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viernes, 31 de agosto de 2018

¿Un Dios parcial?

Vivir en la opresión
El inicio de la narración de la situación del pueblo de Israel en Egipto, descrito en el libro del Éxodo, es dramático. Los israelitas padecen una situación grave de injusticia, de opresión, de servidumbre y claman al Dios de la Biblia.

«Durante este largo período murió el rey de Egipto; los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios.
Oyó Dios sus gemidos, y acordose Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció»
(Éxodo 2,23-25).

Dios no abandona a su pueblo
Los israelitas, desde la opresión de la servidumbre, lloran y gritan a Dios. Su oración no es precisamente rutinaria, nace del dolor y del sufrimiento por la injusticia. Su única esperanza es en Dios. ¿El Señor los escuchará? ¡El Dios bíblico nunca se hace el sordo! No abandona a su pueblo, no se olvida de los que padecen injustamente.

Dios no es un mero observador de la historia –como en muchas ocasiones es presentado o imaginado–; Él escucha su clamor, recuerda su alianza, mira la humillación que están padeciendo, conoce a su pueblo.

Dios oye, se compadece, es fiel
En la antropología bíblica, escuchar, recordar y mirar son verbos, acciones que implican a toda la persona, que indican la totalidad. Dios se involucra en la historia humana, toma partido por los más débiles: los escucha, los mira compadeciéndose, es fiel a sus promesas.

Dios conoce a su pueblo
Dios también «conoce» a su pueblo. El verbo «conocer» en hebreo tiene un sentido de intensidad, de relación personal, de intimidad. El Dios de Israel no conoce superficialmente o de oídas, conoce en profundidad, hace suyo el sufrimiento del oprimido. Ama intensamente a sus hijos necesitados, se compadece de ellos.

Un Dios «parcial»
El Señor de la historia aparece como un Dios «parcial», Alguien que se pone del lado del más débil, del oprimido, del pequeño… Aquellos que no tienen quien les defienda, que nadie apuesta por su causa, tienen de su parte al Señor.

Dios ama por igual a todos sus hijos e hijos, pero le preocupan, le ocupan de una manera especial los más débiles, los más frágiles, aquellos que no cuentan a los ojos humanos…, pero son sus hijos predilectos. Es un Padre-madre que cuida amorosamente a sus pequeños. Así nos lo describe el libro del profeta Isaías: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Isaías 49,15).

El narrador bíblico está preparando la teofanía en el monte Horeb, donde Dios se manifestará a Moisés. Dios actúa, se implica en la historia humana. El Dios de Israel, el Señor de la historia se involucra en la vida y en las vicisitudes de su pueblo, de sus fieles.

Para la oración
·                    Mi oración, mi diálogo con Dios nace desde la confianza de un hijo esperanzado, que se fía plenamente de su Padre. ¿Estoy realmente convencido que el Señor siempre escucha?
·                    ¿Creo en un Dios que se implica en la historia humana, en mi historia personal? O mi percepción de Dios es de Alguien lejano, ausente, que no se interesa para nada por mis problemas o preocupaciones, que «pasa» de nuestras inquietudes, alegrías o desgracias cotidianas, de las mías  y de las del mundo en general.
·                    Las situaciones de injusticia, de dolor, de opresión que sufren otros seres humanos ¿las siento como propias? ¿considero que son mis hermanos? O, por el contrario, ¿me autoconvenzo que no son mis problemas ni los de mi familia; que son extranjeros o inmigrantes que vienen a empobrecernos, a conseguir las ayudas sociales que nos corresponden sólo a nosotros; que trabajen, que solucionen sus dificultades en su país de origen? He de persuadirme, de convencerme, que esa actitud, esos criterios no tienen nada que ver con el mensaje de la Palabra de Dios, con el Evangelio de Jesús. O cambiamos de actitud o dejemos de llamarnos cristianos (seguidores de Jesús), porque es incompatible.
·                    Dios escucha, mira, recuerda, conoce… las desgracias del pueblo de Israel en Egipto. ¿Yo también escucho a quien me pide ayuda, a quien requiere mi atención, a quien necesita que alguien (yo, tú) le atienda? ¿Miro con compasión al necesitado, padezco con él su desgracia, la hago mía (compasión = padecer con)? ¿Recuerdo que el ser cristiano me compromete en el amor al prójimo como a mi mismo? ¿Conozco existencialmente su sufrimiento; lucho por acabar con toda clase de injusticia en un mundo injusto?
·                    El Dios de la Biblia es un Dios «parcial» que siente predilección por sus hijos más vulnerables, más pobres, más desamparados, por aquellos que sufren el horror de la guerra o la violencia de la persecución política, étnica o religiosa… Nosotros como seguidores del Dios de Jesús no debemos, no podemos permanecer impasibles, distantes, despreocupados ante estas situaciones:
«”Porque tuve hambre (dice Jesús) y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era forastero y no me hospedasteis; estuve desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
Entonces también éstos replicarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te socorrimos?”.
El les responderá: "Os lo aseguro: todo lo que dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, conmigo lo dejasteis de hacer".»
(Mateo 25,42-45).

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 682 [2018] 9-11)

viernes, 27 de julio de 2018

Dos mujeres audaces y misericordiosas

El libro del Éxodo, segunda obra de la Torá (más conocida en el mundo cristiano como Pentateuco) y de toda la Biblia Hebrea, nos narra la salida liberadora, o éxodo, del pueblo de Israel de Egipto. Pero todo comienza con la decisión valiente de dos mujeres que deciden oponerse, aunque de manera astuta y eficaz, a los planes del Faraón.

Contexto histórico
La situación con la que se inicia la narración es muy diferente a la de la historia de «José y sus hermanos». Inmediatamente después de enumerar las familias hebreas que entraron en Egipto, el narrador nos traslada a una época difícil para los sucesores de los hijos de Jacob-Israel (Éxodo 1,1-14).

Un período penoso, duro, en el que serán tratados como esclavos y sometidos a un trato denigrante. El rey de Egipto opresor será plausiblemente Ramsés II (s. XIII a.C.), aunque el autor sagrado no nos proporciona su nombre: por desconocimiento o de forma consciente; no lo sabemos con certeza. El ser obligados a trabajar en la construcción de la ciudad de Pi-Ramsés (Éxodo 1,11) avala la hipótesis de quién es el Faraón de aquella época.

Esclavitud del pueblo de Israel
La vida del incipiente pueblo de Israel no es nada fácil. El relator nos la describe someramente, pero con gran intensidad: «Los egipcios sometieron a los israelitas a cruel servidumbre, y amargaron su vida con rudos trabajos en arcilla, en adobes, en todas las faenas del campo y en toda suerte de labores, acompañadas de malos tratos» (Éxodo 1,13-14). Los verbos y sustantivos que descubrimos en el texto no dejan lugar a dudas: sometidos, cruel servidumbre, amargaron su vida, rudos trabajos, malos tratos…

Si esto no fuera suficiente, el rey de Egipto decide asesinar a todos los recién nacidos varones, con el fin de evitar que con el tiempo se conviertan en posibles soldados contra él y contra Egipto (Éxodo 1,15-16.22).

