. Así nos lo describe el libro del profeta Isaías: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Isaías 49,15).

El narrador bíblico está preparando la teofanía en el monte Horeb, donde Dios se manifestará a Moisés. Dios actúa, se implica en la historia humana. El Dios de Israel, el Señor de la historia se involucra en la vida y en las vicisitudes de su pueblo, de sus fieles.

Para la oración
·                    Mi oración, mi diálogo con Dios nace desde la confianza de un hijo esperanzado, que se fía plenamente de su Padre. ¿Estoy realmente convencido que el Señor siempre escucha?
·                    ¿Creo en un Dios que se implica en la historia humana, en mi historia personal? O mi percepción de Dios es de Alguien lejano, ausente, que no se interesa para nada por mis problemas o preocupaciones, que «pasa» de nuestras inquietudes, alegrías o desgracias cotidianas, de las mías  y de las del mundo en general.
·                    Las situaciones de injusticia, de dolor, de opresión que sufren otros seres humanos ¿las siento como propias? ¿considero que son mis hermanos? O, por el contrario, ¿me autoconvenzo que no son mis problemas ni los de mi familia; que son extranjeros o inmigrantes que vienen a empobrecernos, a conseguir las ayudas sociales que nos corresponden sólo a nosotros; que trabajen, que solucionen sus dificultades en su país de origen? He de persuadirme, de convencerme, que esa actitud, esos criterios no tienen nada que ver con el mensaje de la Palabra de Dios, con el Evangelio de Jesús. O cambiamos de actitud o dejemos de llamarnos cristianos (seguidores de Jesús), porque es incompatible.
·                    Dios escucha, mira, recuerda, conoce… las desgracias del pueblo de Israel en Egipto. ¿Yo también escucho a quien me pide ayuda, a quien requiere mi atención, a quien necesita que alguien (yo, tú) le atienda? ¿Miro con compasión al necesitado, padezco con él su desgracia, la hago mía (compasión = padecer con)? ¿Recuerdo que el ser cristiano me compromete en el amor al prójimo como a mi mismo? ¿Conozco existencialmente su sufrimiento; lucho por acabar con toda clase de injusticia en un mundo injusto?
·                    El Dios de la Biblia es un Dios «parcial» que siente predilección por sus hijos más vulnerables, más pobres, más desamparados, por aquellos que sufren el horror de la guerra o la violencia de la persecución política, étnica o religiosa… Nosotros como seguidores del Dios de Jesús no debemos, no podemos permanecer impasibles, distantes, despreocupados ante estas situaciones:
«”Porque tuve hambre (dice Jesús) y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era forastero y no me hospedasteis; estuve desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
Entonces también éstos replicarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te socorrimos?”.
El les responderá: "Os lo aseguro: todo lo que dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, conmigo lo dejasteis de hacer".»
(Mateo 25,42-45).

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 682 [2018] 9-11)

domingo, 18 de marzo de 2018

Primeras impresiones sobre el libro de Job (II)


Todavía, antes de que acabe el segundo capítulo y, con él, el prólogo del libro, nos encontramos con una vuelta de rosca más. Cuando parece que nada puede ir a peor… el Maligno va y lo propone: «Extiende tu mano contra él y tócalo en sus huesos y en su carne: ¡seguro que te maldecirá en la cara!» (2, 5).

Ahora yo no solo ha de luchar contra el peligro de que su naturaleza caída se rebele contra Dios, sino que también lo tendrá que hacer contra los malos consejos de su mujer: «¿Todavía vas a mantenerte firme en tu integridad? Maldice a Dios y muere de una vez» (2, 9). Y lo hace con una razonada fidelidad: «Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?» (2, 10).

Todo este cuadro de paisaje desolador, de desierto inhabitable, tiene su oasis de gracia: la actitud de fidelidad de Job. Ello me hace pensar en un tema que me parece muy importante teológica, espiritual y pastoralmente: la espiritualidad de la aceptación. Mientras las cosas les van mal a los demás, les animamos con consejos que, después, si nos va mal a nosotros, no nos los aplicamos. De alguna manera, podríamos decir que pedimos a los demás que acepten lo que nosotros no estamos dispuestos a aceptar.

Aparecen en escena los amigos de Job, que de inicio le acompañan en silencio y escuchan su lamento de dolor profundo: «¡No tengo calma, ni tranquilidad, ni sosiego, sólo una constante agitación!» (3, 26). La cuestión es que en ese grito de dolor del justo maltratado «injustamente» yo oigo las palabras de Jesús en Getsemaní: «Si es posible que pase de mí este cáliz…» (Lc 22, 42). Y con Jesús y con Job oigo el lamento de tanto sufrimiento en el mundo: niñas prostituidas, niños soldados, indios del Amazonas a los que les roban su tierra, personas de raza negra a los que se les trata como animales, pobres que malviven recogiendo basura en los vertederos donde, además, viven, duermen y respiran. La lista es tan larga…

De entre los amigos, el primero que toma la palabra es Elifaz de Temán, para hacer una pregunta incisiva: «¿Acaso tu piedad no te infunde confianza y tu vida íntegra no te da esperanza?» (4, 6). Perdón de antemano por la expresión que me sale del alma, por mucho que sea muy poco académica: ¡Uaaaaauuuuu! ¡Vaya preguntita! El amigo dispara a dar. Imposible evitar el impacto. Es, definitivamente, una llamada a una fidelidad coherente. Porque, como nos dice Jesús, «si la sal se desvirtúa», ¿quién será la sal del mundo?
Y a continuación sigue con un discurso que empieza con estas preciosas palabras que contienen una brillante idea: «Yo, por mi parte, buscaría a Dios, a él le expondría mi causa» (5, 8).

 Conforme voy leyendo el discurso tengo la sensación que la letra y música me suenan. Expresiones como: «Él realiza obras grandes e inescrutables, maravillas que no se pueden enumerar» (5, 9); «Pone a los humildes en las alturas y los afligidos alcanzan la salvación» (5, 11); «Hace fracasar los proyectos de los astutos para que no prospere el trabajo de sus manos» (5, 12);  «Sorprende a los sabios en su propia astucia y el plan de los malvados se deshace rápidamente» (5, 13). Me parece estar escuchando una versión muy cercana al Magnificat.

