jueves, 26 de julio de 2018

Los abuelos de Jesús

Hoy, 26 de julio, es el santo de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, patrones de todos los abuelos y abuelas.

«Y, al día siguiente (Joaquín) presentó sus ofrendas, diciendo entre sí de esta manera: Si el Señor Dios me es propicio, me concederá ver el disco de oro del Gran Sacerdote. Y, una vez hubo presentado sus ofrendas, fijó su mirada en el disco del Gran Sacerdote, cuando éste subía al altar, y no notó mancha alguna en sí mismo. Y Joaquín dijo: "Ahora sé que el Señor me es propicio, y que me ha perdonado todos mis pecados. Y salió justificado del templo del Señor, y volvió a su casa".
Y los meses de Ana se cumplieron, y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: "¿Qué he parido?". La partera contestó: "Una niña". Y Ana repuso: "Mi alma se ha glorificado en este día". Y acostó a la niña en su cama. Y, transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña, y la llamó María.»
(Protoevangelio de Santiago [apócrifo] V,1-2)

lunes, 16 de julio de 2018

Lectura creyente de la Palabra de Dios

La diócesis de Santander vive su vigésimo tercer año en lo que respecta a la animación bíblica. Desde su inicio se ha hecho un largo y fructífero camino en torno a la luz de la Palabra de Dios.

Todo comenzó con la preparación al Año Jubilar 2000. Tres años antes, surgió la pregunta en el seno del Consejo Presbiteral: ¿Qué ha de significar evangelizar en el 2000, en esta Iglesia diocesana? La respuesta fue que había que acercar el evangelio al pueblo de Dios. Y esto había que realizarlo de forma fácil y comprensible, en tono existencial, hasta percibir su incidencia en la vida habitual de los creyentes.

El entonces obispo de Santander, D. José Vilaplana, encargó a la Casa de la Biblia, en la persona de su director, D. Santiago Guijarro, la preparación de un material que respondiera a esta inquietud. La idea era poder leer cada año un libro de la Biblia. Se llevaron a cabo unas jornadas de preparación para designar los animadores de grupos (a los que se les preparaba de forma sencilla) Y se hizo la convocatoria general en las parroquias. La respuesta para la formación de grupos fue numerosa, no menos de cuatro mil. Y se pusieron en funcionamiento los grupos en reuniones semanales o quincenales. Desde entonces se ha hecho un largo recorrido tanto por el Nuevo como por el Antiguo Testamento, así como también se ha realizado los ciclos dominicales. En diversos años se han realizado también las llamadas Semanas Bíblicas en las parroquias, así como alguna peregrinación a Tierra Santa.

Su dinámica está inspirada en el esquema de la Lectio Divina. Se parte de la vida, lectura del texto con explicaciones, se interpreta desde la vida actual y se termina orando lo acogido. En este sentido, la clave no está en aprender grandes conocimientos bíblicos, sino en dejarse interpelar por la Palabra y desembocar en la conversión.

¿Valoración? Ha sido y es una de las experiencias pastorales más significativas de la vida de nuestra iglesia. Por la generación de grupos parroquiales, por la familiaridad con la Palabra de Dios, por su aportación al crecimiento de la fe, hasta culturalmente por su aportación a la lectura de personas que no leían, por el descubrimiento de lo que ahí había y se desconocía.
¿Claves importantes en su desarrollo? El que se estableciera como objetivo central y fundamental en el Plan Diocesano de Pastoral de aquellos años. Y también el que se constituyera el Servicio Bíblico Diocesano, dependiente de la Delegación de Catequesis, encargado de proponer, animar y ayudar en toda la dinámica del proceso.

La realidad actual es de alrededor de cien grupos diferentes de animación bíblica de la pastoral, que se reúnen asiduamente para compartir la Palabra de Dios.

Juan J. Valero Álvarez

viernes, 11 de mayo de 2018

Una historia ejemplar

A modo de novela
La «novela» ejemplar (si preferimos: novela histórica o historia novelada) de José o de «José y sus hermanos», ocupará una gran parte del libro del Génesis: del capítulo 37 al 50 (el final del libro), con dos paréntesis en los capítulos 38 y 49, en las que el narrador introduce dos historias menores, aunque sumamente curiosas (que no comentaremos en esta ocasión).