Dos mujeres: Sifrá y Púa
Pero entran en escena dos mujeres egipcias, parteras de profesión. Ellas serán las encargadas de ejecutar las órdenes del monarca y consumar el infanticidio de los niños hebreos. Son dos mujeres con nombre: Sifrá y Púa. Es curioso que para el narrador bíblico estas dos mujeres tengan nombre, el Faraón, no (Éxodo 1,15). El protagonismo de las dos no puede pasar desapercibido para el lector-oyente del relato: serán ambas instrumento de la misericordia del Dios de Israel.

Dos mujeres valientes, osadas, audaces. Capaces de poner en peligro su propia integridad física por oponerse a unas ordenes injustas, inicuas, inmorales, arbitrarias... Pero, inteligentes; justifican su desobediencia en la imposibilidad de cumplirla: «Es que las hebreas no son como las mujeres egipcias. Son más vigorosas y dan a luz antes que llegue la partera» (Éxodo 1,19). Actúan de forma ilegal (desobedecen una ley), pero justa y misericordiosa: no siempre se identifican legalidad y justicia. Su profesión (parteras) implica dar la bienvenida a la vida, ayudar a que ésta se abra camino; no sesgarla, destruirla. Ello significará la alabanza del narrador y el favor del Dios todo misericordia: «Dios favoreció a las parteras. Y el pueblo seguía creciendo y fortaleciéndose. Por haber temido a Dios las parteras, él les concedió numerosa descendencia» (Éxodo 1,20-21).

Para la oración
  • El texto narrativo es de una gran belleza. Los protagonistas del relato no dejan a nadie indiferente. Y la situación descrita nos proporciona abundantes pistas para nuestra oración.
  • Las situaciones de injusticia son de entonces y siguen siendo, por desgracia, de actualidad. ¿Qué actitud adopto ante dichas injusticias? ¿Soy mero espectador o me implico en la solución, según mis posibilidades?
  • Los medios de comunicación (prensa, revistas, TV, Internet, etc.), en muchas ocasiones, nos vuelven inmunes, meros observadores distantes de atropellos de los derechos humanos, de violencia gratuita, etc. Y dichas noticias se convierten, con frecuencia, en informaciones en las que no nos sentimos implicados. Con lo que, en cierta manera, nos convertimos en cómplices de dichas situaciones. ¿Qué debo hacer, como cristiano, para salir de la «rueda» de la indiferencia generalizada?
  • Las dos parteras de nuestra narración, Sifrá y Púa, se implicaron activamente en evitar la injusticia, a sabiendas que dicha actitud les podría complicar mucho la vida; podían ser represaliadas muy duramente (cárcel, torturas o, incluso, ajusticiadas) por su desobediencia manifiesta. ¿Hasta dónde estoy yo dispuesto/a a involucrarme por defender los derechos de los otros?
  • ¿Cómo defiendo la vida? Frente al aborto, la eutanasia, pero también… la violencia contra las personas, las situaciones de injusticia crónicas, los derechos de los más vulnerables…
  • El participar económicamente, de forma periódica, con alguna ONG de confianza es inexcusable. Pero, no puedo conformarme, o acallar mi conciencia, con dar algo de dinero (de lo que me sobra). Mi compromiso ha de ser más activo: participar en campañas, manifestaciones, recogida de firmas, ceder parte de mi tiempo o de mis vacaciones, etc. Cada uno debe valorar lo que puede y lo que debe hacer. Cada mujer y cada hombre es mi hermana, mi hermano (de cualquier raza, origen, religión…). Católico significa «universal»: ¿me lo creo o lo utilizo como una etiqueta excluyente?
Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 681 [2018] 9-11)

lunes, 8 de enero de 2018

La fuerza de la plegaria

La historia de Abrahán y Sara da para muchos comentarios e incluso libros. En esta ocasión os invito a leer y meditar, personal o comunitariamente, el texto de Génesis 18,16-33 y el contexto que lo acompaña. Es de una belleza narrativa inusitada. Nos habla de la fuerza de la plegaria, de la eficacia de la oración; realidad no siempre suficientemente presente en nuestras vidas, al menos con la convicción que debiera, con la certeza e, incluso, osadía del patriarca.

En torno al texto
El contexto próximo, de la narración que consideramos, es la visita de tres personajes a Abrahán y Sara. Protagonistas que son presentados como el Señor, como el Dios de Israel (Génesis 18,1-2). Más tarde el narrador aclarará que son el Señor y dos ángeles (19,1). Algunos Padres de la Iglesia, y posteriormente el arte, han visto en esta representación una insinuación de la Trinidad divina. Pero esta perspectiva teológica no es propia del Antiguo Testamento, aunque no es rechazable como lectura tipológica posterior. Es una «lectura» que ha plasmado en el arte, sobre todo, de las iglesias orientales cristianas, de forma magistral.

La hospitalidad
La escena del encuentro junto a la encina de Mambré es seductora, de una belleza plástica inmensa. Abrahán y Sara acogen a estos tres peregrinos en su casa. En un primer momento no son conscientes de que están hospedando en su hogar al Dios de la Biblia. La hospitalidad forma parte de la cultura del mundo de la Biblia. Y acoger al extraño se convierte, en muchas ocasiones, en acoger al Señor: «era forastero y me hospedasteis» (Mateo 25,35).

Inconscientemente, al menos a los que estamos mínimamente familiarizados con la Palabra de Dios, nos viene a la memoria la escena de la pareja de discípulos camino de Jerusalén a Emaús y el encuentro que tienen con Jesús resucitado (cf. Lucas 24,13-33). Ellos también, sin saberlo, acogen en su casa a Jesús, al Hijo de Dios: «Ellos insistieron con empeño, diciéndole (a Jesús): “quédate con nosotros, que es tarde y el día ya ha comenzado a declinar”. Y él entró para quedarse con ellos» (24,29). La acogida, la hospitalidad, la preocupación exquisita por el otro forma parte de la religiosidad bíblica.

Hospitalidad y oración
Solamente la persona que posee estas actitudes puede entrar en la forma de oración que hace nuestro padre Abrahán: el amor a Dios y al prójimo van siempre a la par. La plegaria auténtica forma parte de este equilibrio.

El castigo de Sodoma y Gomorra por su pecado grave de corrupción no tiene vuelta atrás, como se lo hace saber el Señor a Abrahán (Génesis 8,20). Es entonces cuando el patriarca, movido por un corazón misericordioso, intercede por estos dos pueblos. Y lo hace «regateando» con Dios, al mejor estilo oriental, utilizando la fuerza de la intercesión de los justos frente a una sociedad corrupta: «¿No perdonarás al lugar por los cincuenta justos que hay allí?...; ¿y si son cuarenta y cinco?...; supongamos que hay cuarenta…;  ¿y si hay treinta?...; mira he resuelto insistir todavía ante mi Señor, quizá se hallen allí veinte…; pero todavía añadió: no se enoje ahora mi Señor. Ésta es la última vez, quizá se hallen allí diez. Contestó (el Señor): “Por consideración a los diez no la destruiría”» (cf. Génesis 18,24-32).