Quique Fernández

viernes, 16 de marzo de 2018

La Historia de la Salvación. A través de los personajes bíblicos

El «Museu Bíblic Tarraconense» y el Arzobispado de Tarragona acaban de publicar:

La Història de la Salvació. A través dels personatges bíblics

En esta obra hemos participado un grupo de miembros de la «Associació Bíblica de Catalunya», en la mayoría biblistas y algún animador bíblico.

El contenido del libro busca aproximar algunos de los personajes bíblicos más significativos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, al gran público. Por consiguiente, tiene una intención tanto didáctica como pastoral.

El Museo Bíblico de Tarragona ha estrenado una colección de figuras bíblicas en barro, realizadas por el artista Carlos Delgado Muñoz; ambientadas en unos fondos paisajísticos, pintados en acuarela por el artista Jordi Lluis Rovira Canyelles.

El coleccionable, hecho después libro, es una serie de comentarios breves sobre cada uno de estos personajes.

Como comenta el director del Museo, Andreu Muñoz Melgar: «Tenemos la esperanza que este material pueda ser útil a creyentes y no creyentes en un intento de aproximar, un poco más, la riqueza espiritual y cultural de las Sagradas Escrituras a toda la sociedad»

Esperemos que llegue al mayor número de personas posibles.

Javier Velasco-Arias

viernes, 9 de marzo de 2018

Dos hermanos enfrentados


En esta ocasión os propongo leer y meditar la historia de los dos hijos del patriarca Isaac y la matriarca Rebeca: Esaú y Jacob. Una narración que comienza en Génesis 25,19 y se extenderá por algunos capítulos de este primer libro bíblico. Incluso será la clave de lectura del conflicto endémico entre dos pueblos (hermanos), Edom e Israel, que encontraremos en diferentes narraciones bíblicas. Es un texto donde se mezclan valores y contravalores, la vida real, donde Dios continúa interviniendo.

La oración del indigente
Como percibimos, con cierta frecuencia, en los textos bíblicos, la esterilidad femenina que es vista como algo negativo en la antigüedad (el no tener hijos es lo peor que lo podía pasar a una mujer), es ocasión para una acción extraordinaria de Dios. Y de la misma manera que Sara, esposa de Abrahán, concibió gracias a la acción de Dios, también Rebeca: «Isaac rezó a Dios por su mujer, que era estéril. El Señor le escuchó y Rebeca, su mujer, concibió» (Génesis 25,21). La acción de Dios se hace presente escuchando la suplica del necesitado. El débil, el indigente, el pequeño siempre son objeto de la predilección divina.

El fruto del vientre de Rebeca serán dos hermanos gemelos: Esaú y Jacob. Dos hermanos que personifican a dos grandes pueblos: Edom e Israel. Dos naciones que estarán en conflicto continuo a lo largo de la historia.

El mayor es presentado como cazador y rudo, mientras que Jacob es descrito como un hombre tranquilo, pacífico, integro (diversas traducciones posibles de la expresión hebrea tam) y pastor nómada.

El hambre de Esaú
La escena sitúa a los dos hermanos ya adultos, dando un gran salto cronológico. Jacob está cocinando un guiso rojo (25,30), unas lentejas, aclarará el narrador después (25,34). El juego de palabras entre rojo y Edom (de la misma raíz en hebreo) justifica el nombre por el que será conocido el pueblo descendiente de Esaú. Esaú accede a «cambiar» o «vender» sus derechos de hijo mayor, de primogénito, por el guiso que está preparando su hermano. Sus ganas de comer, su ansiedad le ciegan la responsabilidad adquirida como heredero. Ocasión que aprovecha astutamente su hermano menor Jacob.

El engaño de Jacob
Esta circunstancia junto con el engaño posterior de Jacob a su padre, ya ciego, con la complicidad de su madre Rebeca, para recibir la bendición de primogénito (cf. Génesis 27), harán que se desate un grave antagonismo entre los dos hermanos, un odio a muerte.

Jacob suplanta a Esaú con el fin de hacerse con los derechos del hermano mayor, de la primogenitura que astutamente ha conseguido de su hermano. Y no se para ante la mentira, el disimulo, el fraude para conseguir lo que quiere. Curiosamente, a pesar de estas circunstancias, el plan de Dios se cumple. «Dios escribe recto con renglones torcidos» (frase atribuida a Teresa de Jesús, aunque de origen incierto).

Una herida por cicatrizar
Pero el engaño traerá funestas consecuencias, que no podemos obviar. La reconciliación será costosa, difícil e incompleta (Génesis 33,1-17). La historia posterior corroborará que la herida abierta entre estos dos hermanos, estos dos pueblos, nunca llegó a cicatrizar del todo.

Para la oración
·                     Los temas para llevar a la plegaria son varios; cada persona ha de elegir la temática o las cuestiones que más inciden en su existencia personal y comunitaria: la fuerza de la oración, el plan de Dios, la predilección por los pequeños, los conflictos fraternales, el papel de los padres en la educación, el engaño y el fraude…

·                    La oración, en muchas ocasiones, consigue lo aparentemente imposible. Hemos de poner nuestra confianza en la acción de Dios y no desfallecer. Isaac y Rebeca son ejemplos de una oración esperanzada, como rezamos en el libro de los Salmos: «Mi corazón, Señor, no es altanero, ni mis ojos altivos. No voy tras lo grandioso, ni tras lo prodigioso, que me excede, mas allano y aquieto mis deseos como el niño en el regazo de su madre: como el niño en el regazo, así están conmigo mis deseos. Tu esperanza, Israel, en el Señor, desde ahora, para siempre. (Salmo 131).

·                    Pero todo no es laudable en la actitud de los diversos personajes. Esaú es un inconsciente y un irresponsable cuando es capaz de «cambiar» su primogenitura por un plato de lentejas. Lo inmediato prevalece sobre lo realmente importante. Y ¿en mi vida? ¿Sé realmente priorizar en cada ocasión? ¿Tengo siempre presente lo que es realmente importante o me dejo habitualmente llevar por lo inmediato, lo tangible, las «exigencias» del aquí y ahora?