Un hijo predilecto
José es el hijo menor de Jacob (aún no ha nacido Benjamín) y el preferido de su padre, en una familia de once hermanos, de cuatro madres diferentes. La predilección paterna por José será motivo de envidias e intrigas entre los hermanos; además de él tener muy asumido su situación privilegiada que no duda en ostentar ante sus consanguíneos. Os invito a leer el texto íntegro, que nunca puede sustituir ningún comentario.

Envidia de los hermanos
Los hermanos deciden vengarse de José y alguno incluso no le importaría llegar hasta el asesinato fraticida. Al final, deciden vender a José como esclavo a unos mercaderes madianitas que lo llevarán a Egipto, donde se desarrollará la mayor parte de la historia que nos ocupa. Y los hermanos hacen creer a su padre que ha fallecido, devorado por una fiera.

Nueva vida
Los madianitas lo venden como esclavo a Putifar, un funcionario real egipcio (Génesis 37,36; 39,1). Las cosas le van bien, hasta que es acusado falsamente por la esposa de Putifar de haberla acosado sexualmente, cuando en realidad es en represalia por sentirse rechazada y despechada. José acaba en la cárcel.

En prisión conocerá a otros dos funcionarios reales, a los que José interpreta sus sueños, que, cómo él predice, significará el ajusticiamiento de uno y la libertad del otro (40,1-23). El compañero de prisión liberado, con el tiempo, sugerirá al monarca de Egipto, al Faraón, que José es la persona que podrá liberarle de la angustia de unos extraños sueños que nadie de su reino sabe interpretar.

Rectitud de José
José aparece en la narración cómo un hombre íntegro, sabio y fiel a Dios. La auténtica sabiduría es un don de Dios y no responde a artes mágicas o conocimientos ocultos: éste es el mensaje que se desprende del relato. El protagonista de la historia se mantiene honesto, insobornable, fiel a su fe, a pesar del exilio y de las circunstancias adversas.

El anuncio de José al Faraón de unos años de escasez, de hambre, después de un período de abundancia, cambiará la suerte de nuestro personaje. El monarca lo nombra visir y responsable de administrar las cosechas de Egipto, para que cuando llegue la carestía no halle al país desprevenido, sino que haya reservas más que suficientes (Génesis 41).

Reencuentro fraterno
La situación de carestía generalizada hará que los hermanos de José viajen a Egipto, para abastecerse de alimentos que en su tierra no encuentran. Los diferentes encuentros entre los hermanos, que no reconocen a José, son de una gran belleza narrativa (Génesis 42-45). El perdón sin resentimiento de José a sus hermanos, el amor fraternal, el reconocer la mano de Dios en las situaciones límite… nos muestran a un hombre bueno, misericordioso, sabio, fiel  (45,4-15).

Jacob-Israel bajará a Egipto y se instalará en Gosén, junto a toda su familia (46,26-34). La «historia» preparará la narración del segundo libro de la Biblia Hebrea, del Éxodo, en la que los descendientes de Israel se convertirán en el Pueblo de Dios, después de su liberación de la opresión egipcia. Pero eso es otra historia, para una próxima ocasión. Nuestro relato acabará con la muerte de José (Génesis 50), después de una estancia idílica de él y toda su familia en el país de Egipto.