Sólo en un corazón generoso cabe esta forma de oración. Abrahán confía plenamente en Dios: sabe que su amor misericordioso prevalece, sin invalidarla, sobre la justicia. Conoce al Señor. Por eso se dirige a Él con tanta libertad. La plegaria se convierte en diálogo, en diálogo amoroso y confiado. No pide nada para él ni para los suyos, pero tiene una preocupación y amor exquisitos por las personas concretas, por el mundo.

Para la oración
  • La narración bíblica nos sugiere una forma de oración poco convencional. Abrahán dialoga con Dios con plena confianza, con naturalidad, con el convencimiento de que el Señor siempre escucha… Su plegaria no está «encorsetada». 
  • Entiende el patriarca que las cosas pueden cambiar, que no estamos condenados a un destino fatal. La Historia humana y los acontecimientos diarios están en las manos de Dios. Esa convicción le lleva a suplicar con insistencia, con libertad, con esperanza y, sobre todo, con amor. Y con la convicción que Dios se puede valer de unos cuantos justos para salvar el mundo.
  • Pongamos en paralelo nuestra oración junto a la plegaria de nuestro padre en la fe Abrahán. ¿Trasluce la misma confianza? ¿Espero una respuesta de Dios con el mismo convencimiento?
  • ¿Soy capaz de utilizar un «regateo» similar en mi oración? Es decir, ¿hago mi plegaria insistente, machacona (no quiere decir pesada y repetitiva)… desde la convicción que Dios Padre-Madre siempre me escucha? Y más cuando nos ponemos «pesados». Dios nos ama con un amor infinito, entrañable, misericordioso. Y no puede negarnos nada que sea para nuestro bien o el de los otros, por los que rogamos.
  • ¿Mi oración nace de un corazón generoso? ¿Siempre tengo presentes las necesidades ajenas tanto o más que las mías propias?
  • ¿La imagen que tengo del Dios de la Biblia es la de Alguien justiciero o misericordioso? Consciente que la justicia no está reñida con el amor entrañable, sino que el segundo es la plenitud de la primera.
  • En mi vida concreta, cotidiana ¿qué es lo que priorizo en mis actos, en mi oración? Sólo quien practica la misericordia está en la órbita del Dios de Jesús.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 678 [2018} 8-10)

jueves, 6 de julio de 2017

¿Dónde está tu hermano?

Los orígenes
En el capítulo 4 del libro del Génesis leemos la historia de dos hermanos, Caín y Abel. 

Dos hermanos enfrentados. Las diferencias entre los dos son importantes, a pesar de que son presentados como mellizos: el primero es agricultor y el segundo pastor.

La relación de ambos con Dios no es simétrica, mientras la de uno es angustiosa, la del otro es pacífica; el carácter también los distingue, Caín resentido, Abel confiado…

Contexto
El intento de encontrar en la narración elementos históricos es una tarea ilusoria. 

Los trabajos agrícola o pastoril en el Paleolítico, y mucho menos anteriormente, son simplemente inexistentes, se han de esperar siglos para que aparezcan. 

El narrador bíblico está trasladando a los orígenes, al principio de la existencia humana, la situación contemporánea que la comunidad creyente a la que pertenece está viviendo: las relaciones entre dos grupos humanos, uno al que su pueblo pertenece, de origen nómada o seminómada, en la que el cuidado de los rebaños ha sido su forma habitual de vida; y, otro, el de los pobladores de la tierra donde actualmente habitan, de vida sedentaria y agrícola.

Enfrentamientos
Las dificultades, las contiendas, las guerras, la violencia… tienen su origen, ya estaban presentes en los orígenes de la Humanidad y continúan presentes en todas las etapas de la Historia. 

Esa es una de las enseñanzas que el autor bíblico quiere subrayar, y esa sí que es una verdad incuestionable. 

El hecho de situar esta narración inmediatamente después de la del primer pecado (Génesis 3), busca enfatizar que la ruptura con el plan original de Dios (primer pecado) lleva irremediablemente a un conflicto en las relaciones humanas, a la violencia de un ser humano contra otro.

Origen común
Aún más, el narrador nos quiere recordar el origen común de todos los humanos, hijos todos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. Caín y Abel son hermanos, diferentes, pero hermanos: hijos de Dios e hijos, también, de una pareja original (en Adán y Eva, todos somos hermanos, resalta el texto). Las diferencias étnicas, culturales, religiosas o de cualquier otro tipo no menoscaban esta fraternidad universal.

Pero las relaciones humanas, desde el pecado de los orígenes, son relaciones difíciles, en muchas ocasiones enfrentadas, violentas. 

El asesinato de Abel por su hermano Caín es paradigma de la violencia que con tanta frecuencia ejerce el ser humano contra otro ser humano.

Pregunta incisiva
La pregunta que dirige Dios a Caín, después de haber dado muerte a su hermano, sigue siendo actual, se sigue repitiendo a lo largo de la existencia humana de todos los tiempos y de todas las culturas: «¿Dónde está tu hermano?» (Génesis 4,9).

La respuesta del fratricida también es actual: «No sé, ¿soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?» (Génesis 4,9). No se siente responsable de su hermano, no le importa. No es capaz de admitir la responsabilidad de su pecado, de su crimen. Nunca le han importado las preocupaciones, las dificultades, la vida de su hermano Abel.

Justicia y misericordia
Pero el Dios de la Biblia es un Dios justo, sale en defensa del más débil, del pequeño, del que padece la injusticia de los otros. No es un dios ajeno a la existencia humana y sus dificultades y miserias. Y recuerda a Caín el mal inmenso que ha hecho. 

Y el mal no queda impune. Aunque, incluso en estas circunstancias, junto a la justicia divina siempre se hace presente su misericordia. Y no abandonará a Caín, a pesar de la gravedad de su crimen: «Y el Señor marcó a Caín, para que no lo matara quien lo encontrara.» (Génesis 4,15). 

Como afirma el salmista: «La palabra del Señor es recta, se mantiene fiel en todo lo que hace. Ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra» (Salmo 33,4-5).

Para la oración
  • Hemos de revisar, en la intimidad de la oración, la inseparable relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo, conscientes de que el olvido de uno de ellos nos lleva irremediablemente a la omisión del otro. Nos lo recuerdan los evangelios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.  Éste es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: Amarás al prójimo como a ti mismo. Estos dos preceptos sustentan la ley entera y los profetas» (Mateo 22,37-40). Dios es nuestro Padre, y el otro es mi hermano. 
  • Y, por tanto, la interpelación de Dios a Caín, también está dirigida personalmente a cada uno de nosotros. Dios se dirige a ti, preguntándote: «¿Dónde está tu hermano?».  
  • En cuantas ocasiones mi respuesta más o menos explícita se parece a la de Caín: «No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?». ¿Soy yo el que me tengo que preocupar de lo que le pasa a aquel o aquella?; ya tengo yo suficientes problemas. A mi me importa lo mío y lo que le pueda pasar a los míos; que cada cual resuelva sus asuntos.    
  • Nos hemos vuelto, con mucha frecuencia, insensibles al sufrimiento humano. Los medios de comunicación ayudan a esta actitud de indiferencia, también a los que nos llamamos cristianos. Vemos situaciones desgarradoras de injusticias, de guerras, de violencia en televisión mientras comemos o cenamos y ni nos inmutamos. «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?».
Pero la pregunta del Dios de la Biblia nos sigue interpelando: «¿Dónde está tu hermano?».