·                    O Jacob y su madre Rebeca que utilizan la mentira, el fraude, la deslealtad para conseguir sus fines, aunque estos sean buenos. ¿El fin justifica los medios? ¿No somos conscientes que todo no vale para obtener resultados? La persona religiosa y la persona honrada saben que el «todo vale» no es una opción ética, aunque el motivo sea bueno.

·                    Una vida incoherente y egoísta lleva siempre al conflicto. El enfrentamiento con el otro es consecuencia de dichas actitudes. Y el narrador bíblico nos recuerdo que el otro siempre es tu hermano al que debes amar, hijos ambos del mismo Padre. Edom e Israel serán dos pueblos siempre enfrentados, pero en el plan original de Dios son hermanos. ¿También yo considero al otro mi hermano o mi hermana?, sea quien sea.

·                    Dios es el Señor de la Historia. Esto nos da esperanza y confianza. Ya que a pesar de nuestras innumerables «meteduras de pata» el plan de Dios prevalecerá. Pero no se lo pongamos cada vez más difícil.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 679 [2018] 9-11)


lunes, 8 de enero de 2018

La fuerza de la plegaria

La historia de Abrahán y Sara da para muchos comentarios e incluso libros. En esta ocasión os invito a leer y meditar, personal o comunitariamente, el texto de Génesis 18,16-33 y el contexto que lo acompaña. Es de una belleza narrativa inusitada. Nos habla de la fuerza de la plegaria, de la eficacia de la oración; realidad no siempre suficientemente presente en nuestras vidas, al menos con la convicción que debiera, con la certeza e, incluso, osadía del patriarca.

En torno al texto
El contexto próximo, de la narración que consideramos, es la visita de tres personajes a Abrahán y Sara. Protagonistas que son presentados como el Señor, como el Dios de Israel (Génesis 18,1-2). Más tarde el narrador aclarará que son el Señor y dos ángeles (19,1). Algunos Padres de la Iglesia, y posteriormente el arte, han visto en esta representación una insinuación de la Trinidad divina. Pero esta perspectiva teológica no es propia del Antiguo Testamento, aunque no es rechazable como lectura tipológica posterior. Es una «lectura» que ha plasmado en el arte, sobre todo, de las iglesias orientales cristianas, de forma magistral.

La hospitalidad
La escena del encuentro junto a la encina de Mambré es seductora, de una belleza plástica inmensa. Abrahán y Sara acogen a estos tres peregrinos en su casa. En un primer momento no son conscientes de que están hospedando en su hogar al Dios de la Biblia. La hospitalidad forma parte de la cultura del mundo de la Biblia. Y acoger al extraño se convierte, en muchas ocasiones, en acoger al Señor: «era forastero y me hospedasteis» (Mateo 25,35).

Inconscientemente, al menos a los que estamos mínimamente familiarizados con la Palabra de Dios, nos viene a la memoria la escena de la pareja de discípulos camino de Jerusalén a Emaús y el encuentro que tienen con Jesús resucitado (cf. Lucas 24,13-33). Ellos también, sin saberlo, acogen en su casa a Jesús, al Hijo de Dios: «Ellos insistieron con empeño, diciéndole (a Jesús): “quédate con nosotros, que es tarde y el día ya ha comenzado a declinar”. Y él entró para quedarse con ellos» (24,29). La acogida, la hospitalidad, la preocupación exquisita por el otro forma parte de la religiosidad bíblica.

Hospitalidad y oración
Solamente la persona que posee estas actitudes puede entrar en la forma de oración que hace nuestro padre Abrahán: el amor a Dios y al prójimo van siempre a la par. La plegaria auténtica forma parte de este equilibrio.

El castigo de Sodoma y Gomorra por su pecado grave de corrupción no tiene vuelta atrás, como se lo hace saber el Señor a Abrahán (Génesis 8,20). Es entonces cuando el patriarca, movido por un corazón misericordioso, intercede por estos dos pueblos. Y lo hace «regateando» con Dios, al mejor estilo oriental, utilizando la fuerza de la intercesión de los justos frente a una sociedad corrupta: «¿No perdonarás al lugar por los cincuenta justos que hay allí?...; ¿y si son cuarenta y cinco?...; supongamos que hay cuarenta…;  ¿y si hay treinta?...; mira he resuelto insistir todavía ante mi Señor, quizá se hallen allí veinte…; pero todavía añadió: no se enoje ahora mi Señor. Ésta es la última vez, quizá se hallen allí diez. Contestó (el Señor): “Por consideración a los diez no la destruiría”» (cf. Génesis 18,24-32).

Sólo en un corazón generoso cabe esta forma de oración. Abrahán confía plenamente en Dios: sabe que su amor misericordioso prevalece, sin invalidarla, sobre la justicia. Conoce al Señor. Por eso se dirige a Él con tanta libertad. La plegaria se convierte en diálogo, en diálogo amoroso y confiado. No pide nada para él ni para los suyos, pero tiene una preocupación y amor exquisitos por las personas concretas, por el mundo.

Para la oración
  • La narración bíblica nos sugiere una forma de oración poco convencional. Abrahán dialoga con Dios con plena confianza, con naturalidad, con el convencimiento de que el Señor siempre escucha… Su plegaria no está «encorsetada». 
  • Entiende el patriarca que las cosas pueden cambiar, que no estamos condenados a un destino fatal. La Historia humana y los acontecimientos diarios están en las manos de Dios. Esa convicción le lleva a suplicar con insistencia, con libertad, con esperanza y, sobre todo, con amor. Y con la convicción que Dios se puede valer de unos cuantos justos para salvar el mundo.
  • Pongamos en paralelo nuestra oración junto a la plegaria de nuestro padre en la fe Abrahán. ¿Trasluce la misma confianza? ¿Espero una respuesta de Dios con el mismo convencimiento?
  • ¿Soy capaz de utilizar un «regateo» similar en mi oración? Es decir, ¿hago mi plegaria insistente, machacona (no quiere decir pesada y repetitiva)… desde la convicción que Dios Padre-Madre siempre me escucha? Y más cuando nos ponemos «pesados». Dios nos ama con un amor infinito, entrañable, misericordioso. Y no puede negarnos nada que sea para nuestro bien o el de los otros, por los que rogamos.
  • ¿Mi oración nace de un corazón generoso? ¿Siempre tengo presentes las necesidades ajenas tanto o más que las mías propias?
  • ¿La imagen que tengo del Dios de la Biblia es la de Alguien justiciero o misericordioso? Consciente que la justicia no está reñida con el amor entrañable, sino que el segundo es la plenitud de la primera.
  • En mi vida concreta, cotidiana ¿qué es lo que priorizo en mis actos, en mi oración? Sólo quien practica la misericordia está en la órbita del Dios de Jesús.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 678 [2018} 8-10)

viernes, 8 de septiembre de 2017

XVIII Jornadas ABE - Seminario «Biblia y Pastoral»