Para la oración
  • Las cuestiones posibles para meditar, para llevar a la oración, personal o comunitaria, son muchas. La «historia» de José está repleta de enseñanzas éticas y de valores y actitudes a practicar, a vivir.
  • La predilección de los padres por un hijo determinado es «caldo de cultivo» de envidias, rivalidades, incluso, odios entre hermanos. Los padres, madres, abuelos, educadores… hemos de revisar si caemos, o podemos caer, en favoritismos a la hora de relacionarnos con ellos. Los niños, los adolescentes, los jóvenes no son tontos: perciben estas situaciones como agravio, como desamor, como desprecio. Y las consecuencias pueden ser graves.
  • José es un hombre íntegro. No accede a las insinuaciones sexuales de la mujer de Putifar y acabará, a causa de ello, en la cárcel. ¿Yo soy capaz de resistir los «cantos de sirena» a los que con frecuencia me somete una cultura altamente sexualizada, donde la pornografía explícita es el «pan de cada día», en la que la genitalidad sustituye con frecuencia a la auténtica sexualidad? Y no es cuestión de volver a tiempos, felizmente superados, en los que el sexto y el noveno mandamientos eran los únicos «mandamientos» contra los que se pecaba. Ni a ser mojigatos en los temas referentes a la sexualidad o al erotismo. Pero la auténtica sexualidad humana, el sano erotismo, o están integrados en el amor, en la entrega mutua o difícilmente les podemos poner el adjetivo de «humano».
  • ¿El perdón, el amor fraternal… superan las barreras del odio, de la venganza, del «ojo por ojo y diente por diente»? A la pregunta que le hicieron a Jesús sobre el número de veces que he de estar dispuesto a perdonar, respondió: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18,22).
  • La auténtica sabiduría es un don de Dios. ¿Soy consciente de ello? o ¿prefiero jactarme, delante de los demás, de mis valores y logros?
Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 680 [2018] 9-11)

miércoles, 28 de marzo de 2018

El libro de las Lamentaciones: sorpresas y más (II)

Tercera sorpresa:
De «esto se ha escrito hace tantísimo tiempo», a descubrir que todavía hoy está vigente y me sirve a mí.

Reconozco que me adentro en un tema muy poco «exegético» y descaradamente de espiritualidad bíblica. La cuestión es que releyendo el libro y, sobre todo, haciendo caso a los apuntes, llevando el texto a la oración, he descubierto que los lamentos hablan de Jerusalén pero no solo de Jerusalén.

Entonces... me explico: Hablar de Jerusalén es hablar de un pueblo formado por personas, es hablar de un tiempo, de un lugar y de unos nombres concretos, pero también es hablar de una realidad interior que trasciende en el tiempo y, por tanto, que puede incluso alcanzarnos a nosotros tanto como pueblo de una tierra concreta pero también como Pueblo de Dios, como Iglesia.

Los lamentos por la ciudad perdida me han recordado nuestros lamentos porque «la Iglesia ya no es lo que fue»; lamentos nostálgicos de un poder más temporal que espiritual; lamentos que echan la culpa a los «babilonios» de hoy, o incluso a Dios, pero que tarde o temprano deben enfrentarse a la realidad: el que profiere el lamento acaba por descubrir que forma parte de la causa de su desgracia porque ha sido infiel al plan de felicidad de Dios.

Una convicción:
Cuanto tienen de sapienciales los históricos y de históricos los sapienciales.

Cuando abordamos el estudio de los libros bíblicos, para facilitar su conocimiento y comprensión acudimos a compartimentar según las características de los libros y, así, dividirlos en históricos, sapienciales y proféticos.

Conforme vamos ahondando en ese estudio descubrimos que en cada libro se puede llegar a contener más de un género literario y que, por tanto, hay grandes espacios de intersección entre los diferentes libros.

Leyendo, pues, el Libro de las Lamentaciones he descubierto que me iluminan el período de la historia conocido como Exilio y que, por tanto, un texto sapiencial me ilumina la historia.

Y, pensándolo bien, ocurre lo mismo cuando se leen los libros históricos: transmiten sabiduría.

Un recuerdo:
El recuerdo de mi padre y los lamentos del cante jondo.

Mi padre, fallecido hace cinco años, era un apasionado del flamenco. No del flamenco-pop o flamenco-fusión, sino que era un purista del flamenco, del cante jondo (a excepción del flamenco-rock de Triana o Alameda, que sorprendentemente le encantaba).

A lo que voy, los lamentos del libro bíblico me han recordado los quejios del flamenco. Recuerdo como mi padre me explicaba que esos quejios, que yo no acababa de entender, eran quejidos, lamentos, salidos de las entrañas (creo que podemos decir del alma) por los cantaores que, además, en su mayoría eran cantautores: Fosforito, José Menese, Manuel Gerena, El Cabrero... cantaores, además, que estuvieron muy comprometidos con las peticiones de libertad, justicia y democracia durante el franquismo.