Javier Velasco-Arias 
(Publicado en: Lluvia de rosas 675 [2017] 9-11)

jueves, 25 de mayo de 2017

Sagrado y misericordioso corazón de Jesús

Hace no demasiados años todos teníamos en la pared de la cabecera de la cama una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Algunas de esas imágenes estaban más logradas que otras y las había, cabe reconocerlo, algunas “muy mejorables”.

Abro un paréntesis para decir que cuando decimos que una imagen de Jesús o de María es fea se ha de entender, lógicamente, que nos referimos no a lo que representa sino a como lo representa, es decir, al arte o falta de él que ha tenido el artista o el bienintencionado pero muy poco artista. Aclarado queda.

Pues bien, lo más importante de esas imágenes era que nos representaba a Jesucristo, Hijo de Dios, con corazón de hombre.
Cuando en la Biblia se habla del corazón nos referimos no solo a la válvula que nos permite vivir porque bombea la sangre, ni tampoco solo al corazón que se enamora y ama a otra persona, sino también del lugar simbólico donde se toman las grandes decisiones y, también, el lugar de acogida al débil y necesitado, al pequeño o al diferente. Así pues, cuando de alguien decimos que “no tiene corazón” no nos referimos a que no posea la válvula, o cuando hablamos del Corazón de Jesús no lo hacemos refiriéndonos a lo que le bombea la sangre.

Esa realidad del Corazón de Jesús, tradicionalmente se ha designado precedida de la expresión “Sagrado”. No quisiera yo menoscabar para nada que Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios verdadero, es Santo y Sagrado todo Él y, por tanto, también su corazón. Pero, me atrevo a completar esa denominación con el adjetivo “misericordioso” porque, sin duda, tras el Año de la Misericordia y, en especial, después de toda la predicación que de ello nos ha ofrecido el Papa Francisco, creo que así se completa de manera necesaria la comprensión de qué es el Sagrado y Misericordioso Corazón de Jesús.

Un Corazón que ama, perdona y se compadece. Recordemos como siente y actúa ese Corazón ante la multitud de personas que le han seguido para escucharles. Jesús había aprendido de su Madre el “no tienen vino”, es decir, el fijarse en qué es necesario y, sobre todo, en quién está necesitado. Así, ahora, Jesús se fija en que “no tienen pan” y desde su mirada compasiva, como hizo al convertir el agua en vino, ahora convierte lo poco en mucho. Porque el Sagrado y Misericordioso Corazón de Jesús es un lugar de acogida generosa.

Quique Fernández

jueves, 20 de octubre de 2016

Sinaí, nuevas oportunidades

Moisés, el patriarca y liberador, no fue profeta en su tierra, o mejor dicho entre su pueblo. Acaba de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y el pueblo le echa en cara una y otra vez las dificultades del camino, un camino que es desierto. Tanto es el desagradecimiento del pueblo a Dios y a Moisés que llegan a decir:

«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea.» (Ex 16, 13).

Aún peor será la rebeldía e infidelidad a Dios ante la impaciencia por la tardanza de Moisés en el Sinaí. Se harán su propio “dios”, el becerro de oro, y darán vía libre a sus apetencias más egoístas.
Pero tanto en el desierto como en el Sinaí, Dios va a mostrar que cuando dijo que liberaría a su pueblo, se refería tanto a la liberación del opresor externo como a la esclavitud del egoísmo. Y Dios va a tener mucha, mucha, mucha paciencia con un pueblo “quejica”, desagradecido, rebelde, infiel. Lo va a hacer con mucha paciencia y con mucha misericordia, otorgándoles una oportunidad detrás de otra.

Quizá el culmen de esta misericordia se visualiza en perdonar la idolatría del becerro de oro y volver a conceder por segunda vez sus “Diez palabras” de felicidad y salvación. Pensemos que el pecado del becerro de oro es mucho más de lo que se ve. El gran pecado no es otorgarle una importancia cultual desmedida al becerro. No, el pecado más grande no está en el becerro mismo. El pecado más grave es el abandono que se hace de Dios, el empujón que se le da para que salga de sus vidas. Así, lo más grave no será el desenfreno sino la desesperanza que lleva a la traición y la traición que lleva a la desesperanza. Y por tanto, el pecado más grave que Dios perdonará generoso desde su misericordia es un pecado contra el mismo Dios.

Este capítulo de la historia de la salvación me recuerda a otro muy conocido. Al igual que con la liberación de Egipto, también en la entrada de Jesús a Jerusalén se desbordó la alegría. Una multitud clamando “Hosanna”. Pero de esa alegría, en pocos días, pasamos a momentos tristes y difíciles. Han prendido a Jesús, Pilato pregunta y muchos gritan “crucifícale”.

En algunas meditaciones se cuestiona como los que decían “Hosanna” pueden al poco decir “crucifícale”. Yo nunca he pensado que fuesen los mismos. En Jerusalén, en Pascua, había gente suficiente para lo uno y para lo otro. Lo que yo sí me pregunto es dónde estaban los primeros, los del “Hosanna” cuando los segundos gritaban “crucifícale”. ¿Dónde estaban? Seguramente les pasó lo mismo que en el desierto y el Sinaí. La desesperanza les llevó a la traición del abandono.

Y también en esta ocasión Dios va a perdonar lleno de misericordia ese abandono. Lo va a hacer por todo lo grande. Si en Sinaí volvió a regalar sus “Diez palabras”, aquí la segunda oportunidad será su Palabra resucitada. Jesús, el Hijo de Dios, que ha sido abandonado en el pretorio, vuelve a la vida y da una segunda oportunidad. Este es el acto más misericorde de Dios hacia nosotros. 
Dios nos lo perdona todo. Estos días de violencia salvaje contra los cristianos nos podemos preguntar ¿vamos a perdonar?

Quique Fernández

lunes, 3 de octubre de 2016

Año jubilar en la Biblia

Los textos principales sobre el Año Jubilar en la Biblia los encontramos en las prescripciones del Levítico, formando parte del llamado «Código de santidad». Es una conmemoración que se celebraba cada cincuenta años, y parte de la convicción de que todo pertenece a Dios, al Dios Santo, al que deben servir en santidad todos los miembros del Pueblo de Dios.