En el marco de las XXVIII Jornadas de la Asociación Bíblica Española (ABE), celebradas en Málaga del 28 al 31 de agosto de 2017, el seminario Biblia y Pastoral, uno de los seminarios permanentes de la Asociación, presentó dos comunicaciones, desde la perspectiva de la animación bíblica de toda la pastoral:
– Año internacional de la Biblia y otras actividades conmemorativas, organizadas por la FEBIC, por Jan Stefanów (Secretario general de la FEBIC):
Featured Image -- 493En el año 2019 la Federación Bíblica Católica (FEBIC) celebrará el 50 aniversario de su fundación y el año siguiente conmemoraremos el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo. Estos dos acontecimientos sirven de marco de varias iniciativas de carácter conmemorativo, bíblico-pastoral, formativo y estructural, emprendidas por la FEBIC: 
- Organizar un Año de la Biblia (1º diciembre 2019 - 30 septiembre 2020) 
- Un Congreso Bíblico-Pastoral de la FEBIC (Roma, 23-26 de abril de 2019)
- Crear la Asociación Bíblico-Pastoral «Verbum Domini» abierta a todos los biblista del mundo.
Todo un elenco de iniciativas que permitirá aproximar la Palabra de Dios a todos, desde una perspectiva internacional.
– Semana de la Biblia en Catalunya, por Javier Velasco-Arias (coordinador del Seminario y responsable del Secretariado de Animación Bíblica de la Pastoral del obispado de San Feliu de Llobregat, Barcelona).
Cartel oficial.jpgEl año pasado, por primera vez, organizamos a nivel de todas las diócesis de Catalunya, la «Semana de la Biblia», que concluyó el primer domingo de Adviento, con el «Día de la Palabra».
Una iniciativa de la Asociació Bíblica de Catalunya, avalada por todos los obispos de la Tarraconense, y que tuvo un importante eco eclesial y mediático. Se consiguió la implicación de las diez diócesis catalanas y de un gran número de estamentos eclesiales, de diversas confesiones cristianas, del mundo de la cultura y del arte, de mass media, etc. Y con actividades muy diversas y diseminadas por toda Cataluña alrededor de la Palabra de Dios.
Actualmente ya estamos en la organización y preparación de la segunda «Semana de la Biblia», que este año será del 27 de noviembre al 3 de diciembre de 2017.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Billete de ida y vuelta

El regreso de las vacaciones nos acostumbra a traer recuerdos satisfactorios, pero demasiadas veces acompañados de rostros que denotan cierta derrota. Es fácil oír en las conversaciones entre amigos o compañeros de trabajo frases de resignación e, incluso, de amargura. 

Así iban, conversando entre dosis de desesperanza, los caminantes de Emaús (Lucas 24). Era un camino de vuelta. Volvían a casa. El viaje de ida que tanto prometía, ir a celebrar la Pascua con Jesús, había tenido un desenlace que todavía les provocaba incertidumbre. Y por esa fisura se les estaban colando dudas, miedos, tristezas… ¿Qué haremos ahora sin Jesús? 

En nuestros caminos de vuelta también viajamos acompañados de incertidumbres, algunas muy propias y otras compartidas. Si al inicio del verano contemplábamos el horizonte hacia el que ir llenos de ilusión y esperanza, hoy también vislumbramos un horizonte de vuelta, pero este más complicado. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué hicieron los caminantes de Emaús? 

Las dudas y los miedos empezaron a disiparse por medio del conocimiento de la Ley y los profetas. Es decir, Jesús aplicó el ungüento de la Palabra de Dios, con una autoridad capaz de interpretar, descifrar y contestar cualquier duda. Jesús hablaba con autoridad, con la máxima autoridad, la del Hijo de Dios que es Dios mismo. 

Así, cuando nos asaltan en nuestros «viajes de vuelta» las incertidumbres, ¿qué hacer? Acudir a la Palabra de Dios, a la autoridad de Jesús y a su Iglesia, a discernir a partir de la sencilla pregunta: ¿qué es lo que haría (o diría) Jesús? Si en nuestro diálogo de vuelta nos encontramos hablando de temas familiares, morales o sociales, y se nos presentan dilemas bien difíciles, habrá que preguntarse de manera sincera y bien dispuesta qué es lo que haría Jesús. 

Nos sorprenderemos, o mejor aún, Jesús nos va a sorprender, porque desde una dinámica de comunión, tras la escucha de su Palabra y participando de la fracción del pan, todo cobrará sentido. Los discípulos de Emaús le reconocieron y comprendieron. 

Este pasaje de los relatos de la resurrección nos muestra que ni el viaje de vuelta era tan malo ni con ese se acaban los viajes. Los de Emaús vuelven corriendo a encontrarse con los apóstoles, en otra ida que seguro tendrá otra vuelta. Casi podríamos decir que en el viaje de la vida y de la fe ya no está muy claro si se está de ida o se está de vuelta. El éxodo hacia la tierra prometida… ¿era ida o vuelta? Quizá no sea tan importante como lo que realmente cuenta en nuestro viaje: caminar guiados por el Señor y su Espíritu hacia nuestra tierra prometida, la Casa del Padre.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1979 [2017])

miércoles, 30 de agosto de 2017

Con la fe en la mochila

Junto con las maletas hoy viajamos con mochilas urbanas que nos permiten llevar todo lo necesario para no tener que volver al hotel hasta la noche. Son mochilas bien surtidas de bolsillos y compartimentos para llevar la crema antisolar, las gafas de sol, el kit navaja multiuso, el medicamento, la mini libreta y el bolígrafo… Sí, están pensadas para poder llevar de todo y no dejarse nada que pueda resultar necesario. 