En los últimos años de vida de mi padre me pasaba horas con él escuchando flamenco (cada semana le regalaba un cd nuevo) y él me iba explicando y yo iba entendiendo. Incluso le regalé ir juntos a un concierto de Miguel Poveda. Y ya fallecido, heredé sus cds más queridos para así escucharlos, seguir intentando entender y recordar sus explicaciones de por qué de los lamentos y como debemos luchar para combatir la injusticia: el lamento puede ser el primer paso y la solidaridad con él debe ser el segundo.


Quique Fernández

viernes, 23 de marzo de 2018

El libro de las Lamentaciones: sorpresas y más (I)

Primera sorpresa:
De «cómo quién no tiene culpa de nada» a ser realmente la causa.

Leyendo el «Libro de las Lamentaciones», al inicio del capítulo 4,1-4 me doy cuenta que esa «música» me está sonando, vuelvo hacia atrás y compruebo que el inicio del primer capítulo de este mismo libro (1,1-4) presenta unas ciertas similitudes, lo cual aunque me haya llamado la atención, no me extraña porque ya me he dado cuenta que, a imagen de los sollozos, del sufrir el dolor, el libro es reiterativo.

Pero, en cambio, leyendo y releyendo sí me doy cuenta que me produce sorpresa el que estos dos textos «casi» paralelos contengan unas reseñables diferencias que acaban marcando, aunque algo escondida, una enorme diferencia. Me explico:

En 1,1-4 se nos relata un pueblo caído en desgracia que...

«Se ha quedado como una viuda... Pasa la noche llorando... No hay nadie que la consuele... todos sus amigos la han traicionado, se han convertido en enemigos... en la más dura esclavitud... nadie acude a las fiestas...¡y qué amargura hay en ella!»

No parece, para nada, culpable de su situación, más bien parece que todo lo que le sucede le ha caído del cielo, que Jerusalén es completamente ajena a lo que le acontece.

En cambio, en 4, 1-4, aunque también se nos relata la desgracia en forma de lamento, están inseridas unas expresiones que nos hacen, si nos fijamos, concluir que la «desgracia» no le es ajena, sino que ella misma, Jerusalén, algo ha tenido que ver...

«se ha empañado el oro más puro! Las piedras sagradas están tiradas en todas las esquinas. Hasta los chacales presentan las ubres para amamantar a sus cachorros; pero la hija de mi pueblo se ha vuelto cruel...».

La ciudad de Jerusalén, sus habitantes, tiran por las esquinas las piedras sagradas, se asemejan a chacales, se ha vuelto cruel... insisto en que en estas expresiones se encierra el hecho de la que Jerusalén ha sido infiel a su Dios. Han entrado en una dinámica de alejamiento que acaba llevando a la infelicidad.

Al final, creo que podemos convenir que en el capítulo 1 se nos está adelantando las consecuencias del pecado que señala el capítulo 4. Es, increíble, uno de los primeros feedback de la historia.

Segunda sorpresa:
De «no ver nada claro ni salida alguna» a encontrar al Dios esperanza y misericordia.

Uno va leyendo y leyendo, y ya va por la mitad del capítulo 3 y... que oscuro anda esto, no lo veo nada claro ni encuentro salida alguna. Tan solo tropiezo con angustia y, por ello, con mucha desesperanza. Pero... ¿no éramos los elegidos? ¿Nos habrá abandonado Dios? ¿Preferirá a los babilonios? ¿O acaso serán los dioses babilonios más poderosos que nuestro Dios?

Es inevitable hacerse preguntas, que intentan responder a la incertidumbre, aun más pronunciada por el aparente silencio de Dios, que acaba desembocando en mayor incertidumbre, en desánimo, en desesperanza...

Pero llegamos a 3,19 y, sorpresa, hay agua en el oasis, el horizonte muestra otro paisaje:

«Pero me pongo a pensar en algo y esto me llena de esperanza:
La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión;
ellas se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!» (3,21-23).

Esperanza, misericordia, compasión, fidelidad, bondad, perdón, salvación... ¡y tanto que cambia el panorama! Ya no estamos ante un callejón sin salida sino ante un túnel en el que se ve la luz de la salida, la luz de la misericordia de Dios que nos regala esperanza. 

Quique Fernández