Haz el cómputo de siete semanas de años, siete por siete, o sea, cuarenta y nueve años.
A toque de trompeta darás un bando por todo el país, el día diez del séptimo mes. El día de la expiación haréis resonar la trompeta por todo vuestro país.
Santificaréis el año cincuenta y promulgaréis la liberación en el país para todos sus moradores. Celebraréis jubileo, cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia.
El año cincuenta es para vosotros jubilar, no sembraréis, ni segaréis lo que brotó espontáneamente, ni vendimiaréis las viñas no cultivadas.
Porque es jubileo, lo considerarás sagrado. Comeréis de la cosecha de vuestros campos.  En este año jubilar cada uno recobrará su propiedad (Lv 25,8-13).

Es un año santo, un año del perdón (dado y recibido: se iniciaba después de la celebración del «Día del perdón», anunciado al toque del cuerno o trompeta, para que todo el pueblo fuese consciente de que debía ponerse en paz con el prójimo, para poder participar del perdón divino); un año de alegría, de júbilo; un año de redistribución de las tierras y de las riquezas (todo pertenece a Dios, el ser humano sólo es  administrador, usufructuario); un año de la libertad (nadie es esclavo ni dueño de nadie), de la justicia social; un año de respeto por la tierra, por todo lo creado (hoy diríamos una celebración ecológica)…

Unos fundamentos bíblicos a tener en cuenta en la celebración de nuestros años jubilares y, en concreto, del Año jubilar de la Misericordia que estamos celebrando. No es cuestión de «ganar» unas indulgencias (y menos si estas no se viven en referencia al perdón gratuito de Dios, un perdón que estamos llamados a practicar), ni de vivir una religiosidad del mérito: las gracias (o indulgencias) que recibimos (no que ganamos) son un don de Dios, un regalo divino. Exigen, lógicamente, nuestra respuesta desde la libertad; pero la respuesta es siempre aceptación de la gratuidad.

No podemos olvidar tampoco los componentes de liberación, de justicia social, de redistribución de las riquezas, de una sana y necesaria ecología…, siempre desde la perspectiva de un Dios misericordioso, al que debería corresponder un Pueblo de Dios misericordioso.

El papa Francisco invita a tomarnos en serio estas actitudes irrenunciables en un Año jubilar de la Misericordia, al estilo de la Palabra de Dios:


En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de  tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo (MV 15).

Javier Velasco-Arias

jueves, 22 de septiembre de 2016

«He visto sufrir a mi pueblo. Voy a liberarlo» (Ex 3, 7-8)

El Pueblo de Israel había encontrado en Egipto una tabla de salvación para la hambruna que padecía en su tierra. No tuvo que resultar fácil abandonar esa tierra que formaba parte profunda de su identidad, pero al final tuvo que aceptar lo inevitable.


En Egipto tuvo años de prosperidad. Los hijos del Pueblo de Israel se multiplicaron de tal forma que el faraón se asustó porque le estaban “hebraizando” su país. Y, a partir de ahí, empezó a oprimir y esclavizar a los israelitas, incluso matando a los hijos varones al nacer.

Dios Padre que ama a sus hijos y, de una manera más especial a los más débiles, se encuentra con Moisés y le dice: “He visto sufrir a mi pueblo”.

Una vez más, como también lo fue al evitar el sacrificio de Isaac, Dios en el Antiguo Testamento se presenta como el Dios de la Vida, de la Misericordia, cercano y preocupado por sus hijos.

Y remata la frase con la clara y contundente expresión “voy a liberarlo”. Dios no se conforma con la lástima. En más de una ocasión he oído a personas decir, ante reportajes televisivos de niños muriendo de hambre, “pobrecitos estos niños, pero estos programas no deberían darlos a la hora de la comida (o cena)”. Dios no se queda en la lástima, Dios se compromete. Su misericordia no es tan solo un sustantivo, es un verbo que surge de un Amor que se dona a sí mismo.

De este capítulo de la historia del Pueblo de Israel, prefiguración de lo que hoy es la Iglesia, el Pueblo de Dios que camina en la historia, debemos aprender.

Si nos repele esa malévola actitud del faraón ante su miedo a la “hebraización” de Egipto, nos deberá repulsar igualmente cualquier comentario del tipo “nos están islamizando” o “primero para los de aquí” para excusar nuestra falta de misericordia.

Como entonces, hay pueblos que han de abandonar su tierra, con el profundo dolor de quien lo deja todo, buscando una manera de sobrevivir. Lo que hicieron los israelitas y lo que haríamos cualquiera de nosotros para dar de comer a nuestros hijos.

No cabe pues, ni elevar muros (o rejas) en lugar de tender puentes (tal como ha dicho el Papa Francisco) ni pretender que el origen de las personas les pueda convertir en ciudadanos de segunda.

El “voy a liberarlo” está en la misma dinámica que las palabras de Jesús de Nazaret: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.


Quique Fernández

jueves, 15 de septiembre de 2016

Abraham e Isaac: un ejercicio de misericordia

Para empezar, una invitación a hacer un sencillo ejercicio. Todos conocemos el relato de cómo Abraham casi sacrifica a su hijo Isaac. Hacemos un poco de memoria de lo que recordamos y… ¿cuál es el ejercicio? Como ya he dicho, es bien sencillo. Toma una hoja de papel y un lápiz, y dibuja en una sola viñeta la imagen que te suscita ese relato.

Me atrevo a predecir que mayoritariamente los dibujos nos van a mostrar a Abraham con el cuchillo en la mano levantada sobre Isaac. Especialmente, si lo hicieran niños y adolescentes, van a destacar por su tamaño el cuchillo. El cuchillo, a veces incluso transformado en espada, se convierte en protagonista destacado.

Es posible que algunos de nosotros, menos peliculeros, remarquemos la cara de dolor de Abraham o la pequeñez e inocencia de Isaac.

Ahora, permitidme que recordemos el texto bíblico:

Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Dijo Isaac a su padre Abraham: "¡Padre!" Respondió: "¿qué hay, hijo?" — "Aquí está el fuego y la leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?" Dijo Abraham: "Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío." Y siguieron andando los dos juntos. Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Entonces le llamó el Ángel del Señor desde los cielos diciendo: ¡Abraham, Abraham!" Él dijo: "Heme aquí." Dijo el Ángel: "No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único." Levantó Abraham los ojos, miró y vio un cordero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el cordero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo. (Gn 22, 6-13)

En una segunda fase de este ejercicio nos fijamos más y mejor en el relato que, ahora sí, tenemos delante y podemos leer y releer. Incluso nos puede facilitar la labor de comprensión el que se nos desvele una clave: se trata de dejar de fijarse tanto, casi en exclusiva, en los detalles más tristes (el cuchillo, el sufrimiento de Abraham, el peligro sobre Isaac) para fijarnos en los aspectos más positivos. Entonces… se obra el milagro y junto a nuestra sonrisa aparece el Ángel del Señor defendiendo la vida de Isaac, aparece Dios mismo que es el Dios de la Vida y aparece el cordero que representa a Jesucristo que ocupa nuestro lugar en la Cruz para entregar su vida por nosotros.