Y, sin embargo, hay mochilas que por más que abramos bolsillos y revolvamos en su interior, no llevan consigo algo tan importante como es la fe. Puede que fácilmente le demos a la fe el tratamiento de «complemento», que tanto da si la llevamos o no. Ello nos va a permitir ir por la vida de turistas, pero nos inhibe como creyentes. 

En los Hechos de los Apóstoles, capítulo 8, se nos narra cómo un servidor de la reina Candace aprovecha su viaje para ir leyendo la Escritura. La fe acompaña su viaje. Lo ve Felipe y movido por el Espíritu se anima a acompañarlo por un itinerario que lo llevará de la Palabra al bautismo. Se dio el encuentro de fe porque ambos dejaron espacio en su mochila para esa fe. Me permito comentar tres breves situaciones vacacionales donde llevar consigo la fe no es para nada algo irrelevante. Primera: cuando entro en una catedral o iglesia de las tantas que hay en el mundo, no entro como turista. Muy por encima de mi condición de visitante turista, que es ocasional y circunstancial, está el que soy creyente. Mi fe cristiana alcanza toda mi persona con todos sus aspectos. Mi visita es, pues, una visita de fe y oración. Tanto es así que recuerdo a mis hijas, de niñas, preguntar: «¿En esta también vamos a rezar?», a lo que yo respondía: «¿Crees que debemos entrar, salir e irnos sin saludar a Jesús?» 

Segunda: antes de viajar a otras ciudades, a otros países, al programar la ruta, las visitas, el ocio, me informo del horario de misas. Así, el domingo no deja de ser el día del Señor. Hay mucho tiempo para monumentos, museos, parques temáticos, playas… pero también hay un tiempo para Dios, un tiempo importante. La posible escena de «¡Vaya!, hoy ya no hay más misas, he llegado tarde» puede evitarse con cinco minutos de navegar por la red antes de viajar. Tercera: no tiene mucho sentido haber participado por la mañana de la Eucaristía y por la tarde ir a visitar el «Barrio Rojo» de alguna ciudad, donde se expone en escaparates a las esclavas sexuales del siglo XXI. Nuestra fe tiene consecuencias morales e implicaciones sociales. Mi fe no me permite ser cómplice silencioso.


Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1978 [2017])

miércoles, 23 de agosto de 2017

Cuando los planes se tuercen

La vida no es un guión al que uno pueda ajustarse sin que surjan imprevistos. Y las vacaciones no están ajenas a ciertos baches: huelgas de diferentes colectivos, retrasos en los vuelos, un ataque de lumbago el mismo día en que se ha de viajar… todo ello parece que solo les pasa a los demás hasta que nos pasa a nosotros. 

Pero aún hay más, o puede haberlo. La catedral que visitamos está tapada por andamios y lonas debido a las reformas, aquel claustro de nuestros sueños tiene un horario diferente y lo encontramos cerrado… nada nuevo, de ello ya nos habla en el Antiguo Testamento en el libro de Eclesiastés (o Qohélet): «Vi además que bajo el sol no siempre es de los ligeros el correr ni de los esforzados la pelea; como también hay sabios sin pan, como también discretos sin hacienda, como también hay doctos que no gustan, pues a todos les llega algún mal momento» (9,11). 

A todos nos llega algún mal momento. A veces por causas externas, como las ya mencionadas, y otras por nuestros errores, limitaciones y culpas. Sí, también por nuestras culpas. Algunos malos momentos los puedo crear yo mismo a causa de mi orgullo, de mi falta de tolerancia y generosidad. ¿O no empiezan así algunas discusiones con nuestros seres queridos? 

Pero a lo que vamos, ¿qué hacer cuando las cosas se tuercen? Quizá podríamos empezar por darnos a nosotros mismos esos tan buenos consejos que les damos a los demás. Seguro que más de una vez hemos regalado a nuestros familiares y amigos palabras llenas de ánimo, de esperanza. Pero muy pocas veces esas mismas palabras nos las aplicamos a nosotros mismos. ¿Acaso tan solo las decíamos para quedar bien o para salir del paso? 

Como cristianos estamos llamados a vivir la Espiritualidad de la Aceptación, que no es en ningún modo un conformarse o resignarse, que tantas veces desembocan en la amargura. Al contrario, es ser conscientes de que todo no depende de nosotros, que como a todos nos llegará algún mal momento, y que lo que va a distinguir que lo malo no sea peor, que lo malo se nos pueda mostrar, incluso, como oportunidad de crecer en la fe, es nuestra actitud de esperanza. 

¿El desastre es que llueva el día de la boda (que a alguien le ha de llover) o el desastre es que lo consideremos un desastre y, así, lo convirtamos en desastre? Dice el mismo capítulo del Eclesiastés, cuatro versículos atrás: «Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino.» La alegría hace mejor el pan, la boda, las vacaciones… la vida.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1977 [2017])

miércoles, 16 de agosto de 2017

Parada y fonda

Parada… Todo viaje, sea del tipo que sea y, por tanto, también el vacacional, requiere paradas. Algo así le sucedió a Jesús cuando paró en una fuente a reposar y beber agua y se encontró, o mejor se hizo el encontradizo, con la mujer samaritana (Jn 4). El reposo se convierte en oportunidad para el encuentro y el diálogo, en la posibilidad de descubrir al otro y sus necesidades. 

Es posible que este verano, en algún encuentro reposado, se nos presente la posibilidad de dar testimonio de nuestra fe, razón de nuestra esperanza. En momentos de calma es mucho más fácil mantener un diálogo sincero. Es importante que, desde esa sinceridad, sea presentada la Verdad. Pero también es de igual importancia que la verdad no sea lanzada como pedrada contra nadie. La fe siempre es invitación. Así lo hace Jesús con la samaritana: le presenta la Verdad y le propone abrazarla con sus consecuencias. 

Eso mismo es lo que hace la Amoris laetitia del papa Francisco. Genera encuentro, dialoga con los que pasan por momentos de dificultad o de sombras. Hoy también, como entonces ocurrió en el relato de la samaritana, algunos discípulos se sorprenden o escandalizan de ese diálogo. Hemos de descubrir, todos, que el diálogo también es con nosotros. A todos Jesús nos propone una fuente de agua viva, que lejos de ser agua que se queda estancada, es agua que brota y se transforma en río de agua viva que conduce a la vida eterna… 

   y fonda. Algunos de esos momentos  de reposo son más amplios, intensos y celebrativos. Está bien la parada para beber un vaso de agua fresca y está también muy bien sentarse a la mesa y compartir paella, tinto de verano y conversación con familia y amigos. De por sí, aunque con diferente menú, esta era una de las formas de trato fraternal más frecuentes en Jesús. 

A Jesús le llegan a llamar «comilón y borracho» (Lc 7). Lo hacen los mismos que «Juan el Bautista que no comía pan ni bebía vino, decían: demonio tiene.» Jesús no tiene problema ni se esconde, ya no de comer y beber, sino de incluso hacerlo como amigo de publicanos y pecadores. Es más, en un golpe de humor, el evangelista san Lucas, en este mismo capítulo 7, justo a continuación, relata que un fariseo rogó a Jesús que comiera con él. 

Jesús sabe bien lo que puede dar de sí el fraternal diálogo de sobremesa. A las personas hay que dedicarles tiempo y afecto. Sin eso, la doctrina puede parecer fría, distante… que es justo lo contrario de cómo se muestra Jesús, cercano y amigo.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1976 [2017])

sábado, 12 de agosto de 2017

XXVIII Jornadas ABE - Seminario «Biblia y Pastoral»

El seminario de la Asociación Bíblica Española 
«Biblia y Pastoral» 
presentará en las XXVIII Jornadas de la Asociación, en Málaga, dos comunicaciones:

Año internacional de la Biblia y otras actividades conmemorativas, organizadas por la FEBIC, por Jan Stefanów

En el año 2019 la Federación Bíblica Católica (FEBIC) celebrará el 50 aniversario de su fundación y el año siguiente conmemoraremos el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo. Estos dos acontecimientos sirven de marco de varias iniciativas de carácter conmemorativo, bíblico-pastoral, formativo y estructural, emprendidas por la FEBIC, que serán presentadas en esta comunicación de su Secretario General, Jan Stafanów.

Semana de la Biblia en Cataluña, por Javier Velasco-Arias

El año pasado, por primera vez, organizamos a nivel de todas las diócesis de Cataluña, la «Semana de la Biblia», que concluyó el primer domingo de Adviento, con el «Día de la Palabra».
Una iniciativa de la Asociació Bíblica de Catalunya, avalada por todos los obispos de la Tarraconense, y que tuvo un importante eco eclesial y mediático. Se consiguió la implicación de las diez diócesis catalanas y de un gran número de estamentos eclesiales, de diversas confesiones cristianas, del mundo de la cultura y del arte, de mass media, etc. Y con actividades muy diversas y diseminadas por toda Cataluña alrededor de la Palabra de Dios.
Actualmente ya estamos en la organización y preparación de la segunda «Semana de la Biblia», que este año será del 27 de noviembre al 3 de diciembre.
Será presentada por Javier Velasco-Arias, coordinador del Seminario y responsable del Secretariado de Animación Bíblica de la Pastoral del obispado de San Feliu de Llobregat (Barcelona).


* Para toda la información de las Jornadas de la ABE

miércoles, 9 de agosto de 2017

Caminar bien acompañados

Cuántas veces habremos oído decir o, incluso, nos habrán dicho a nosotros que es mejor «estar solo que mal acompañado». No seré yo quien le quite su valor a esta frase que reconozco contiene una buena dosis de sabiduría. Pero… prefiero fijar mi mirada en la vertiente positiva y, por tanto, reformular la frase, creo que con la misma base de sabiduría, para así poder decir que mucho mejor que estar solo es el ir bien acompañado. 

De ahí, por tanto, la importancia del «compañero de camino». Nos lo muestra en el Antiguo Testamento el Libro de Tobit (o Tobías). Tobit envía a su hijo Tobías a un viaje con una misión concreta y, en apariencia, relacionada tan solo con la economía familiar. Sin embargo, cuando el Espíritu tiene espacio en nuestras vidas y dejamos que nos sorprenda… el viaje tendrá como culmen el matrimonio con Sara, a la que se le han muerto ya siete maridos en el lecho de bodas. Pues bien, Tobías va a hacer el viaje acompañado de un compañero que en realidad es el arcángel Rafael, enviado de Dios, que le ayudará a que los planes salgan bien, aunque sean planes imprevistos porque estamos ante la aventura de vivir. 

Hacer camino acompañado de un enviado de Dios nos puede reportar unas ventajas nada desdeñables: su presencia nos hace presente a Dios, nos aconseja con la sabiduría de Dios, nos aleja del desánimo y el desencanto, de la insatisfacción y la frivolidad… Mi viaje de ocio, de vacaciones, no está inevitablemente destinado, por un guión prefijado, a ser tan solo lo que muestra la apariencia en forma de guión. Dios nos ayuda, por medio de sus enviados, que pueden ser ángeles pero que, habitualmente, son familiares y amigos que nos quieren, acompañan y guían bien. 

En clave cristiana, el gran compañero de camino, el que no puede faltar es Jesús de Nazaret, el Buen Pastor que nos guía por cañadas seguras y nos conduce hasta verdes praderas en las que reposar (Salmo 23). Eso lo saben bien los caminantes de Emaús, que caminaban perdidos y temerosos y, como a Tobías el arcángel Rafael, se les apareció un tercer caminante que resultó ser Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Así, acompañado de Jesús cuando, por ejemplo, entro en una catedral no soy solo un turista, soy un discípulo seguidor de Jesucristo. En cambio, desde esa misma identidad creyente, declino participar de ofertas turísticas lujosas o frívolas. A ello también me ayuda, junto a Jesús, caminando atenta a nuestras necesidades, su Madre, Santa María del Camino.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1975 [2017])

miércoles, 2 de agosto de 2017

¿Qué poner en la maleta?

Reconozco, ya de entrada, que me produce bastante pereza o desgana hacer la maleta. Tener que escoger lo que pondré en ella y, por tanto, descartar lo que no llevaré, tratando de acertar sobre variables tan escurridizas como qué tiempo va a hacer o cuánto tiempo podré dedicar a actividades complementarias, como por ejemplo leer. Tanto es así que la hago siempre en el último momento.