Descubrimos que muchas veces nos quedamos solo con los aspectos negativos de las cuestiones. Esa parcialidad negativa nos impide ver los otros aspectos más positivos. Eso nos pasa como lectores y también como autores (de comentarios, de entradas de blogs…). Y así se va creando una “marea negra” que lo invade todo: que si el Papa, mi obispo, mi párroco, aquel sacerdote… que si esto ya no se hace como antes… que si aquellos son muy malos… Cuantas veces al leer ciertos escritos hipercríticos con la Iglesia y el Papa me viene al recuerdo aquel apelativo de Juan XXII, “Profetas de calamidades”.

No nos quedemos solo con mirar la espada, de la justicia o de la venganza, fijémonos en la voz de Dios, por medio del ángel, que es amor y misericordia.

Acabamos este ejercicio maravillándonos de cómo cambia nuestra lectura y comprensión de este relato (y de otros tantos en el Antiguo Testamento) cuando buscamos al Dios de la Vida, y, por tanto, cabe preguntarse ¿cómo es mi lectura de la Biblia? y ¿cómo es mi mirada hacia el hermano?

Quique Fernández


jueves, 25 de agosto de 2016

El Dios de la vida, Génesis 1-11

La imagen que nos sugieren los primeros capítulos de la Biblia es la de un Dios que crea todas las cosas por amor. El amor auténtico es siempre propagativo, comunicativo, necesita compartirse… Dios, todo amor, desea comunicarlo a toda la Creación, con predilección al ser humano.
El Dios de la Biblia es un Dios de la vida, que encarga al ser humano, la criatura más querida de todas, la continuidad, el cuidado, la conservación de todo lo creado. La responsabilidad del equilibrio ecológico –utilizando el lenguaje actual– es encomendada a la Humanidad, a cada mujer y a cada hombre.
Los relatos de la Creación que leemos en el libro del Génesis corresponden probablemente a tradiciones de las más antiguas que encontramos en la Biblia Hebrea, en el Antiguo Testamento. Y, más importante, la noción que el pueblo israelita tiene de un Dios Creador no tiene correspondencia con la de otras culturas circundantes; aunque utilice, con frecuencia, imágenes y mitos comunes: un Dios que entra en diálogo amoroso con el ser humano, que tiene una exquisita preocupación de que sea feliz, que quiere compartir su amistad con él. Las narraciones del primer texto de la Biblia nos hablan de paz, armonía, orden, equilibrio, amor…
La Creación es el inicio del diálogo amoroso entre Dios y el ser humano. Toda la obra creadora, tanto en la narración sacerdotal (Gn 1,1-2,4a), como en la probablemente más antigua yahvista (Gn 2,4b-25), nos presenta a la persona humana como el centro de dicho acto, la razón última.
La imagen que nos proporcionará la Biblia sobre la Creación es la de un Dios que ha hecho todas las cosas con bondad y belleza, de manera que cualquier referencia a la Creación, al origen, participará de esa bondad y belleza original. En seis ocasiones encontraremos la exclamación: «y vio Dios que era bueno» como postilla de cada día de la Creación (Gn 1,4.10.12.18.21.25); y culmina con una séptima que plenifica y completa los anteriores: «y vio Dios que todo era muy bueno», después de la creación del ser humano, hombre y mujer (Gn 1,31).
El mal, la violencia, la muerte no están en el inicio de la obra creadora; serán la consecuencia de apartarse de ese plan original de Dios. Las posteriores narraciones del primer pecado, del asesinato de Abel por su hermano Caín, el mal generalizado que lleva al diluvio, son consecuencias de abandonar el plan amoroso y original de Dios. El pecado, el mal, la infelicidad, las discordias, las divisiones, los odios, la violencia… tienen como única causa la infidelidad al plan primigenio de Dios.
La protohistoria que nos narra los once primeros capítulos de la Biblia es un canto al amor, a la paz, al equilibrio ecológico, a la ausencia de violencia, a la felicidad humana. No intenta responder a cómo surgió el universo o la vida en el mundo o el ser humano; esas respuestas corresponden a la ciencia. Sí, por contraposición, responden a ¿Quién (con mayúscula) está detrás de cada uno de estos acontecimientos?; ¿porqué y para qué son creadas todas las cosas?; ¿cuál es el papel del ser humano en el mundo y con respecto a todo lo creado?; ¿cuál es el plan original de Dios para el Universo y para la Humanidad?. Las respuestas a estas últimas preguntas nos llevan a descubrir un Dios misericordioso, entrañable, todo amor, desde las primeras páginas de las Escrituras sagradas.
Javier Velasco-Arias

miércoles, 3 de agosto de 2016

Justicia y misericordia divina en el Antiguo Testamento

La Asociación Bíblica Española celebra este año sus XXVII Jornadas en Ávila, del 29 de agosto al 1 de septiembre de 2016.

El lema de este año es Justicia y misericordia divina en el Antiguo Testamento.

Los ponentes serán la prof. Núria Calduch-Benages (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica), el prof. Enrique Sanz (Universidad Pontificia de Comillas, Madrid) y el prof. Eleuterio-Ramón Ruíz (Pontificia Universidad Católica de Argentina y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica).

Junto a las tres grandes ponencias podremos disfrutar de diversas comunicaciones en los diferentes seminarios de la asociación: Antiguo Testamento, Orígenes del Cristianismo, Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento, Biblia y Pastoral, y Biblia y Antiguo Oriente.

Nos hacemos eco especial del de Biblia y Pastoral, del que formamos parte. En esta ocasión presentamos dos comunicaciones:

* Pedro BARRADO: La Palabra de Dios, fuente de la Evangelización. IX Asamblea Plenaria de la FEBIC.
La Federación Bíblica Católica (FEBIC) celebró en junio del año pasado su IX Asamblea Plenaria. Aparte de los asuntos administrativos típicos para este tipo de encuentros — aprobación de estatutos, presentación de informes y elección del nuevo Comité Ejecutivo— gran parte del tiempo se dedicó a la reflexión acerca del tema «La Sagrada Escritura: fuente de evangelización». Frutos de esta reflexión fueron implementados en el Plan de Acción 2016–2019 aprobado por los representantes de 100 Conferencias Episcopales y 225 otras instituciones afiliadas a la FEBIC. En esta comunicación presentaremos brevemente la historia e identidad de la FEBIC y analizaremos más detenidamente los principales puntos del Plan de Acción que marcará la actividad bíblica en la Iglesia Católica en los próximos 6 años.

* Javier VELASCO-ARIAS: El Año Jubilar de la Misericordia y la Animación Bíblica de la Pastoral. 
La celebración del Jubileo de la Misericordia ha abierto un sinfín de posibilidades de constatar y compartir los numerosos textos de la Sagrada Escritura que nos presentan a un Dios misericordioso, así como las constantes llamadas a vivir la misericordia en la vida cotidiana del Pueblo de Dios. Las conferencias, charlas, mesas redondas, seminarios, artículos, libros, etc. se han multiplicado y han posibilitado una importante labor de animación bíblica de la pastoral inimaginable. Presentaremos un elenco de dichas actividades y de las posibilidades de que el mensaje bíblico de este Año Jubilar llegue al mayor número de personas posibles.