Aun así, me va a resultar difícil evitar los dilemas sobre qué cantidad de mangas cortas o de bermudas llevar, o cuántos libros. Porque lo que está en riesgo es llevar ropa que no nos pondremos o libros que no leeremos y, en cambio, dejarse lo que sí acabará resultando necesario. A fin de cuentas, hacer la maleta es una tarea que requiere de ciertos criterios de utilidad provechosa.

Jesús nos da una importante pista a la hora de viajar y decidir qué llevar en nuestra maleta: «No llevéis oro ni plata» (Mt 10,9). Mi maleta, pues, no debe ir demasiado cargada, y por extensión tampoco mi viaje debe, ser sobrecargado. Cuando Jesús habla de «oro y plata» se refiere, sin duda, al exceso de lujo. Ni mi viaje ni mi equipaje, si quiero que correspondan verdadera mente a un cristiano, deben ser lujosos. Y cuando se habla de lujo también cabe entender el excesivo confort. Es decir que el «oro y plata» también se pueden traducir por hoteles, restaurantes o cruceros de lujo.

Dicho de otro modo, mi equipaje no puede ser excluyente, a causa del lujo, de las necesidades de mis hermanos, especialmente los más débiles. En mi maleta ha de caber mi hermano. No se trata de meterlo literalmente a él. Pero, además, en mi maleta debe quedar espacio para todo lo que voy a vivir, experimentar y aprender de los demás. Una maleta sin espacio libre no admite nada de nadie. Es intolerante, fundamentalista. Ya lo tiene todo, ya lo sabe todo, no necesita nada porque es autosuficiente, se siente completa. Esa soberbia nunca será de Dios, Él siempre está en la sencillez.

Nos dice el libro de Proverbios: «La Sabiduría está con los humildes» (11,2). Así, además del espacio para el hermano y para lo que él me puede aportar, dejaré sitio en la maleta para Dios. Su Palabra, su Sabiduría, la Biblia, en formato libro, aunque solo sean los Evangelios, o en formato electrónico, en tablet o móvil, hará que el equipaje y el viaje sean más agradables a Dios.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1974 [2017])

miércoles, 26 de julio de 2017

Planificar con Dios las vacaciones

El tiempo de ocio y, especialmente, las vacaciones requieren un plan. En cuanto nos ponemos a planificar fechas, lugares, actividades... ya empezamos, de alguna manera, a gozar de este tiempo de familia, amigos, ocio y descanso. Los hay que dedican un buen tiempo a confeccionar su programa de vacaciones. Hay tanto por hacer... hay tanto que se nos ha quedado por hacer, por falta de tiempo y de fuerzas, durante el curso.

Esos planes incluyen buenos propósitos: este verano aprovecharé para la lectura, para mejorar un idioma, para viajar y conocer otras culturas. Un plan con buenos propósitos va a tener que discernir entre lo que va a escoger e, inevitablemente, lo que tendrá que descartar. Al final, como no da tiempo para todo, lo importante no es tanto lo que voy a hacer sino cómo lo voy a vivir. Hay unas palabras de san Pablo que pueden expresar en clave cristiana muy bien este «vivir» por encima del «hacer». Dice así: «Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31).

Así pues, hagamos los planes vacacionales, de ocio, de descanso, de viaje, sabiendo que me serán verdaderamente lícitos, que serán realmente los planes de un cristiano, si son compatibles con la gloria de Dios, si no ofenden a Dios. Pero, ¿a Dios por qué le va a ofender mi ocio, mi viaje? A Dios le va a ofender aquello que hagas y pueda ofender a tu hermano: el derroche, el despilfarro, la indiferencia hacia el débil, la falta de respeto, la frivolidad... Puede ser bueno, pues, antes de discernir sobre nuestros planes vacacionales tener en cuenta aquellas palabras de Jesús: «Pero, ¿con quién compararé esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados, en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: “Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos cantado lamentaciones, y no habéis hecho duelo”» (Mt 11,16-17).

Mientras a muchos de ellos, nuestros hermanos, les es imposible satisfacer el mínimo necesario para vivir dignamente, muchos de nosotros, sus hermanos, nos comportamos como perennes insatisfechos. Nada logra saciar nuestras ansias y, por ello, cada vez requerimos experiencias más sofisticadas y costosas. En cambio, corremos el riesgo de no incluir en nuestro programa estival los planes de Dios.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1973 [2017])

miércoles, 19 de julio de 2017

Qué gran invento es el descanso

Conforme se acerca el periodo vacacional aparecen los resoplidos propios del calor sufrido, pero también del cansancio acumulado. Estamos ante muchas personas que cinco o seis días a la semana madrugan. Muchos de ellos suman, a las duras horas de su trabajo, las tareas del hogar, el cuidado de los hijos pequeños o de los padres mayores, o de ambos. Los hay que han dedicado muchas fuerzas y esperanzas a encontrar un trabajo que se resiste y que necesitan de forma urgente e imprescindible.

Ese cansancio acumulado tiene una respuesta por parte de Dios. Ya sabemos que Dios siempre tiene para nosotros una actitud y respuesta comprensiva, compasiva y misericordiosa. Pero, además, estamos ante una respuesta pionera. La encontramos en el primer libro de la Biblia, en el Génesis, en su primer relato de la creación, cuando dice «y al séptimo día descansó» (2,2)

Dios «descansa» sin necesidad alguna de descansar y con ese «descanso» nos otorga a nosotros, sus hijos, la legitimidad del descanso a su imagen y semejanza. Podemos decir, pues, sin lugar a dudas y sin tener miedo a exagerar lo más mínimo que Dios inventó el descanso. Incluso, podemos ahondar aún más formulando la siguiente propuesta: de la misma forma que la creación de los seis días anteriores es buena, y así lo afirma el mismo relato en la repetición diaria de «y vio Dios que era bueno», también en la misma línea podemos sostener que Dios no solo creó, inventó, el descanso, sino que además lo creó, bueno. El descanso es bueno.

Pero, cuidado, que la Biblia, el Génesis, no nos dice que en ese séptimo día Dios no hiciera nada. El relato no acaba sin hacernos saber que «y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó». Sirva esto para decir que los relatos bíblicos hay que leerlos enteros para no perder su verdadero significado.

El descanso no consiste en no hacer nada. Ni siquiera el descanso en clave cristiana consiste tan solo en hacer otra cosa. «No hacer...», «hacer...». La cuestión tiene que ver con «vivir», en cómo vivimos el tiempo de descanso, sea un domingo o sean unas vacaciones. Tan solo un detalle más: da gracias a Dios de tu descanso y recuerda que otros, con su trabajo, lo hacen posible. Agradece con tu respeto su trabajo.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1972 [2017])

jueves, 13 de julio de 2017

Contemplar el horizonte

Ha llegado el verano por nuestras latitudes y seguramente la imagen veraniega por excelencia es la playa y el mar. Aunque a menudo las playas están tan abarrotadas que se podría decir que solo se consigue respirar mirando al mar, mirando a ese horizonte que es imagen de libertad.

Y si, además, contemplamos ese horizonte al atardecer, entonces no solo nos evitamos la multitud de vecinos de toalla y sombrilla sino que a la sensación de libertad le vamos a poder sumar también la de serenidad. Pocas cosas hay tan serenas como estar sentado al atardecer en la arena de la playa contemplando el horizonte de libertad y serenidad.

Pues bien, precisamente es esta imagen la que te propongo para este verano con respecto a la Biblia. Si estás en una playa abarrotada, si te sientes agobiado, si el tiempo de presunto descanso te va a dejar aun más agotado y acabarás volviendo el lunes, o al final de las vacaciones, derrotado al trabajo, a las ocupaciones diarias… lo que tú necesitas son esa libertad y serenidad para afrontar tu vida y tu felicidad.

Toma pues tu Biblia y contempla el horizonte que te presenta. Cuanto más contemplas el horizonte sentado desde la arena fresca del atardecer más te ocurre un fenómeno curioso e interesante: por un lado, parece que el horizonte se te acerca y, por otro, parece que eres tú el que se acerca a ese horizonte.

Así, en la Biblia, ese horizonte, en el que Dios se hace presente, se acerca a ti, cada vez que lees su Palabra y, también, te acercas tú a Él cada vez que meditas lo que ha escrito para ti. La Biblia es, pues, ese punto de encuentro al que has sido llamado por Dios, es el punto donde se encontraron y se encuentran el Padre que ama y el hijo que vuelve a la busca de ese amor.

Nos lo decía así, en un día de verano, el Papa Benedicto XVI: «Esta parece ser una hermosa ocupación para las vacaciones: tomar un libro de la Biblia, para encontrar así un poco de distensión y, al mismo tiempo, entrar en el gran espacio de la Palabra de Dios y profundizar nuestro contacto con el Eterno, precisamente como finalidad del tiempo libre que el Señor nos da» (3 de agosto de 2011)

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1971 [2017])

jueves, 20 de abril de 2017

¿Cómo es la autoridad de Dios?

Ya desde la catequesis de la Creación, en los primeros capítulos del Libro del Génesis, encontramos señales certeras e inequívocas de cómo Dios se manifiesta respecto de su autoridad.
Es más que evidente que si Dios quisiera, omnipotente como es, hubiera podido hacer uso de su infinito e ilimitado poder, de tal manera que podríamos asegurar, sin lugar a dudas, que le hubiese resultado imposible al ser humano desobedecerle. Pero la Biblia nos enseña que esa no es la manera de actuar de Dios...
Dios, pudiendo hacer uso del poder absoluto, es decir, dicho en palabras bien humanas, pudiéndose mostrar como un caudillo o jerarca absolutista... no lo hace. Pero, ¿por qué? ¿porqué no lo hace?

a) Dios no usa un poder absolutista porque ello sería lo mismo que negar al ser humano el gran regalo de la libertad. Dios nos ha creado libres. Nuestra alma está impregnada de libertad.
Bien es verdad que esa libertad ha de escoger el bien para ser verdaderamente libre, pero es imprescindible que ese bien se escoja, no que se imponga. Si se nos impone el bien y no lo podemos escoger, entonces dejamos de ser libres e, incluso, un bien que se impone puede parecer que también deja de ser el bien. Por eso Dios permite que Adán y Eva, pudiendo escoger el bien, acaben eligiendo el mal, la desobediencia, la rebeldía contra su Creador.

b) Dios tampoco usa su poder de forma absolutista porque no está tratando con esclavos, ni tan siquiera con súbditos. Dios nos trata como hijos, pues lo somos. Y a los hijos se les trata no con normas de obligado cumplimiento sin más, sino con amor, mucho amor.
Pero el amor sin libertad no es amor. Si se obliga a alguien a “amar”, esa acción deja de ser amor, por mucha apariencia que de ello tenga. El amor requiere de manera imprescindible de libertad.

c) Por todo ello, la manera de actuar de Dios no es haciendo uso de un poder absolutista sino con una decidida autoridad, que presenta sin engaños ni ambigüedades el plan de felicidad para el hombre. Se lo presenta, se lo propone, pero no se lo impone.
Dios Padre y Creador nos habla con autoridad, con una autoridad generosa, con una autoridad paciente, con una autoridad que perdona. Y es que el verdadero poder, aquel que se ejerce desde la autoridad es siempre generoso porque su poder, su ejercicio legislativo, incluso desde un sentido punitivo, siempre busca nuestro bien, está pensado para rescatarnos y no para hundirnos. La autoridad de Dios no ve fantasmas que menoscaban su poder y, por tanto, no necesita ser “duro” para afianzar su autoridad.

Así pues, Dios no es “autoritario” ni tampoco responde con simplezas como “esto es así porque yo lo mando”. Dios hace el uso más inteligente del poder: aquel que muestra que goza de por sí de una autoridad moral que no necesita vencer a nadie porque pretende convencer a todos.
Para ello nos ilumina con su Espíritu y nos envía a sus profetas. Primero fueron Isaías, Jeremías, Ezequiel... después Juan el Bautista, su mismo Hijo Jesucristo y apóstoles como Pedro y Pablo. Y así hasta nuestros días: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II... Monseñor Romero, Madre Teresa de Calcuta... y hoy el Papa Francisco.
Quique Fernández