Toda la información sobre las Jornadas en la página de la ABE:
http://www.abe.org.es/

miércoles, 20 de julio de 2016

Biblia y misericordia: ¿cómo es tu Dios?

“Ya no se trata solo de si creemos o no creemos en Dios sino de cómo es el Dios en que creemos”.

Esta acertadísima frase nos va a servir de inicio de recorrido en esta nueva entrega de la serie que hemos iniciado sobre Biblia y misericordia. Me parece que esta cuestión es muy necesaria como puente antes de entrar de lleno en el Antiguo Testamento.

A poco que conozcamos el catecismo sabemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Pero a poco que conozcamos cómo somos los seres humanos, individual y grupalmente, sabemos que acostumbramos a darle la vuelta a esta frase y… somos capaces de “crear un dios” a nuestra imagen y semejanza que, triste pero evidentemente, no es para nada el Dios cristiano.

Si nosotros somos insolidarios, rencorosos y vengativos, “nuestro dios”, creado a nuestra imagen y semejanza, va ser igual de insolidario, rencoroso y vengativo. Y si ese “nuestro dios” es así, nuestra religiosidad y pseudo-espiritualidad también lo será así.

Además, esa religiosidad no solo será así, sino que ante cualquier crítica respecto de cómo es, podremos mantenernos impasibles en nuestro error ya que nos sentimos legitimados por “nuestro dios”. Si “mi dios” es así, ¿por qué no habré de serlo yo?

Como vemos, de un error inicial se ha creado una dinámica, diríamos un bucle, de difícil salida ya que se va retroalimentando a sí mismo. Para algunos, casi de nada servirá, pues, que la Palabra de Dios, la doctrina de la Iglesia y cada una de las alocuciones del Papa se dirijan a todos los cristianos en clave de misericordia. Dirán que eso es “flojera” pacifista o que el progresismo se ha adueñado de la Iglesia y del Papa. Lo que sea, con tal de mantenerse fieles a la imagen que ellos se han creado de Dios, fieles a “su dios”.

No es, por tanto, difícil de explicar que desde una religiosidad construida desde “mi dios”, sea posible sostener salvajadas como las siguientes que a continuación señalaré:

- “Si te portas mal Dios no te querrá”. Esa es la mentira más grande que se puede decir a un niño. Dios todopoderoso hay algo que no puede: dejar de amar!!! Dios ama y ama y ama más y sigue amando y no para de amar. Si Dios no ama, entonces no es Dios.

- “Si haces eso Dios te va a castigar”. Otra mentira enorme. Con esta se ha hecho a Dios culpable de inundaciones, terremotos, enfermedades... incluso al sida se le consideró un castigo de Dios. Ese “dios sádico” no es, ni se le parece lo más mínimo, el Dios de Jesús y su Iglesia.

- “Si has hecho eso no tienes perdón de Dios”. Una mentira más. Dios perdona siempre al que quiere ser perdonado. Recuerdo una viñeta que decía que el oficio de Dios es perdonar. Ama siempre y perdona siempre porque su Misericordia es infinita.

Y podríamos seguir con diferentes modalidades que dan vueltas a lo mismo… En cambio, como se transforma todo si mi mi fe, mi religiosidad y espiritualidad, se construyen a partir del Dios rico en Misericordia, de Dios que ama y perdona siempre, de Dios “locamente” enamorado de sus hijos.

Que no te den gato por liebre. Fíjate bien, en las webs, blogs y comentarios en general, como es el Dios del que hablan, que cristianismo es el que transpiran, como van de misericordia. No te confundas, esa idea de que las cosas de fe requieren ser muy rigurosos es muy poco cristiana. Dice la Palabra de Dios: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Oseas 6, 6 / Mt 9, 13). Y acaba de decir el Papa Francisco: ”La rigidez clerical cierra los corazones, y ha hecho mucho mal”.

¿Sabes cuál es el peor mal que ha hecho esa rigidez? Hemos convertido a muchos de nuestros hermanos alejados, incluso equivocados, en enemigos y, por nuestra culpa, ellos han entendido que “nuestro dios” era su enemigo. Es gravísimo utilizar a Dios, a las cosas de Dios, como pedrada contra el contrario.

Quique Fernández

miércoles, 13 de julio de 2016

La misericordia en la Biblia

Estamos en plena celebración del Año Jubilar de la Misericordia. Una iniciativa del actual papa Francisco que ha querido que toda la Cristiandad participe de este evento y de esta actitud de profundas raíces bíblicas.

El Diccionario de la Real Academia Española, define la «misericordia», en su primera acepción, como: Virtud que inclina al ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos. Implica, por tanto, estar atento a las miserias humanas, padecer con quien las sufre, implicarse en acabar con ellas.

La Sagrada Escritura nos muestra a un Dios que es misericordia. El papa Francisco, en la Bula de convocatoria del Jubileo de la misericordia, presenta al Dios de la Biblia como un Dios cuyo nombre, cuya atributo más significativo es la misericordia: El Padre, «rico en misericordia» (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina (Bula Misericordiae vultus, n. 1).

Las expresiones que encontraremos en el Antiguo Testamento para hablar del amor misericordioso de Dios son diversas y nos van dibujando su rostro amoroso:

a) Misericordia (hesed): es una palabra que indica misericordia, clemencia, compasión; pero, también lealtad, amor fiel. Los textos bíblicos que mencionan el amor misericordioso de Dios son frecuentes, de una manera especial en el libro de los Salmos: (El Señor) ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra. (Salmo 33,5). La misericordia divina es inmensa, inconmensurable, universal, lo llena todo.

b) Amor entrañable (rahamim): esta expresión está emparentada semánticamente con el «útero materno» (rehem). Y es que el amor de Dios es presentado como un amor íntimo, entrañable, maternal. La Palabra de Dios nos describe una forma de amor que hunde sus raíces en la forma de amar que una buena madre tiene al hijo que lleva en sus entrañas. El amor de Dios funciona así: Él es amor entrañable (Salmo 78,38); Pero tú, Señor, Dios entrañable y piadoso, paciente, misericordioso y fiel (Salmo 86,15).

c) Amor auténtico, verdadero (emet): el amor de Dios es incuestionoble, cierto, fidedigno. El Dios de la Biblia no puede dejar de ser fiel a su Palabra.Tú (Dios nuestro) has sido justo en todo lo que nos ha acontecido; tú has sido fiel (emet: leal, verdadero), y nosotros inicuos. (Nehemías 9,33). Dios es siempre justo, su amor es fiel en todo momento, no ocurre igual entre sus fieles, en el Pueblo de Dios que no guarda en muchas ocasiones la fidelidad a que se ha comprometido.

La historia de Israel, del Pueblo de Dios, es una constante experiencia del amor de Dios. Un Dios entrañable, misericordioso, fiel, autentico. Un Dios que tiene un cuidado exquisito de sus fieles, de toda la Humanidad. Un Dios cuyo nombre es misericordia, amor entrañable, donación ilimitada.


En sucesivos artículos iremos desarrollando cómo se manifiesta este amor misericordioso en distintos pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Javier Velasco-Arias

miércoles, 10 de febrero de 2016

Emigrantes y refugiados en el Antiguo Testamento

El pueblo de Israel tiene conciencia de su pasado de inmigrante, de cómo sus antepasados llegaron a Palestina desde esta condición.

Mi padre era un arameo errante: bajó a Egipto y residió allí con unas pocas personas; allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso. (Dt 26,5).

El origen del Pueblo de Dios es nómada: un pueblo que va de un sitio a otro. Un pueblo que ha vivido como emigrante en Egipto.

La experiencia del pueblo, su memoria está en la base de toda la legislación positiva, a favor del emigrante y del extranjero.

Moisés accedió a vivir con él (con Jetró), y éste le dio a su hija Séfora por esposa.
Ella dio a luz un niño y Moisés lo llamó Guersón, diciendo: «Soy un emigrante en tierra extranjera.» (Ex 2,21-22).

La expresión גֵּר tiene el sentido de emigrante, extranjero, forastero, etc.

Un diccionario bíblico lo define: «es un hombre que, ya sea solo o con su familia, deja su pueblo y tribu, a causa de la guerra (2Sam 4,3), hambre (Rut 1,1), la peste, […] y busca refugio y estancia en otro lugar, donde su derecho a la propiedad de la tierra, para casarse, y para participar en la administración de justicia, en el culto, y en la guerra es reducido…» (Holladay Hebrew lexicon, 1637).

El Señor dijo a Abrán: Tienes que saber que tu descendencia vivirá como forastera (extranjera, inmigrante) en tierra ajena, tendrá que servir y sufrir opresión durante cuatrocientos años (Gn 15,13).

Desde esta experiencia, Israel entenderá que debe acoger al emigrante, practicar la hospitalidad con el extranjero. Porque ellos fueron inmigrantes en Egipto, porque el pueblo sigue siendo emigrante en la tierra prometida.

«Mía es la tierra y en mi tierra sois extranjeros»: en Canaán. La conciencia de ser nómada es tan fundamental para Israel que se acordará siempre de que es un emigrante con residencia en un país que no es el suyo. La Torah lo proclama: «Sí, la tierra es mía. Y vosotros emigrantes y residentes en mi tierra» (Lv 25,33). Lo recuerda el salmista: «Yo soy huésped tuyo, forastero como todos mis padres» (Sal 39,13). Y el cronista pone en labios de David una confesión semejante: «Sí, somos emigrantes y extranjeros, igual que nuestros padres» (1Cr 29,15).
Así pues, en Canaán Israel no está en su tierra. Es como si Dios le otorgase permanentemente derecho de asilo en ella. Para que no codicie, se le convida a no retener ese don para él solo, sino hacer participantes a otros de sus frutos. Este es el  sentido de las primicias para los pobres y los emigrantes. La memoria que Israel conserva de su estatuto originario de emigrante.
(André Wénin, Israël, étranger et migrant. Réflexions à propos de l’immigré dans la Bible, Mélanges de Science Religieuse 52 [1995] 281-299).

La acogida al emigrante se convertirá en un mandato divino, en una norma ética: «Amaréis al inmigrante, porque inmigrantes fuisteis en Egipto» (Dt 10,19).

Una y otra vez, las diferentes normativas justifican la protección y la defensa de los derechos del emigrante a partir de la experiencia de sufrimiento y liberación del pueblo. La protección de los derechos del ger parte de la memoria histórica de Israel: el pueblo debe convivir con el emigrante de modo que no se vuelva a repetir la injusticia.
(Lidia Rodríguez, «La memoria, fundamento de la acogida al emigrante», en Carlos Gil (coord.), El inmigrante en la Biblia (Reseña Bíblica 46), Estella: Verbo Divino 2005, p. 16).

Los textos bíblicos son abundantes:

Maldición, plegaria, norma moral… todo converge para expresar la importancia de los derechos del emigrante, junto con el de otros colectivos desfavorecidos.

¡Maldito quien defraude de sus derechos al inmigrante, al huérfano o a la viuda! Y el pueblo a una responderá: ¡Amén! (Dt 27,19).

El recuerdo, la memoria como argumento del «mandamiento» que prohíbe tratar mal, rechazar al emigrante.

No oprimirás al inmigrante; también vosotros sabéis lo que es ser inmigrante, pues inmigrantes fuisteis en tierra de Egipto. (Ex 23,9).

El inmigrante también es sujeto de derechos, incluido el descanso sabático

Durante seis días trabajarás, pero el séptimo día descansarás, para que reposen […] y se repongan el hijo de tu esclava y el inmigrante. (Ex 23,12).

El inmigrante tiene derecho a un salario justo, en situación similar al trabajador israelita. Nadie debe defraudar, explotar, engañar, negar sus derechos… al inmigrante. Es Dios mismo el garante. Quien no actúe así será reo de la justicia divina.

No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, ya sea hermano tuyo o inmigrante que vive en tu tierra, en tu ciudad; cada jornada le darás su jornal, antes de que el sol se ponga, porque pasa necesidad y está pendiente del salario. Si no, apelará al Señor, y tú serás culpable.
No defraudarás el derecho del inmigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las ropas de la viuda (Dt 24,14-15.17).

El mandamiento del amor incluye al inmigrante: es un igual.

Amaréis al inmigrante, porque inmigrantes fuisteis en Egipto (Dt 10,19).

Tienen los mismos derechos los inmigrantes que los hijos de Israel, incluido el derecho a la propiedad, el derecho a la herencia, etc.

Cuando un inmigrante se establezca con vosotros en vuestro país, no lo oprimiréis. Será para vosotros como uno de vosotros, de vuestro pueblo: lo amarás como a ti mismo, porque vosotros fuisteis inmigrantes en Egipto. Yo soy el Señor, vuestro Dios. (Lv 19,33).

El Dios de Israel es el Dios Universal: Él es el Padre de todos, sin excepción.

Ésta es la tierra que os repartiréis las doce tribus de Israel. Os la repartiréis a suerte como propiedad hereditaria, incluyendo a los inmigrantes residentes entre vosotros que hayan tenido hijos en vuestro país. Serán para vosotros como si hubieran nacido en Israel. Entrarán en la distribución con las tribus de Israel.
A los inmigrantes les daréis su propiedad hereditaria en el territorio de la tribu donde residan -oráculo del Señor Dios-. (Ez 47,21-23).

La hospitalidad hacia el extranjero, el emigrante, es vista como un acto de virtud, como una actitud que todo buen israelita debe practicar.

¡Lo juro! Cuando los hombres de mi campamento dijeron: ojalá nos dejen saciarnos de su carne, el forastero no tuvo que dormir en la calle, porque yo abrí mis puertas al caminante. (Job 31,31-32).

Cualquier discriminación, toda injusticia, un trato desigual al inmigrante es visto en la Biblia como algo contrario a la voluntad de Dios. El extranjero, el refugiado, el que ha de huir de su país de origen por diversas circunstancias ha de ser acogido, tratado como un igual, considerado un hermano. Éste es el mensaje de la Palabra de Dios.

Javier Velasco-Arias